Walter Duer -Buenos Aires

Modelos de Cuba: un hobby sin fashion

Posted on 2 julio, 2009. Filed under: Walter Duer -Buenos Aires | Etiquetas: , |

Por Walter Dauer / Cuba

Modelo Cubana antes de la Revolución (foto tomada del blog Política Cubana)

El Club Amigo Ancón es un hotel all-inclusive muy cercano a la ciudad cubana de Trinidad, uno de las ciudades coloniales mejor conservadas de toda América latina. Sus características no difieren mucho de cualquier otro alojamiento con todo incluido que pueda visitarse en cualquier rincón del mundo, porque si hay un mercado que se ha globalizado desde hace mucho tiempo es, precisamente, el de este tipo de hoteles: la comida es la misma, las piscinas son todas parecidas, los shows en vivo parecen calcados unos de otros y hasta daría la sensación de que a los profesores de rumba, salsa u otro ritmo similar los fabricaron en serie y repartieron uno por cada uno de estos establecimientos.

Paré ahí sólo una noche con la intención de hacer un buen reportaje sobre Trinidad (no digo que lo haya logrado, sólo indico que era mi intención), pero no tenía ningún objetivo en común con ninguno de los otros huéspedes: entre mis metas no se encontraban ni la de comer hasta la explosión de mis arterias, ni emborracharme con margaritas hechas con alcohol de medio pelo, ni la de empujar un coco hacia una especie de arco utilizando una manguera pendiente de mi short de baño, como si de una extensión de los testículos se tratase.

Durante la noche y después de la cena, me dediqué a bajar la comida y a convocar al sueño recorriendo las instalaciones comunes. Para mi suerte, me topé con el único espectáculo que sí podía convocar mi atención: un desfile de modas. No porque sea un amante de las pasarelas, sino porque se trata de una verdadera rareza en Cuba, donde las grandes marcas aún no tienen cabida y cada uno viste lo que puede o lo que proporciona el sistema. Exhibían los trabajos de Lourdes Trigo, una diseñadora local, quien justo al final del evento me dijo que “aquí las modelos lo hacen por hobby, no hay un desarrollo del mercado que les permita armar una profesión de esto”. La misma Trigo agregó de inmediato que “incluso, todas las chicas que has visto aquí tienen una carrera universitaria y ejercen esa actividad en paralelo”.

Sin embargo, minutos después pude enterarme de que Yenny, tal vez la más bonita de las niñas que pasearon vestidos por ese espacio que en general se utiliza para servir el café de trasnoche a turistas pasados de comida y de alcohol y que tan lejos está del glamur que habitualmente envuelve a una pasarela, tenía un contrato cerrado con firmas italianas y que Diora, una de sus compañeras, estaba a punto de participar de desfiles en Uruguay. “Existe una entidad en La Habana, llamada Actuar, que las patrocina y que permite que algunas puedan tener proyección internacional”, me aclaró Trigo, aunque luego sostuvo su versión inicial para concluir que: “la carrera de modelo es muy corta, y las chicas lo saben, esa es otra de las razones por las que no se las incentiva a dejar todo por esto”.

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Escuchar a los que No Escuchan

Posted on 7 mayo, 2009. Filed under: Walter Duer -Buenos Aires |

Por Walter Duer / Buenos Aires, Argentina

Suena el timbre para salir al recreo. Para quien no tiene idea de dónde se encuentra, la situación puede resultar sorprendente. Aún cuando la maestra está fuera de la clase (probablemente en el baño), ninguno de los chicos hace ademán de moverse de su asiento, de salir volando hacia el patio y olvidar por escasos cinco minutos el aula. Es que estamos en una escuela para sordos de la Argentina. Y sí, a los chicos sordos se les avisa que pueden descansar mediante una señal sonora.

El hecho no es anecdótico ni aislado. La cultura la propone la mayoría, y la mayoría tiene capacidad auditiva. Por eso, la sociedad tiende a “oyentizar” a los sordomudos. Así como desde el siglo XV los colonizadores llegaban a América para pisotear la cultura existente e imponer una nueva, los oyentes tenemos una tendencia marcada a intentar que los sordos se comporten como nosotros. Que manejen nuestro lenguaje, que tengan nuestras necesidades, que hayan pasado nuestro mismo proceso de aprendizaje.

Pero eso es imposible. Son sordos. Se criaron y se desenvolvieron en un ambiente que los excluyó. No por mala voluntad ni por falta de ganas. Sino, simplemente, porque se comunican de manera diferente que la mayoría, esa que escribe la historia y dicta las reglas. Silvana Veinberg notó esto, tal vez por primera vez, cuando intentó darle clases a su primo, incapaz de percibir los sonidos. “No lo descarto, pero tampoco puedo confirmarlo”, señala.

Hoy, Silvana es un referente en el mundo de la capacitación para sordos, con un abordaje opuesto al tradicional: considera a los sordos como una comunidad lingüística minoritaria, cuya primera lengua es la de señas y la segunda el español oral y escrito. Este modelo integral trabaja en investigación académica y programas de prevención y comunicación, articulando mecanismos para incidir en decisiones políticas, sociales, de salud y educación.

Veinberg estudió Licenciatura en Fonoaudiología porque era una mezcla entre medicina y pedagogía, dos de los campos de su interés. “Me formé en lo contrario de lo que hago ahora: fonoaudiología. Es un campo para rehabilitar a los que salieron de la norma (lesión cerebral, escuchan mal, pronuncian mal) para llevarlos a la ‘normalidad’”, explica.

El primer contacto

Fue mientras buscaba tema para la monografía final de la licenciatura en Fonoaudiología, cuando el decano de su facultad le sugirió abordar el tema de la sordera. “Me enfrenté ante una situación totalmente nueva: nunca en toda la carrera me habían hablado de sordos, excepto cuando me habían dicho cómo rehabilitarlos”, recuerda Veinberg.

Para esa misma fecha estaba preparando un viaje a Estados Unidos (“era un acuerdo con mi marido de entonces: él soportaba mi carrera en Buenos Aires y yo después soportaba su doctorado en Norteamérica”, apunta). Cuando llegó allá, comenzó a devorar toda la bibliografía que existía sobre la temática y hasta hace un master en lingüística del lenguaje de señas americano. “Con toda esa información puedo redondear mi tesis: los conflictos psicoemocionales de los sordos provienen de sus problemas de comunicación”.

Cinco años después, ya de regreso en su país, se puso a trabajar en el CONICET para investigar sobre la lingüística del lenguaje de señas argentino. “Me interesó la educación de sordos, por lo que empecé un proyecto de aplicación lingüística en educación, todo siempre desde un punto de vista científico”, explica. Al poco tiempo, arrancó un curso para formar maestros sordos para sordos en la UBA. “Terminó en catástrofe, porque la persona con la que lo hice se llevó la plata y nos estafó”, rememora Veinberg. A pesar del desenlace negativo, había quedado plantada una semilla: “desde ahí, siempre trabajé en campo en proyectos para sordos: cursos para maestros, conseguir subsidios para proyectos especiales…”.

En el año 2002 decidió darle vuelo a sus proyectos y montó una organización, hoy llamada Canales, de la que empezó a participar un grupo de gente, sordos y no sordos, con un objetivo clave: pensar en un mundo desde los sordos. “Habitualmente se escuchan frase como ‘es mejor para los sordos que se integren’ –asevera Veinberg-. Pero el sordo no es un receptor pasivo, por lo que además hay que preguntarles si realmente quieren integrarse, qué es lo que de verdad necesitan, qué es lo mejor para ellos”.

¿Quién es el que no escucha?

Según datos de la propia Veinberg, el 95 por ciento de los sordos es hijo de oyentes. Solo el 5 por ciento comparte el lenguaje y la mirada de la vida con sus padres. “Su experiencia, entonces, es que todas las noches está sentado en una mesa sin entender lo que pasa: no sabe por qué lo visten, por qué lo retan, por qué lo tocan, por qué charlan los demás, por qué se ríen. Esta experiencia construye una manera diferente de mirar el mundo, de entenderlo, de participar”, apunta la experta.

La creadora de Canales también cuenta que “a veces, los padres se toman la ‘molestia’ de explicar cada cosa que sucede, pero esta forma de comunicación es muy limitada”. Veinberg se apresura a que este problema no tiene que ver con falta de dedicación de los padres o de la familia. Para graficarlo, da un ejemplo. “Si toda la noche hablan de la abuela, de los achaques, de que finalmente dejó su trabajo, de la comida que prepara, de los aromas que hay en su casa, a la hora de explicarle al sordo de qué se estaba hablando se le dirá ‘de la abuela’. Se simplifica”.

