Semana Santa en Hungría

Posted on 19 abril, 2009. Filed under: Domingo Lilón -Pécs, Hungría |

Por Domingo Lilón / Pécs, Hungría

De sus orígenes paganos, los húngaros, un pueblo proveniente del área de los Urales, se convierten al cristianismo hace ya más de un milenio cuando en el año 1000 fue coronado su rey Esteban. Desde entonces, y con unas que otras viscisitudes, el cristianismo ha estado siempre presente en la historia de este pueblo que habita en la Cuenca de los Cárpatos. De allí que la Semana Santa sea una de las conmemoraciones religiosas que gozan de mayor prestigio. Como en la mayoría de los casos, en las generaciones más viejas se siente la devoción, mientras que en las más jóvenes, la tradición.

Sin embargo, y a pesar del origen común de esta festividad religiosa, en Hungría hay unas particularidades respecto a la Semana Santa, por razones propias o resultado de su mestizaje cultural. Por ejemplo, en Hungría la Semana Santa no es santa, sino “grande o mayor”. En húngaro, la Semana Santa (del latin Septimana Sancta) pasó a ser Nagyhét (también del latín Septimana maior). A diferencia de nuestro (en la República Dominicana) Viernes Santo de recogimiento, en Hungría el Viernes Mayor es un día laboral, siendo verdaderamente los festivos el Domingo de Pascua y el siguiente lunes.

El Domingo de Pascua (o Domingo de Resurrección) es el esperado gran día tanto por los niños como por los adultos. Ese domingo, los pequeños reciben los chocolates que trae el conejito (costumbre de origen alemán) o los huevos coloreados que trae tan querido animal. Los chocolates y los huevos se esconden en el patio (si se vive en casa con jardín), en lugares estratégicos. La finalidad es que los niños los encuentren y con ello se sientan felices. Todavía hoy muchas familias compran conejos para darle mayor colorido a esta tradición, lo que trae suficiente problemas ya que muchos parques zoológicos o casas de acogida de animales rehúsan recibirlos en plan de regalo tras finalizar la festividad. Con ello intentan concientizar a los padres, promoviendo las visitas a los parques zoológicos para que los niños vean in situ a estos animalitos. Con esta medida, los parques zoológicos promueven y contribuyen a que la gente les visite.

Los adultos también esperan con impaciencia el Domingo de Pascua. Y no por los chocolates o huevos coloreados, sino por el festín que han de darse (aunque nada comparado a la pésaj descrita por Walter). El esperado festín consiste en jamón, huevos duros y torma, un rábano picante con forma de zanahoria que para su consumo es rallado con unos días de antelación y dejado reposar para que pierda un poco su picante sabor. Aún así lo conserva. Generalmente se consumen con pan, pero hay algunos que los consumen con kalács, una especie de panettone. Alrededor de la mesa y frente a una pierna de jamón o ya éste troceado, un montón de huevos duros más la torma se sienta la familia.

El lunes siguiente es día festivo en Hungría y es cuando tiene lugar una de las tradiciones populares húngaras de la Semana Mayor: la tradición de la locsolás, que consiste en echar agua a las chicas acompañado de un verso declamado por los chicos. Según la leyenda, los judíos o los soldados que cuidaban la tumba de Cristo querían hacer callar a la mujeres que pregonaban la resurrección de Cristo arrojándole agua. La otra explicación a tal tradición, más antropológica cultural, es la del carácter de procreación y fertilidad que encierra tal acto. Naturalmente, el ingenio humano no tiene límite y ya es tradición de que al abrir la puerta la chica en cuestión se encuentre con un camión/coche de bomberos y con varios de ellos listo para cumplir su tarea con la ayuda de una manguera.

Para mí, además de todas las sensaciones arriba descritas, la Semana Mayor significa la llegada de la primavera, el renacer de los árboles y arbustos y, un poco menos religioso o tradicional, el final del semestre.

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5 comentarios to “Semana Santa en Hungría”

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Yo estoy de acuerdo contigo Domingo, no es tanto la religión que me hace ilusión como el hecho de ver llegar la primavera con toda la vida que representa. Sólo me queda algo en la conciencia a cerda de tu relato ¿aun permiten tirar el agua en ese país? Es que aquí hace tiempo que lo prohíben y hasta lo usan de pretexto para quitar el agua en esas fechas para que no se mojen el “sábado de gloria”

Sí, Teresita, aún se sigue echando agua aquí
en Hungría y por la popularidad de tal tradición,
creo que se seguirá echando por muchas generaciones
más. Mis hijos, Toni (20) y Domi (18), son de los
más entusiastas en ésto.