En líneas generales, los médicos dan sobre esto una mirada clínica, de rehabilitación. Y esa misma mirada es la que se vuelca luego a padres, docentes, política. “Queremos trabajar con la comunidad médica para cambiar esta mirada: nuestro enfoque es desde los derechos del otro, de reconocimiento, de valoración por lo que es y no por lo que no es”, explica Veinberg, quien agrega que “la lengua de señas es la natural para ellos y su reivindicación más fuerte… ellos realmente están imposibilitados de otra lengua”.

El camino, no obstante, no es sencillo. La propia Silvina asegura que “nuestra propuesta es difícil de comprar: la gente quiere audífonos y que el sordo hable”. Desde la perspectiva de la especialista, eso es lo “bueno” para la sociedad: que se integren. “Nosotros, en cambio, marcamos los caminos para el sordo. Ser sordo y vivir como tal es su derecho, no transformarlo en algo que no puede ser o que no va a ser nunca”.

Ponerle oídos al mundo

Según los datos que provee la creadora de Canales, la tendencia internacional marca una clara migración desde la “educación oralista”, es decir, aquella que pone su foco en lograr que los sordos hablen y en estimular la audición, hacia una “educación bilingüe”, que enfatiza en el lenguaje de señas como el principal y en el español (o el idioma materno en cada país) como segunda lengua.

La experta también tiene algunas palabras en contra de los implantes cocleares, que son pequeños electrodos que se colocan en la zona del oído. “La rehabilitación tarda muchos años y en el medio se pierde tanto el proceso de aprendizaje del lenguaje de señas como el de lenguaje tradicional”, afirma, para agregar además que “viola los derechos de los sordos, porque la mayoría de las veces no funciona y así se genera la segunda frustración, en particular para el entorno: aún con el implante no se convirtió en oyente”.

Las políticas oficiales del país también resultan decepcionantes para Silvana, que no tiene empacho en declarar que “estamos muy atrasados en la Argentina en esta materia”. Luego da más detalles: “si bien hay toda una movida oficial para incluir y respetar los derechos de los discapacitados, cometen un error al poner a los sordos en una misma bolsa, por ejemplo, con los ciegos”. Al respecto, cuenta una anécdota: “Un día inauguran un semáforo para ciegos en Buenos Aires. Me llaman a la Confederación de Sordos. Les aviso que no somos ciegos, sino sordos. ‘Bueno, pero es importante que ustedes se involucren’, me dice el interlocutor. Ya en el evento, uno de los responsables me cuenta que ese semáforo es también para sordos, ‘porque vibra’. Tuve que explicarle que la vibración era innecesaria… ¡porque el sordo ve el semáforo!”.

Para cerrar, Veinberg destaca que la seña en el lenguaje de sordos para la palabra “integrar” es un movimiento de las dos manos hacia el centro y un entrelazamiento de los dedos. “En la realidad, hasta ahora, una mano fue hacia la otra –concluye-. Nosotros estamos trabajando para que las dos se muevan al mismo tiempo”.

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Ojalá que se repita pronto

Posted on 13 abril, 2009. Filed under: Walter Duer -Buenos Aires |

Por Walter Duer / Buenos Aires, Argentina

Las familias judías suelen ser, salvo raras excepciones, numerosas. Y las que no lo son, se esfuerzan por serlo, incluyendo en la categoría de “pariente” a amigos de muchos años, primos segundos, tíos abuelos y familias políticas (incluso, en casos extremos, correspondientes a ex parejas de los presentes). Así es como el tránsito de entrada en la casa anfitriona del séder de pésaj, la reunión que se hace las primeras dos noches para celebrar el fin de la esclavitud de los judíos en Egipto, hace más de 3.000 años, es incesante.

Aparecen el tío que usa un peluquín obvio y que se comporta como si fuese su melena natural de toda la vida y la tía hipocondríaca que sufrió un desmayo al menos una vez durante las últimas mil reuniones familiares. Tampoco falta el amigo de la familia cincuentón, mujeriego y probablemente alcohólico, al que si se le hace un análisis se descubre que nadie puede determinar cómo apareció ese tipo un día por ahí, hace ya una cantidad indefinida de tiempo y el tío que cuenta siempre los mismos dos o tres chistes y que se mata de risa él mismo después de contarlos.

Todos traen alguna bandeja. No importa que en la cocina de la persona que invitó (en líneas generales, la abuela y, si esta ya falleció, la tía más buena, esa que todos quieren) se vislumbren no menos de ochenta ollas con niños envueltos en hojas de parra, cebollas rellenas, mahúde (como un guiso de papa y carne al que se le inyectó un kilo adicional de colesterol), zapallitos rellenos… De más está decir que todos esos son los “platos fuertes”, porque si uno mira la mesa ya están instalados unos cincuenta platitos, con aceitunas, morrones, tomates secos, berenjenas asadas, ensaladas diversas y porque, además, hay dos bandejas grandes, con matambres, lenguas, kipes (una empanada cilíndrica con masa de harina de matzá y rellena de carne picada y cebolla, todo bien pero bien frito) y otras delicias que harán el juego de entrada.

Pero, como decíamos, no obstante eso, cada invitado decidió, antes de venir y aún sabiendo el exceso gastronómico que lo esperaba en destino (porque estos invitados son los mismos de todos los años), traer algo para probar, en general dulces porque, en el lenguaje no hablado de los judíos, llevar una alternativa salada a una casa cuando no fue pedida específiamente por la anfitriona significa “no me gusta tu comida” y críticas hacia la ofensora hasta que se muera ella o quien la critica, lo que ocurra primero.

Sólo un alimento habitual falta en la mesa: el pan. Es que esos judíos de la antigüedad que se vieron ante la disyuntiva de libertad o muerte salieron tan a las apuradas que no tuvieron tiempo de que levara y les quedó algo así como una galletita de agua gigante. Como recuerdo de eso es que hoy se come la matzá, pan ácimo, y están estrictamente prohibidos durante los ocho días que dura la festividad todos los alimentos realizados a base de trigo, centeno, cebada, avena y escanda, por explicaciones rabínicas complejas que no vienen al caso. En el medio de todo, la kehará, un plato que alberga diversos tipos de alimentos que tienen que ver con los rituales de la celebración, y tres trozos de matzá, uno encima del otro, que se usarán para las bendiciones.

Cuando todos están presentes (menos el primo Marcelo, que siempre llega tarde) se da comienzo al séder (con la autorización de la madre de Marcelo, que todos los años dice “este chico está cada día más loco”), palabra de origen hebrea que significa “orden”. Es que se trata precisamente de un esquema de catorce pasos que tiene como primer escalón la recitación de una bendición, el Kaddish, que es además el principio de la mejor excusa que un hombre puede tener para volver borracho a casa. En efecto, es una mitzvá, es decir, un acto pío, de pésaj consumir cuatro copas completas de vino. Es en este momento cuando la primera comienza a instalarse en el organismo y cuando las tías que no toman nunca comienzan a sonrojarse y a reírse de los chistes soeces del tío viejo verde.

El segundo paso es un lavado de manos ritual, Urjatz. Luego viene el momento de comer un trozo de apio, karpás, uno de los alimentos que se aloja en la kehará, al que se debe mojar con agua salada. Seguidamente, se toma la matzá del medio de las tres que están separadas y se la parte en dos. Uno de los trozos, llamado afikomán, se guarda envuelto en una servilleta para degustar al final de todo el banquete. En muchas casas se estila esconderlo para que los más chiquitos puedan encontrarlo después de cenar. Pero como la mayoría de los menores a esas alturas de la ceremonia ya están o dormidos o jugando a la Playstation a escondidas de los adultos (en los hogares más observantes no se pueden manipular aparatos eléctricos, ni siquiera prender la luz), lo más probable es que la anfitriona encuentre el afikomán a mediados de diciembre, cuando esté sacando la ropa de invierno de los armarios y colocando la de verano en su reemplazo, escondido en el medio de un conjunto de poleras de manga larga.

El cuarto paso, maguid, suele ser el más controversial. Consiste en la lectura de la hagadá, el relato de la salida de los judíos de Egipto. Es una historia muy poética, con cánticos y participación de los chicos, pero tiene un único inconveniente: que es un tanto larga y que la gente aún no ha cenado. Así es como se desata la “guerra santa”. Esto es así. En toda familia numerosa que se precie de tal aparecen personas que tienen diferentes maneras de acercarse a la religión. Digamos, en términos generales, que hay tíos y primos más religiosos (en adelante, “la corriente religiosa”) y tíos y primos menos religiosos (en adelante, “la corriente laica”). Los integrantes de la corriente religiosa recordar la tortuosa salida de Egipto minuto a minuto, mientras que los integrantes de la corriente laica, en cambio, quieren que la ceremonia sea lo más breve posible (cosa de pasar de inmediato a la comida propiamente dicha).