Sí, es definitivamente el final de la Primavera.

Qué interesantes las costumbres arraigadas en Hungría. ¿Lo del agua a las chicas es muy popular? ¿todo mundo lo hace? ¿a chicas desconocidas también? ¿lo que dicen los hombres es como un piropo?

Y, bueno, no estoy muy seguro pero creo que en México también ya se dice Semana Mayor a la Semana Santa. Se usan los dos, pues, y no sé si lo de Mayor sea por algún movimiento religioso moderado que no quiere identificar lo Santo de la semana.

Sí, Yaotzin, lo del agua es una costumbre muy popular y arraigada. Si entras en YouTube y escribes “locsolás” te encontrarás con una gran cantidad de grabación amateur sobre ello. Generalmente se le echa agua a las chicas conocidas, sea amiga o novia. Y las chicas se quedan tranquila a la espera del cubo de agua. Claro, siendo una tradición de primavera, cuando todavía hace un poco de frío, el agua que se echa es caliente, en la mayoría de los casos. No así la de la manguera de los bomberos. Imagínate, unos cuantos bomberos y la chica a la espera del chorro de agua. Los versos que se declaman son una especie de piropo.

Ese carro de bomberos frente a la puerta y la chica esperando el chorro me causan mucha curiosidad. No es que los bomberos usen mangueritas en Hungría ¿o si?

En fin, añado aquí un pensamiento del buen Bono para cerrar el tema de la Semana Santa en esta serie de Mundo Abierto.

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BONO
EL UNIVERSAL
JUEVES 23 DE ABRIL DE 2009
Estoy en Midtown, Manhattan, donde los conductores todavía tocan sus claxons como si fueran instrumentos musicales, y gritar en restaurantes es un deporte.
Ya estoy lejos de la cálida brisa de las voces que escuché el Domingo de Pascua, hace una semana. “Glorifica tu nombre”, cantaban las mujeres de la isla mientras se mecían en una iglesia de arenisca cortada. Me sentía abrumado por el disturbio de color, un oleaje emocional que me arrastró hacia el mar.

Resulta que la cristiandad tiene ritmo, y hace un crescendo en esta época del año. La rumba del carnaval abre paso a la marcha lenta de la Cuaresma y luego a los staccato de los himnos del desfile de Pascua. Del jolgorio a la ensoñación. Después de 40 días en el desierto… o algo así.

Carnaval, los roqueros son buenos para eso. Carnaval: “Carne-val” es una fiesta de despedida. He estado en muchos. Los brasileños dicen que ellos lo han hecho por más tiempo; sin duda son quienes lo hacen mejor. No puedes evitar contagiarte de la fiebre. No queda más opción que unírseles mientras inundan las calles, como las orillas del río, con una corriente de diversión cuyo motor es el ritmo. Es una alegría que no se puede crear. Es una fuerza vital. Es un corazón lleno que derrama gratitud. La elección es tuya…

Siempre me ha causado conflicto la Cuaresma. Renuncié a ella… nunca he podido ser tan abnegado. Mi concepto de disciplina es simple —trabajo duro— pero, claro, ese es otro lujo que me doy.

Luego viene la muerte y resurrección que significa la Pascua.

Es un momento trascendental para mí —un renacimiento que al parecer siempre necesito—. Nunca tanto como hace unos años, cuando murió mi padre. Recuerdo la vergüenza y el alivio de las lágrimas tibias cuando, hincado en una capilla en Francia, me arrepentía de mi naturaleza pródiga —de pelear tanto con mi padre y de haber desperdiciado tantas oportunidades de conocerlo mejor. Recuerdo la sensación de “una paz que sobrepasa el entendimiento”, mientras se me quitaba un peso de encima. De todas las celebraciones cristianas, la Pascua es la que requiere más fe —llevándote más allá de la veneración por la creación, a través de la asombrosa idea de la concepción virginal, y hasta la exagerada y por muchos adoptada creencia de que la muerte no es el final. La cruz como un cruce. Cualesquiera que sean tus creencias religiosas o no, la oportunidad de empezar de nuevo es una idea atractiva.

***

El domingo pasado, el director del coro estaba fuera de sí… acelerado, luego quieto, juguetón; luego sensible, sentado al piano tocando melodías con la mayor rectitud.