En general, lo que sucede es que quienes pertenecen a la corriente religiosa siguen adelante con la lectura haciendo caso omiso a los chistes y las interrupciones de los miembros de la corriente laica, que continúan a su vez interrumpiendo y haciendo chistes, mientras hacen caso omiso de la lectura. El tío Samuel, que nunca estuvo muy identificado con la corriente laica ni con la corriente religiosa, se limitará a decir: “es increíble, todos los años discuten por lo mismo, si hasta parecen chicos”.

De todas formas, dos horas después, van a estar todos (laicos, religiosos, ni tan tan ni muy muy) tirados en sus sillas, con la panza bien acomodada hacia arriba y los botones de los pantalones desabrochados, soplando al viento el producto de sus erupciones, en una situación de verdadera camaradería, dispuestos a compartir el segundo plato. Pero todavía faltan unos minutos para comer: un segundo lavado ritual de manos (rajtzá), las bendiciones a la matzá (motzí matzá), a las hierbas amargas (maror, que simboliza los difíciles tiempos vividos por los judíos) y a un sandwich de lechuga con dos tapas de matzá (korej, representa la destrucción del Gran Templo, una de cuyas paredes es hoy el Muro de los Lamentos).

Ahora sí, llega el décimo paso, shulján orej, o, dicho de otra manera… ¡a comer! La idea no es satisfacerse, ni llenarse y ni siquiera descomponerse. Es ir más allá, a un límite desconocido. Primero, la panza ya siente el rigor de todas estos bocaditos que se fueron ingiriendo entre rezo y rezo. Segundo, apenas se da la señal de “ahora”, miles de manos arrasan con todo lo que hay sobre los platitos. Y cuando todos están bien llenos, empizan a aparecer los platos de fondo, con más calorías y con más colesterol que los de entrada. Y desfilarán una, dos, tres… tantas ollas como comensales haya en la mesa. En un primer momento, todos se quejan (“eh, hubieran avisado que seguía la comida, así me cuidaba un poco con las entradas”) pero, acto seguido, las mandíbulas retoman su triturador trabajo.

Y cuando parece que no hay más nada que hacer que internarse en un sanatorio especializado en problemas gástricos, aparecen los postres y las masitas. Y como cada invitado trajo algo (esto ya lo mencionamos), habrá millones de cada cosa. De nuevo vuelven los quejidos de ocasión (“qué lástima, me hubiera encantado probar lo dulce, pero no puedo más”) y de nuevo se retoma la masticación generalizada. Y cuando todos los comensales tienen los ojos a punto de salir de sus órbitas, llega la ensalada de frutas. Todos se miran desorientados, pero la Tía Sara tiene las palabras justas: “esto es digestivo”. Por lo tanto, todos piden un poco. Por supuesto, luego llega el café, para disfrutar de una charla de sobremesa. Es ahí cuando el primo Jorge pregunta si no quedó un pedazo de esa chocotorta hecha con harina de matzá, pero una porción bien chiquita, como para probar, nomás… y todo vuelve a empezar casi desde el principio.

Quedan algunos pasos, todavía, como la búsqueda del afikomán (tzafún), una bendición para agradecer los alimentos (barej), una nueva lectura de hechos relacionados con la salida de Egipto (Halel) y una oración final de alabanza a Dios (Nirtzá). Pero la realidad es que entre la comida y el vino, la mayoría de la audiencia está lo suficientemente aturdida como para comprender que la festividad siguió más allá después del cuarto plato de mahúde.

Al final, todos se reparten besos y abrazos, incluyendo los hijos de esos dos tíos que tuvieron problemas de negocios hace treinta años y que todavía no se hablan, todos al grito de “ojalá que se repita pronto” y “ojalá que siempre nos veamos en fiestas”. En ese momento, el tío Samuel, que tiene 70 años y al que el médico le tiene prohibido todo lo que no sea vegetales desde que tuvo ese ataque masivo de presión, diabetes y colesterol en 1972, aparece con los ojos rojos y todo transpirado y dice: “eso sí, el año que viene me voy a cuidar un poco, porque comer así es una locura”. Todos se muestran de acuerdo, con la complicidad de saber que esta misma promesa se pronuncia hace 20 años y que nunca, pero nunca, nadie amagó siquiera a cumplirla.

(Aclaración del autor: esta descripción es fiel en el marco de una familia sefardí, es decir, descendientes de los antiguos judíos españoles, dispersos durante cinco siglos por todo Oriente Medio e inmigrados a América Latina a principios del siglo XX. Pueden variar muchos detalles cuando se trata de asquenazíes, provenientes de las familias de Europa del Este, aunque la esencia es básicamente la misma).

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Los locos a las calles: una perspectiva innovadora hacia la salud mental

Posted on 23 febrero, 2009. Filed under: Walter Duer -Buenos Aires | Etiquetas: |

Por Walter Duer / Buenos Aires
“Si estás loco, andá a encerrarte al manicomio”. Esta frase se ha oído hasta el cansancio, incluso en círculos familiares luego de alguna pelea por algún tema insignificante. “Si estás loco, al manicomio”. José Lumerman, un psiquiatra formado en Buenos Aires pero que hizo buena parte de su carrera profesional en la provincia de Neuquén, en el sur argentino, no opina lo mismo. Por eso su creación, el Instituto Austral de Salud Mental, persigue dos objetivos: por un lado, la estabilización de la enfermedad de base del paciente; por el otro, su reinserción socio-productiva.

“Llegué a esta provincia en 1986 para organizar el área de salud mental de un centro de alta complejidad en salud que acabe con el pésimo sistema que existía en la zona”, recuerda Lumerman, quien ofrece un indicador para que pueda entenderse la magnitud del problema: “en la década del 70, este lugar tenía la tasa de mortalidad infantil más alta de América Latina”, afirma. Para Lumerman, esta primera experiencia neuquina fue todo un aprendizaje. “Me sirvió para salir del esquema lineal que dice que la medicina clínica es clínica y la medicina de salud mental es de salud mental, aquí yo supe que era posible interactuar y articular actividades con médicos generales para llegar a mejores soluciones”.

Por diferentes motivos políticos, Lumerman quedó afuera del proyecto provincial al poco tiempo de haberse sumado y pudo dedicarse de lleno a su consulta privada hasta 1993, momento en que se pone en contacto con la obra social de la provincia para armar algo específico de salud mental para la provincia. “La realidad es que los casos graves en general había que derivarlos a Buenos Aires”, explica el psiquiatra, “pero muchas veces se trataba de enfermedades crónicas que necesitaban de un seguimiento continuo, por lo que la derivación, además de ser costosa, era inservible”.

El Instituto Austral propone un modelo que se compone de cinco elementos: diagnóstico, tratamiento, servicios de rehabilitación, entrenamiento y servicios de consultas. Doctores capacitados en temas de salud mental identifican a personas con desórdenes en las comunidades en las que trabajan y se convierten en líderes de grupos compuestos por los pacientes y sus familias. La calidad y los resultados del tratamiento y de la rehabilitación son monitoreados y evaluados por un grupo de profesionales. El programa también involucra a miembros de la comunidad, entre ellos artistas, maestros y profesores secundarios.

Vaciando las calles
“Es importante destacar que el tipo de enfermedades sobre las que trabajamos afectan al pensamiento, por lo que sus portadores, de no ser tratados de manera adecuada, son candidatos al suicidio o a convertirse en homeless, en el caso de los que no tienen familiares”, se explaya el profesional, para luego explicar que “la reinserción consiste no sólo en que se sienta mejor porque está medicado, sino también en que pueda desarrollar capacidades esenciales para los seres humanos, como tener amigos o ganar plata”.

¿Cómo armar este sistema sin invertir fortunas en “importar” psiquiatras, psicólogos y otros profesionales de la salud? “Aprovechamos los recursos locales”, responde Lumerman. Así, los médicos rurales generales de la zona, que mostraban una excelente formación práctica dada por la necesidad de atender gripes, diabetes, pacientes oncológicos, sicóticos, partos o ancianos, comenzaron a ser capacitados para que puedan incluir en su “portfolio” esquizofrenias, depresiones, trastornos de ansiedad y bipolaridades. “Aproveché la experiencia que había acumulado en el trabajo con médicos generales para armar una introducción a los conceptos básicos de salud mental que pudiesen utilizar”, asevera Lumerman. “También trabajamos en conjunto un modelo de abordaje de alta simplicidad, para que puedan tratar con los pacientes desde el primer momento”.

Había otras falencias que cubrir. Porque en Neuquén tampoco abundaban los enfermeros especializados en psiquiatría… “pero teníamos enfermeros comunes, que hicieron el mismo proceso que los médicos generales, y agentes sanitarios, asistentes sociales, rehabilitadores, artesanos, profesores de danza y titiriteros, que contaban con muchas habilidades que podían ser útiles para nuestros fines”, define el creador del Instituto Austral. “Tuvimos la capacidad de crear este modelo alternativo porque, la verdad, no teníamos otra posibilidad”.

Haciendo escuela
La hipótesis ya estaba planteada: era posible armar un esquema de salud mental sin tener que traer profesionales especializados de otras latitudes, sino, simplemente, formando gente con habilidades equivalentes que ya vivieran en la provincia. Sólo quedaba demostrar que funcionaba. En los primeros tiempos, Lumerman fue acompañado por tres “maestros” de estas artes médicas en la supervisión de todos estos trabajadores: Lía Ricón, Rafael Paz y Emiliano Galende. “Por suerte, se coparon con el proyecto y lo apadrinaron, dándome el empujón que necesitaba”, resume Lumerman.

Y las alternativas seguían lloviendo. “Necesitamos una nutricionista que nos ayude con los trastornos de alimentación”, dijo alguien. “O podemos optar por una buena cocinera”, retrucó Paz. Así llegó la típica matrona del interior del país, “con tetas muy grandes y con la capacidad de enojarse si no se comían su comida”, recuerda Lumerman, para agregar que “trabajó con nosotros trece años”.

Con todo el equipo profesional cubierto, faltaba trabajar un punto clave: la reinserción. Se decidió que la ubicación del instituto fuera en pleno centro, “porque teníamos gente que había pasado los últimos quince años de su vida en el fondo de una pieza, en su casa, y era imprescindible que comenzara a interactuar con otras personas”, enfatiza Lumerman, que se encargó personalmente de articular relaciones con los grandes jugadores, como el municipio o las escuelas (para gestionar potenciales vacantes laborales, para negociar la cobertura de necesidades) hasta con los pequeños comerciantes que trabajaban en los alrededores del centro de salud. “Fui a hablar con el kiosquero y a explicarle que por ahí le iba a venir a comprar cigarrillos un tipo que hacía una década que no llevaba a cabo una transacción semejante, lo mismo hice con el diariero, con el que atendía el bar que quedaba a la vuelta…”. El experto reconoce que “la gente responde favorablemente”.

Resistiré
No todas fueron rosas en el camino del Instituto Austral. A poco de lanzado, hubo muchas críticas de los pocos psicólogos y psiquiatras que habitaban en la Patagonia. “Fue una ruptura total de paradigmas para la región, era lógico que se sintieran amenazados”, destaca Lumerman.

Hoy el proyecto sigue en pleno crecimiento y durante los últimos años se armó un equipo para asistir a niños con patología mental. “Ya está instalado en la comunidad, con buenos resultados”, señala Lumerman, quien explica que “hay que entender que el recurso profesional de psiquiatras infantiles es nulo en la mayoría de las provincias argentinas”. Para el especialista, el “Servicio de niños y adolescentes”, tal como se llama “está funcionando bien, es autosustentable y resuelve la problemática de los chicos que padecen las enfermedades mentales más graves”.

El número de pacientes atendidos por el Instituto Austral de Salud Mental ya superó las 2.000 personas. “Es muy satisfactorio poder tratar y curar gente grave que, de cualquier otra manera, hubiera ido a parar a un loquero”, concluye Lumerman.

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Roberto Killmeate, Mercado de la Estepa

Posted on 19 enero, 2009. Filed under: Walter Duer -Buenos Aires | Etiquetas: , , , |

Por Walter Duer / Buenos Aires

 

4 de julio de 1976. Un grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) ingresó en la parroquia San Patricio, en el barrio de Belgrano, y asesinó a tres sacerdotes y dos seminaristas de la orden de los palotinos, con el lema: “esto les pasa por envenenar la mente de la juventud”. Seguramente, los asesinos que perpetraron esta masacre creyeron que habían eliminado a todos los miembros de este pequeño grupo y erradicado las ideas de esta porción de la iglesia, que traía una propuesta pastoral diferente a la tradicional, más involucrada en los problemas sociales de la comunidad y reconocida por visitar barrios marginales o movilizar jóvenes.

 

Pero se les escapó un pequeño detalle: Roberto Killmeate o, como lo conocen todos, Bob. “Justo en esa fecha estaba en Medellín, Colombia, terminando mis estudios, por lo que puede decirse que soy el único sobreviviente”. Ocho años atrás, Bob había dejado sus estudios de derecho, influenciado por el documento de los obispos en la Conferencia de Medellín, cuyo mensaje de compromiso de los sacerdotes en el cambio social de América Latina le abrió la cabeza. “Ingresé en el seminario de los palotinos y, después de unos años en Brasil, en 1973 volvimos con esos compañeros, los que fueron asesinados, al país”.

 

Enterado de la suerte que habían corrido sus antiguos colegas de estudios, Bob regresó a la Argentina, pero fue rápidamente “movido”, para su protección, hacia Inglaterra, Roma e Irlanda. De regreso de su periplo forzado por Europa, cuando se enteró de que su vida todavía corría peligro, viajó por América Latina observando y conociendo las realidades de las comunidades campesinas. “Fue un aprendizaje clave, ya que vi una nueva dimensión de la pobreza, que no se reducía solamente a la falta de recursos económicos sino que estaba relacionada con la ausencia de acceso a los derechos y a la dignidad”, describe.

 

“Lo más doloroso fue que la Iglesia Católica impuso el silencio sobre el asesinato y, por ser yo uno de los ideólogos de la acción social que desarrollaba la parroquia y que derivó en el acto criminal de la gente de la ESMA, demoró mi ordenación hasta 1978”. Pero no sólo eso: cuando le dieron el permiso, el 22 de mayo de ese año, hubo una condición: que sólo podía predicar su sermón en la misa de los niños, en la misma San Patricio. Lejos de callar a Bob, la estrategia de silencio eclesiástica lo movió a alzar su voz. “Fue una pelea constante contra el sistema, lo que yo quería era poder dedicarme a la acción social”, recuerda.

 

Movimiento continuo

 

Sus superiores no contaron con el espíritu rebelde del joven Killmeate, que desde esa posición siguió sus andanzas. Primero, organizó a los padres en una cooperativa de autoconstrucción de viviendas, llamada CAVE, para un grupo de pobladores de muy bajos recursos económicos en una villa de emergencia en Munro, en la provincia de Buenos Aires. Para eso, ideó un sistema de financiamiento (una cartera de socios de la parroquia más la colecta dominical de la misa de niños) que sirvió para erigir nada menos 47 hogares en el período 1979-1981, en un terreno donado por uno de los feligreses. “Además, como los beneficiarios debían devolver parte de los fondos, esto permitió construir 28 viviendas más”, se enorgullece el actual creador del Mercado de la Estepa.

 

Al mismo tiempo, creó una escuela de formación de líderes para niños, y desarrolló nuevas pedagogías para chicos en la misa. “Las acciones empezaron a hacer cada vez más ruido y eso preocupó una vez más a la gente de la iglesia, que tomó una decisión de raíz: me mandó a un pueblo aislado en Santiago del Estero”, cuenta Killmeate, confesando que en privado una alta autoridad eclesiástica le habría dicho: “ya que te gustan tanto los pobres, acá vas a tener un montón”.

 

Así fue como Killmeate apareció con una maleta mínima en Los Juríes, una localidad que está a 110 kilómetros de Añatuya o, dicho de otra manera, a casi 300 kilómetros de la capital provincial. “De repente era el párroco de una ciudad con 2000 habitantes, que no tenía ni agua ni luz, y sufrí una fuerte desesperanza”, confiesa Bob, que todavía recuerda emocionado cuando “los laicos de San Patricio se movilizaron para que me quedara con ellos, pero no tuvieron ningún resultado”.

 

Si la expresión “le salió el tiro por la culata” tiene algún espacio propicio para mostrarse en todo su esplendor, el caso de la Iglesia Católica argentina y Bob Killmeate es perfecto. Porque a los seis meses de estar “confinado” en este rincón del país, don Roberto estaba de nuevo haciendo mucho ruido, esta vez como cabeza de familias que habían sido expulsadas de sus propias tierras.