Cantaba invocaciones con una voz imponente y hermosa de tenor, junto a un chico pecoso que tocaba la conga y el pandero como si se tratara de una batería completa.

La parroquia entonaba canciones de adoración a un Dios que parecía entregarnos Su voz.

¿Con qué propósito visito los pasillos de humildes iglesias y majestuosas catedrales? ¿Qué busco en las Escrituras? ¿Revisar mi cabeza? ¿Mi corazón?

No, mi alma.

Para mí estas meditaciones son como un plomo que dejara caer un maestro de obras, para verificar si las paredes están derechas o no lo están.

Examino mi vida emocional con la música, y mi vida intelectual con la escritura, pero la religión es con lo que reviso mi alma.

El sacerdote dijo: “¿Qué provecho le da al hombre ganar el mundo, si pierde su alma?” Al escuchar esto, cada uno de los peregrinos presentes se preguntó: “¿Se refiere a mí, señor?” En América y Europa la gente se pregunta: “¿Somos nosotros?”

Y sí, somos nosotros.

Se terminó el carnaval. El comercio ha sobrecalentado mercados y climas… los cielos tiznados por la Revolución Industrial han cambiado de escala y ubicación, pero ahora derriten capas polares y hacen hervir los mares en la era de la revolución tecnológica.

El capitalismo está en juicio; la globalización está, una vez más, en el banquillo de los acusados. Solíamos decir que lo que queríamos para el resto del mundo era lo mismo que buscábamos para nosotros mismos. Pero nos dimos cuenta de que si todos los seres del planeta tuvieran un refri, y una casa y una camioneta, nos ahogaríamos en nuestro propio tubo de escape.

La Cuaresma está sobre nosotros, lo queramos o no. Y esperamos que con ella venga una oportunidad de redención.

Pero la redención no es sólo un término espiritual, es un concepto económico. Con el cambio de milenio, la campaña de cancelación de deudas inspirada por el concepto del Jubileo judío buscaba dar a los países más pobres un nuevo comienzo. Hoy, 34 millones más de niños africanos tienen acceso a la educación, en gran medida porque sus gobiernos utilizaron para ello dinero liberado por deudas perdonadas.

Esta redención no significó el fin de la esclavitud económica, pero fue un principio esperanzador para muchas personas. Y para ellos es a eso a lo que debe llevarnos la búsqueda espiritual.

Estaba en Washington hace unas semanas, cuando llegaron noticias del recorte presidencial al presupuesto para la ayuda. La gente dijo que sería difícil cumplir promesas a aquellos que viven en situaciones tan extremas cuando hay tanta penuria en EU. Y la hay.

Pero últimamente he leído que los estadounidenses están haciendo más uso de los servicios públicos porque tienen menos dinero para gastar. Y, siguiendo un exitoso voto bipartidista del Senado, se dice que el Congreso restituirá el dinero que se había recortado del presupuesto para la ayuda —una negativa a abandonar a aquellos que pagarían un precio tan alto por una crisis que ellos no crearon. En los tiempo más difíciles, la gente demuestra quién es en realidad.

Tu alma

Hoy en día gran parte de la discusión es acerca del valor, no los valores.

La ayuda bien dada es un ejemplo de ambos, valores y el valor del dinero.

Proveer medicamentos para el sida para poco menos de 4 millones de personas, instaurar modestas medidas para mejorar la salud reproductiva, erradicar enfermedades letales como la malaria y el retrovirus… todo esto significa un paso más en la cuesta hacia la autosuficiencia, y nos puede ayudar a hacer amigos en un mundo presto a la enemistad.

No son limosnas, sino inversiones. No es caridad, sino justicia.

***

Extrañamente, al salir de la pequeña iglesia de piedra hacia la luz del sol, pienso en Warren Buffet y Bill Gates, que ahora han combinado sus fortunas para luchar contra la pobreza extrema.

Agnósticos ambos, me parece.

Pienso en Nelson Mandela, alguien que ha pasado su vida luchando por los derechos de otros.

Un hombre espiritual, sin duda. ¿Religioso? Me dicen que él no se definiría como tal.

No toda la música del alma proviene de la iglesia.

Este artículo apareció en “The New York Times” por primera vez el 19 de abril de 2009 (distribuido por el Sindicato de “The New York Times”)

Bono (líder de U2 y cofundador del grupo de apoyo ONE), es columnista colaborador de este diario.

© 2009 Bono / The New York Times

Traducción: Mariana Roca


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