 

Con talento para los problemas

 

El propio Killmeate afirma que “tengo una gran capacidad para encontrarme con los problemas”. Es que al poco tiempo de estar en Santiago del Estero, se topó con una familia que había sido desalojada de su campo por la policía, luego de que se presentara un terrateniente aduciendo ser dueño de ese espacio. “Trabajando por esta gente en particular, se destapó una olla gigantesca: la de la realidad santiaguina, de familias que vivieron durante generaciones en un mismo lugar sin haber conseguido nunca un título de propiedad”.

 

Así se creó el MOCASE (Movimiento de Campesinos para la Recuperación de Tierras), el más importante en su tipo en la Argentina. “Vimos una cantidad de estafas muy elevada, como por ejemplo que llegaba una persona en representación de una empresa y le hacía firmar papeles a un poblador con mentiras sobre compras futuras de bienes o servicios”. Esos “papeles” eran ni más ni menos que contratos de locación, por lo que quien firmaba perdía sus derechos de posesión sobre la tierra.

 

“Me subí a una ranchera que tenía en ese momento, instalé unos parlantes y salí a los campos a explicar la situación: sin quererlo, me convertí en un líder campesino”, señala Killmeate, que también se ocupó de viajar a Europa para realizar gestiones frente a la cooperación internacional y obtener los fondos que le permitieron lanzar PROINCA, una organización que capacitó y empoderó a comunidades campesinas en el derecho a la tierra. A su regreso, además, instaló una mesa de concertación entre las comunidades y el gobierno provincial y creó una Comisión Central Campesina.

 

La lucha por los derechos de la tierra duró entre 7 y 8 años y fue muy dura, porque significó enfrentarse con rivales poderosos, como el gobierno feudal de Juárez. Sin embargo, se lograron recuperar efectivamente 177.000 hectáreas. “Lo más importante fue que pude dejar capacidades instaladas y lograr que se haga visible un problema que antes se tapaba”, asegura. Eso le dio la tranquilidad de que ya podía retirarse del conflicto, que había generado mucho desgaste no sólo en su persona, sino también en la relación entre la Iglesia que él representaba y los gobiernos y las empresas que querían adueñarse de las tierras. “Pedí una dispensa y me compré una chacra en Río Negro”, concluye Bob.

 

Espíritu inquieto

 

La chacra quedaba en la tranquílisima localidad de Cinco Saltos, en plena Patagonia. Un lugar ideal para echarse a descansar luego de tantos años de trajín. Sin embargo, Killmeate no parece ese tipo de personas capaces de recostarse durante varias horas en una hamaca paraguaya a ver pasar el tiempo. A poco de haberse instalado, y luego de haber devorado toda la literatura disponible sobre agricultura y horticultura autosuficientes, organizó un modelo que se convirtió en paradigma, por lo que su granja comenzó a ser visitada por alumnos de las universidades de la zona.

 

“Fueron años de intenso conocimiento del mundo rural, durante los cuales viví en carne propia los problemas y las crisis características que atraviesa un pequeño productor”. Comprendió que uno de los mayores problemas que enfrentan es la incapacidad de comercialización conjunta, y a la vez la falta de acceso a participar en las decisiones políticas que los afectan. De a poco, comenzó a liderar un grupo de pequeños productores en Dina Huapi, cerca de la turística Bariloche, con el objetivo de producir un cambio en la cultura de los pequeños productores. Así surgió Surcos Patagónicos, antecesora del Mercado de la Estepa, un sistema que transforma a pequeños productores rurales en ciudadanos capaces de hacer valer sus derechos y hacerse cargo de sus propios procesos de cambio. Utiliza la producción y la comercialización justa de productos de familias marginales como una excusa para que ellas no solamente mejoren sus ingresos, sino que reconozcan su propia capacidad para participar en la toma de decisiones, gestionar y acceder a mejores niveles de educación, salud y de otros servicios que provoquen un cambio sustancial y duradero a su calidad de vida.

 

Los productores que integran el Mercado son cada vez más. “Arrancamos con 25 familias, hoy somos más de 200”, apunta Killmeate, para concluir que “buscábamos resolver el problema más profundo, el vinculado a la falta de percepción que tienen los pequeños productores rurales marginales de sí mismos como ciudadanos que pueden gestionar un mejor acceso a servicios o participar en la toma de decisiones de las políticas que los afectan. A su pobreza y aislamiento históricos se suma que, por un lado no conocen los mecanismos de participación que están a su alcance, y por otro, no se atreven a utilizarlos”.

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Una incertidumbre que lleva treinta años

Posted on 15 diciembre, 2008. Filed under: Walter Duer -Buenos Aires | Etiquetas: , , , |

Walter Duer / Buenos Aires

 

Marco Antonio Beovic fue sacado de su casa en el barrio de Núñez, en Buenos Aires, por fuerzas paramilitares en diciembre de 1976. Más de tres décadas después, sus padres siguen sin datos sobre su paradero. Se trata de uno entre miles de casos similares.

 

3 de diciembre de 1976. Alejandro Beovic se despertó sobresaltado. Eran las 5.30 de la mañana y una serie de nudillos rebotaban contra su puerta de entrada, generando una estridencia que, aún cuando no sabía quién estaba golpeando, lo llenó de un cierto temor. “Buscamos a un tal Diego”, le espetó un señor vestido de oscuro, con anteojos negros, que no necesitó identificarse ni aclarar qué hacía allí a esa hora ni para qué buscaban a Diego. “Acá no vive ningún Diego”, respondió Alejandro con sinceridad, pero esa respuesta no fue suficiente para que los cinco hombres (había otros cuatro además del que habló), que parecían todos hermanos gemelos de lo parecidos que eran en contextura, corte de pelo (al ras, por supuesto) y vestimenta, entraran a pura prepotencia a revisar la casa, dieran con Marco Antonio, el hijo mayor de Alejandro. La imagen del chico siendo arrastrado hacia fuera es la última que conservan sus padres, porque Marco Antonio, que tenía apenas 20 años en ese momento, es uno más en la incontable lista de desaparecidos que dejó la última dictadura militar en la Argentina.

 

Muchas veces la vida se comporta con un sentido del humor bastante incomprensible. Porque si Alejandro Beovic llegó a la Argentina desde su Trieste natal fue porque sus padres eran alérgicos a los regímenes totalitarios y decidieron abandonar una Europa que, en la década del 30, mostraba sus primeros atisbos de lo que vendría de la mano de Hitler y Mussolini. Así, el padre de los Beovic, que había luchado en la Primera Guerra Mundial, decidió que no quería el mismo destino de sangre y muerte para sus hijos, por lo que huyó hacia la lejana América del Sur, sin imaginar que los gobernantes irracionales no conocen de fronteras.

 

Algunos años después, cuando Alejandro ya se confundía con el paisaje argentino como si fuese un nativo más, el destino lo cruzó con Ángela Marina Cadus, con quien se casó en 1955 y con quien tuvo a su primer hijo, Marco Antonio, el 20 de marzo de 1956. Cuatro años más tarde nacería también Miguel Ángel. Alejandro hizo sus mejores esfuerzos para generar en sus hijos la cultura del trabajo, de la honradez y del respeto. “Nunca fuimos una familia politizada”, afirma. Así, justo después de terminar el secundario, Marco Antonio empezó a estudiar Ingeniería Electrónica y a trabajar en Gajo, una empresa que prestaba servicios para IBM. “Llegaba a las 5 y media de la tarde de trabajar, se tomaba un café con leche y usaba la noche para estudiar”, recuerda Alejandro.

 

Sin saber por qué

 

Una de las espinas que los Beovic tienen clavadas y no pueden extraer es la de saber que su hijo pudo haber sido llevado por error. “Nosotros vivíamos en ese momento en una especie de conventillo, con otras siete familias ocupando otras casas, y justo en una de estas había un chico que se hacía llamar ‘Diego’ y del que muchas veces se decía que había sido uno de los responsables de la explosión en la casa de Lambruschini”, razona Alejandro. El atentando contra la casa del entonces Vicealmirante Armando Lambruschini fue un resonado ataque llevado a cabo el 1º de agosto de 1978, que dejó un saldo de tres muertos y diez heridos y que fue autoadjudicado por el grupo Montoneros.

 

“Además, Marco Antonio no militaba, ni siquiera estaba interesado en la política”, agrega Ángela, quien asegura además que en los 32 años que pasaron desde la desaparición de su hijo, no recibieron ningún indicio (como puede ser el contacto de viejos compañeros o alguien que se acercara a darles una explicación) que pudiera hacerlos sospechar de que Marco Antonio “andaba en cosas raras”, que es la forma idiomática que se utilizaba en la época para designar a los jóvenes militantes (fuesen terroristas dispuestos a utilizar armas de fuego o chicos de 17 años que repartían panfletos pro-democráticos, todos caían en la misma bolsa) y hasta para justificar las desapariciones.

 

Allí comenzó un peregrinar que, después de tres décadas, no despejó ninguna de las incertidumbres del primer día. Alejandro recorrió organismos oficiales habidos y por haber para encontrar algún dato sobre la situación de su hijo. “Fui al Ministerio del Interior, golpeamos todas las puertas, hicimos decenas de solicitudes de hábeas corpus y nadie nos decía nada”, recuerda, para luego aclarar que “a lo sumo, nos preguntaban: ‘¿y usted sabe en que andaba su hijo?’, con cara de soberbia”. Ángela, por su parte, comenzó a participar de las rondas de Plaza de Mayo, junto a las Madres. “En un momento nos dijeron que el Monseñor Bracelli, de la iglesia Stella Maris en Retiro, estaba ayudando a los padres de desaparecidos, pero desde que lo conocí me dio más la sensación de que tenía más voluntad de sacar información que de ayudar a localizar a nadie”, acusa Alejandro. Tampoco rindieron ningún efecto positivo las cartas enviadas a Karel Vaske, de la UNESCO, ni a Edmundo Vargas Carreño, entonces en la Comisión Internacional de Derechos Humanos. El advenimiento de la democracia, en 1983, tampoco ayudó mucho para esclarecer lo sucedido.

 

“Esto nos sirvió para una sola cosa: para descubrir quiénes eran nuestros verdaderos amigos, porque muchas personas con las que compartíamos un montón de cosas se nos alejaron de repente, como si fuésemos la peste bubónica”, indica Alejandro.

 

Escombros en la ESMA

 

Con todos los fantasmas de la desaparición de su hijo encima, Alejandro siguió trabajando como camionero, su actividad en ese momento. Entre sus tareas habituales, estaba la de juntar materiales de construcciones en volquetes e ir a dejarlos en alguno de los puntos de relleno, junto al río. Uno de esos sitios era el Club Policial, en la Zona Norte del Gran Buenos Aires, al cual no lo dejaron ingresar más luego del episodio de la desaparición de Marco Antonio. Y otro era nada menos que la ESMA (la Escuela de Mecánica de la Armada), uno de los centros de detención ilegal más reconocidos.

 

“Siempre me llamó la atención que, a diferencia de lo que ocurría en todos los otros lugares, en la ESMA no nos dejaban llegar hasta el borde del río, lo que facilitaba la tarea de las topadoras, sino que nos hacían parar unos diez metros antes”, razona Alejandro. “A las 17 ya no dejaban pasar camiones y de noche se escuchaba a las máquinas trabajando”, agrega, para completar la información diciendo que “para colmo, había un olor pestilente en la ribera”. Por todo esto, Alejandro concluye que sus escombros “tal vez servían para tapar otras cosas, pero entiendo que no se ha investigado mucho el tema”.

 

Pasaron 32 años y todavía no hay ni un solo rastro sobre Marco Antonio. “No puedo perder las esperanzas, porque si las pierdo, todo lo demás se acaba”, dice Ángela. “Para mí, mi hijo está vivo en algún lado, tal vez con algún problema por el cual todavía no vuelve, pero confío en que va a volver”, agrega con lágrimas en los ojos. “Esta casa la construimos en 1988 y la hicimos con cuatro habitaciones, una para nosotros, una para mi mamá y una para cada una de los chicos”, completa Alejandro, para dar la pauta de que a pesar de que en voz alta sostiene que su hijo está muerto, en el fondo también le queda una lucecita encendida.

 

La pared del living de la casa de los Beovic la adornan dos fotos de estudio: una de Marco Antonio, tomada un poco antes de la desaparición, y otra de su hermano, de la misma época. En el garage, reposa la moto a la que Marco Antonio no le da arranque desde hace más de tres décadas. Muchas veces, los argentinos de memoria más frágil apuestan a un “borrón y cuenta nueva” y acusan a muchas de las víctimas de la última dictadura militar de “mirar hacia atrás” en lugar de pensar en el futuro. Estando en casa de los Beovic, es muy sencillo darse cuenta de que no es que exista una voluntad de pensar en el pasado, sino que el tiempo, para ellos, se quedó congelado en la madrugada del 3 de diciembre de 1976.

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Todos podemos participar

Posted on 10 noviembre, 2008. Filed under: Walter Duer -Buenos Aires | Etiquetas: , , |

Por Walter Duer / Buenos Aires

 

¿Un mundo en el que todos los ciudadanos sean parte de la toma de decisiones comprometidas y responsables en políticas de Estado? En una época en que la corrupción reina, esto suena a utopía. Utopía a la que el argentino Guillermo Worman ha sazonado con una pizca de realidad.

 

Que las principales decisiones políticas que afectan a las personas estén en manos de esas mismas personas y no de terceros “representantes” que se manejan según sus propios intereses. Esa fue la idea que motivó a Guillermo Worman, cuando el siglo XXI estaba dando apenas sus primeros pasos, a crear Participación Ciudadana, una organización de la sociedad civil (OSC) que trabaja en asuntos de interés público relacionados con la dinámica democrática, como el libre acceso a la información o las herramientas de participación y decisión de la ciudadanía.

 

“Según los papeles, vivimos en un sistema representativo, republicano y federal”, dispara de entrada Worman. “De acuerdo nuestra visión, en cambio, el país no es ninguna de esas tres cosas”. Según el emprendedor social, no es representativo porque en ese caso, el político elegido debería acercarse a las personas que representa, escucharlas, conocer sus opiniones y decidir en consecuencia. “Lo que nosotros votamos no son representantes, sino delegados, porque delegamos el poder en ellos”, resalta Worman, quien aclara además que “entre otras metas, buscamos recomponer el divorcio que entre el pueblo y sus representantes, cada vez más profundos”.

 

Worman también apunta contra el término “republicano”. “El poder no lo ejerce el pueblo, sino que hay un Poder Ejecutivo que, cada vez más, utiliza al Poder Legislativo como una extensión de garantía de gobernabilidad”, despacha. “Para colmo, el incremento en la cantidad de jueces de la Corte Suprema de Justicia durante el menemismo, que incorporó más que nada magistrados afines a las ideas del entonces presidente, mostró una clara tendencia a que suceda lo mismo con el Poder Judicial”.

 

Sobre el federalismo, Worman indica que “existe desde siempre un unitarismo sutil o camuflado, que tiene la forma de coparticipación”. La Coparticipación Federal de los recursos estatales constituye en la Argentina un sistema de distribución de una parte de los ingresos de la administración pública del país. Así, determinados impuestos son recaudados por la Nación y se distribuyen entre ésta y las administraciones provinciales, de acuerdo a distintos regímenes que varían en el tiempo, muchas veces de acuerdo a situaciones políticas determinadas o a las relaciones puntuales entre un presidente y un gobernador.

 

Reglas arbitrarias

 

La semilla que germinó en la cabeza de Worman se plantó en 1999. Guillermo trabajaba en Ushuaia, provincia de Tierra del Fuego, en la inserción laboral de personas con discapacidad. En ese momento, se relacionó con un joven no escolarizado con Síndrome de Down. “Cuando nos presentamos en una escuela pública para adultos, nos dijeron que no podían tomarlo, porque tenía que ir a una escuela especial”, recuerda Worman. “Por supuesto que nos negamos, porque nosotros justamente buscábamos lo contrario: la integración”.

 

La directora de la institución, entonces, acudió a una frase que suele ser inapelable: “tengo una ordenanza que indica que es así”. Para su mala suerte, enfrente tenía a Worman, quien no se amilana ante las sentencias taxativas. “Fui a pedir la copia de la ordenanza y de un lugar me mandaban a otro, pero el papel nunca aparecía”, explica.

 

Guillermo comenzó a recibir el asesoramiento de un abogado quien redactó una nota solicitando de manera formal la aparición de la ordenanza. “Es que fue una orden verbal”, le respondieron, sin notar tal vez que el abogado sabía que en la administración pública no existe tal cosa. Ante la insistencia, la directora del colegio le dijo: “bueno, puede venir a clase, pero sólo si también va a una escuela especial”. El abogado instó a que pusieran eso por escrito, pero los funcionarios de la institución educativa se negaron. “Con dos meses perdidos, los padres del chico decidieron exponerse a los medios para contar su caso y el abogado hizo una presentación legal advirtiendo que un funcionario público que niega el acceso a la educación a un ciudadano está incumpliendo sus tareas”, cuenta Worman.

 

El ruido generó, en definitiva, una nota de dos renglones autorizando al joven a asistir a clases. “El abogado me explicó que ahí había obrado una arbitrariedad: si antes no se podía y ahora sí, es porque alguien está decidiendo sobre la marcha, no porque hay una normativa funcionando”, agrega Worman, para sentenciar que “estaba con mucha bronca, porque en el fondo sólo se trataba de un joven con discapacidad que quería leer y escribir”. Por esa razón, siguió a fondo con la denuncia por discriminación contra el entonces Ministro de Educación fueguino, Francisco Alvarez.

 

“Todo quedó en la nada porque el juez al que le llegó la causa, Leandro Alvarez, tenía a su vez una denuncia del Consejo de la Magistratura, por lo que el destino de cada uno de ellos estaba en las manos del otro”, recuerda Worman. “Así, un viernes el Ministro votó en contra de la destitución del juez y el lunes el juez dictaminó la falta de mérito”. La noticia fue difundida por el diario La Nación del 13 de diciembre de 1999, con el título “Defensa mutua de un juez y un ministro”.

 

El momento de la acción

 

Esos hechos motivaron a Worman y un grupo de gente cercana a organizarse, dando vida a Participación Ciudadana. “El objetivo fue reunir a personas con conocimientos en áreas como salud, educación, comunicación, aspectos sociales y jurídicos para trabajar sobre tres ejes fundamentales: lograr una justicia independiente, que se promuevan leyes justas y que los gobernantes permitan la participación de las personas a las que supuestamente representan”, enumera el emprendedor social. Uno de los primeros puntos que investigó este grupo fue el mecanismo de selección de jueces.

 

En 2001, la organización coordinó el proceso de  elaboración de la Carta Orgánica de Ushuaia (2001) que fue un hito en la historia de Tierra del Fuego y el puntapié inicial para que Participación Ciudadana iniciara el trabajo de contribuir a la reglamentación de nuevas formas y sistemas de participación. La ciudadanía participó de la elaboración de la totalidad de las ordenanzas aprobadas hasta la fecha, cuyo caso emblemático es la eliminación de la “lista sábana” (esas presentaciones de políticos a elecciones donde aparece una cara reconocida para el cargo más importante y una interminable lista de gente debajo, sobre los cuales los votantes no tienen la posibilidad de elegir o descartar a uno por uno) y la realización de la primera audiencia Pública de la historia de la ciudad de Ushuaia, propuesta por una organización de la sociedad civil.

 

“Planteamos que las sesiones del Consejo de la Magistratura sean públicas y definimos un método de selección objetivo de jueces”, recuerda Worman.

 

La información como eje esencial

 

Desde el principio, Participación Ciudadana trabajó con la provincia y los municipios en tres grandes temas: el acceso a la información pública, la publicación de los actos de gobierno y los mecanismos de rendición de cuentas.

 

Sobre el primer ítem, Worman asegura que “no se trata de un fin, sino de un medio”. Para el emprendedor social, la meta a alcanzar es la mayor participación por parte de los ciudadanos, algo que no puede ser posible si estos no cuentan con la información: cuáles son las leyes y las ordenanzas que existen, para que la gente sepa de qué se tratan y cómo pueden utilizarlas en su beneficio.

 

Respecto del segundo punto, la idea de Worman y de su asociación es exponer los contratos, las designaciones de personal. “Que cada ciudadano pueda responder a preguntas que van desde cuánto paga el Estado por un litro de leche hasta cuánta gente tiene contratada”, explica. Hablando del tercero de los pilares, Worman sólo agrega que “si es mi representante, tiene que rendirme las cuentas, así de sencillo”.

 

¿Cómo se puede lograr esto? De a poco, “analizando la estructura de poder de cada ciudad, de cada municipio y de cada provincia y manejando cada caso de forma diferente”, señala Worman. En Tierra del Fuego pasaron de no informar nada respecto de contrataciones ni acuerdos en 2005 a tener todos los datos dispuestos en una completísima página web en la actualidad. ¿Qué pasó en el medio? Una acción legal propuesta por Participación Ciudadana que llegó hasta el mismísimo Tribunal Superior de Justicia de la provincia y que dio como ganador a la organización de la sociedad civil.

 

“Es un camino que tiene como llegada la erradicación de vicios”, grafica Worman. “La sociedad civil es un sector, no un poder, por lo que lo único que tiene a su alcance es la posibilidad de ‘subir la valla’ de control a sus representantes”. Para ejemplificar esto último con términos directos, Worman agrega: “si quien ostenta el poder quiere robar, hacer que sea lo más dificultoso posible y si quiere tomar medidas arbitrarias, que deba pagar un alto costo político”. Guillermo no sólo pisó fuerte en Tierra del Fuego sino que, además, logró replicar el modelo en quince ciudades de la Patagonia y en sectores de Santiago del Estero y de Tucumán.

 

A quién le importa

 

La principal barrera que sufre el proyecto de Worman es, paradójicamente, lo que debería ser su fortaleza más poderosa: la gente. “Existe un fuerte desinterés y es nuestro desafío cotidiano generarlo”, explica el ideólogo de Participación Ciudadana. “Hoy la política no enamora ni quiere enamorar, para que haya menos ojos –define-. Hay interés, pero en que la gente tenga menos interés, así se rinden menos cuentas”.

 

¿Cómo lograr, en este contexto, que el pueblo sienta curiosidad por cosas de las que cada vez está más distanciado? Una forma es hablar directamente en términos de bolsillo. “Cuando accedemos, por dar un ejemplo, al presupuesto que un hospital tiene destinado para comprar gasas, averiguamos cuánta gasa compró y cuánto pagó por ella y mostramos la cantidad real de gasa que podrían haber adquirido a precio de mercado, siempre llamamos la atención”, apunta Worman.

 

Según el experto, se debe cambiar la conducta colectiva en dos aspectos: en el hecho de que los dirigentes están acostumbrados a que la gente no participe y en que las mismas personas están habituadas a no hacer escuchar su voz. La capacitación cívica es una de las herramientas principales para voltear este impedimento. “Muchas veces, basta con que una persona sepa que si va a un hospital público y no la quieren atender, alcanza con pedir a quien sea responsable del lugar que ponga eso mismo por escrito para comenzar a accionar contra esa institución y hacer respetar los derechos según las leyes”, explica el emprendedor.

 

El propio Worman sostiene que “la construcción del interés se hace uno a uno: cuando un ciudadano puede decir ‘participé y me fue bien’, ya genera la curiosidad de participación entre quienes los rodean”.

 

¿Adónde apunta todo el proyecto, en definitiva? A cambiar las reglas del juego, a generar un nuevo orden y nuevas leyes, a renovar los métodos. “Las reglas son funcionales al sistema que pretendemos cambiar, por lo que todo se hace más difícil –agrega Worman-. Buscamos entonces un conjunto nuevo de normas que apunten a que el pueblo tenga cada vez más poder”. Guillermo concluye que “muchos querrán hacer creer que esto es caos o anarquía, pero se trata tan solo de un nuevo orden ciudadano”.

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El cuartito del horror y Murphy es colombiano y trabaja en migraciones

Posted on 15 octubre, 2008. Filed under: Walter Duer -Buenos Aires | Etiquetas: , , |

Por Walter Duer / Buenos Aires

EL CUARTITO DEL HORROR

Recuerdo la primera vez que viajé como invitado en calidad de periodista: fue en mayo de 1998, yo tenía sólo 23 añitos y me tuve que tomar un avión con unos cuantos colegas con destino a Nueva York. Recuerdo también que otro de los invitados, el más veterano del grupo y el que más millas había acumulado hasta ese momento sin necesidad de pagar ningún pasaje, me dio un consejo de esos que sólo el maestro Yoda puede dar, de esos que no deben olvidarse jamás: “en migraciones, no digas que sos periodista”, me dijo. No pasaron muchos años antes de que deba arrepentirme de no haber honrado sus palabras al pie de la letra.

A ver… este bueno señor me habló cual padre que intenta explicar a su hijo los misterios de la vida en una época en que las Torres Gemelas estaban erguidas, en que aquí un dólar se conseguía oblando un peso y en que, tal vez como consecuencia de los dos ítems anteriores, los argentinos ingresábamos a Estados Unidos sin visa.

Precisamente en mi primer viaje a la parte de Norteamérica que no es México ni Canadá luego del ataque al World Trade Center fue que tuve la mala idea de ser sincero con las autoridades aeroportuarias. Como descargo, puedo decir que la entrevista en la embajada me había dejado muy paranoico. No sé cuántos pasaron la experiencia justo en la época de la crisis, pero obtener la visa al reino de Bush en 2002 era, al menos, traumático. Es que casi todos los argentinos que aún guardaban algunos billetes tenían la fantasía de mandarse a mudar a cualquier lugar fuera de nuestros límites geográficos y los buenos funcionarios consulares yanquis (que, por otra parte, consideran desde siempre que su país es el mejor del universos y que todos, absolutamente todos, queremos vivir allí) no podían tomarse de tiempo de distinguir quién viajaba por trabajo (como era mi caso), quién a visitar a una madre en su lecho de muerte y quién con destino de ser lavacopas indocumentado ni bien venciera el período de vigencia de la visa.

Dentro de los límites de la embajada, debo reconocer, no había ni un atisbo de discriminación: nos trataban a todos como iguales. Es decir, como potenciales lavacopas. Por eso, debíamos responder un cuestionario (en mi caso, ante un funcionario que ni siquiera hablaba bien español, por lo que si me bochaba, tal vez lo hacía por las razones equivocadas) que en muchas preguntas rozaba cuestiones más que personales, delante de unas 200 personas que esperaban su turno detrás de nosotros. Porque uno tenía que decir cuánto ganaba, por qué había decidido dejar a su marido, cómo había descubierto que su hijo se drogaba o dónde había aprendido a armar bombas Molotov frente a una ventanilla símil banco en un cuartito de tres por tres atestado de personas ávidas de obtener el tan preciado documento.

Con ese bagaje a cuestas, pasé las 11 horas de un vuelo a San Francisco pensando sólo en qué poner en el papel de migraciones. ¿“Periodista” y faltar al consejo que me había dado años atrás una persona que de entrar en los Estados Unidos sabía mucho? ¿“Docente” y mentirles a esas personas que tal vez habían investigado mis antecedentes gracias a los miembros de la CIA que operaban en Buenos Aires, para ser descubierto y devuelto a mi país de origen? Ya con el avión aterrizando, no tuve alternativa que poner algo. Y puse la opción equivocada, por supuesto. Porque además de todo, vale la aclaración, había una visa específica para periodistas y otra genérica para viajeros de turismo y negocios. Yo había solicitado esta última, porque para obtener la primera era imprescindible trabajar en relación de dependencia con algún medio. Y yo era freelance.

Al oficial de migraciones que me recibió no le tembló el pulso. Apenas miró la tarjeta y detectó las letras que formaban la palabra “journalist” me señaló un cuartito y me dijo (en inglés, claro, el hombre no iba a aprender español sólo para mí): “espere allí por favor”.

Entré. Era un lugar muy pequeño, pintado del amarillo típico que toman las paredes cuando no han sido pintadas por años y con una iluminación muy blanca. Por alguna razón, no me sorprendió ver que todas las personas que estaban allí esperando su potencial deportación eran latinos. Entonces descubrí que la luz blanquísima tenía su objetivo, porque todos miraban las lámparas como hipnotizados. Me senté en un asiento vacío a esperar mi sentencia. Durante largos cuarenta minutos yo también miré la luz del techo. Tenía conmigo un libro interesante y todo, pero no podía dejar de ver la luz. Cuando ya estaba lo suficientemente atontado, apareció una señora rubia y gorda detrás de un mostrador y me llamó. Pero no como lo haría un funcionario de migraciones que está a punto de patear el culo de un sudaca, sino como una mamá que quiere que su hijo se acerque a comer a la mesa. Incluso usó mi nombre de pila, y le dio cierta musicalidad: “Wooooolter”.

Me acerqué y mantuvimos esta conversación en inglés:

– ¿Por qué tiene visa de turista si usted es periodista?

– Porque trabajo de periodista, pero aquí no estoy como periodista.

– Pero si usted es periodista, tiene que venir con visa de periodista.

– Pero para sacar la visa de periodista tengo que trabajar interno en un medio y yo soy freelance, por lo que si hubiera aplicado para la visa de periodista no me la hubiesen dado.

Me miró con desconfianza, como si por fijarme los ojos durante unos segundos yo terminara desarmándome y confesando que en realidad era un terrorista musulmán disfrazado de periodista argentino. “Espere que tengo que llamar a mi supervisora”, me dijo.

Fueron otros cuarenta larguísimos minutos, al cabo de los cuales, justo en el momento en que mi retina estaba a punto de estallar por la maldita luz, apareció la supervisora. No puedo describirla porque cuando pestañeaba el recuerdo de la luz generaba una película violeta en el aire que me impedía verla. Se dio más o menos la siguiente conversación.

– ¿Por qué tiene visa de turista si usted es periodista?

– Porque trabajo de periodista, pero aquí no estoy como periodista.

– Pero si usted es periodista, tiene que venir con visa de periodista.

– Pero para sacar la visa de periodista tengo que trabajar interno en un medio y yo soy freelance, por lo que si hubiera aplicado para la visa de periodista no me la hubiesen dado.

También me escrutó con detenimiento. Evidentemente, era algo que les habían enseñado en algún curso de defensa contra las artes oscuras, obligatorio para todo e personal. Al cabo de un rato, me despidió con una verdad de Perogrullo: “ahora vaya, pero la próxima vez que venga a Estados Unidos, si trabaja en relación de dependencia con algún medio, saque la visa periodista”.

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Murphy es colombiano y trabaja en migraciones

Llegada a el aeropuerto de El Dorado, en Bogotá. Una especie de escenario ochentoso, como si se tratara de un decorado de película de Olmedo y Porcel que nadie desmanteló. Había dos puestos de migraciones abiertos: uno, atendido por un joven, tenía unas tres personas en la cola; el otro, a cargo de una señorita, estaba vacío. La lógica me garantizaba que tenía que dirigirme al de la niña, aunque una fea sensación me acompañó todo el recorrido hasta que llegué a su lado y le entregué mi pasaporte y mis papeles de ingreso al país.

No sé cómo estarán las cosas ahora en migraciones colombianas. Esta anécdota es de 2004 y, en ese momento, todavía los funcionarios cargaban los datos de cada uno de los que llegaban en un formulario del viejo y querido DOS, con pantalla de fondo azul y recuadros grises en los que se completaba la información.

La joven tomó mi pasaporte, lo abrió en la página donde estaban mis señas particulares, lo acercó y lo alejó de sus ojos para finalmente ubicarlo en un punto en el que el foco visual le quedaba cómodo. En ese momento comenzó el baile.

Lo que sigue es la descripción de la carga de datos en tiempo real. La voz pertenece a la funcionaria de migraciones: A ver… nombre… W (mirada rápida por todo el teclado tratando de identificar la “W”)… A (ídem)… L (ídem)… T (ídem)…

Y así con todas y cada una de las letras. Recuerdo que una de las cosas que más me sorprendió fue que cuando tuvo que ubicar por segunda vez la “E” o la “R” volvió a recorrer todo el teclado, como si además de ausencia de talento para el tipeo tuviese la memoria obstruida.

Con lentitud exasperante cargó apellido, estado civil, sexo, dirección en Buenos Aires, hotel en el que iba a parar en Bogotá, razones de mi viaje, fecha de llegada, fecha de salida, número de vuelo y aerolínea. La cola del otro puesto parecía la largada de los 100 metros llanos olímpicos: la velocidad con que la gente llegaba, presentaba sus papeles y salía al bochornoso clima bogotano me despeinaba el flequillo. Comencé a observar las esquinas que formaban las columnas con el techo, para detectar alguna cámara oculta y confirmar si se me estaba haciendo algún tipo de broma televisiva, pero no di con nada.

De repente, para romper el clima, se me ocurrió tirar una broma: “mire que sólo vengo por tres días”. Ese chiste mal ubicado me hizo perder otros dos o tres minutos, el tiempo que la niña tardó en soltar el teclado, levantar la vista, pensar qué le había dicho, evaluar si le causaba gracia, estimar que no le causaba gracia pero que debía hacerme pensar que sí, sonreír, bajar la vista al teclado, darse cuenta de que no recordaba por dónde iba, llevar la mirada al monitor, pensar qué letra seguía respecto de la última que ya estaba puesta y retomar la escritura.

Al cabo de un tiempo indefinible e infinito, pude ver que finalmente apareció un recuadro superpuesto a la pantalla con la leyenda “¿Están los datos correctos? Sí No”, en el cual la “S” del “Sí” y la “N” del “No” estaban subrayadas, indicando que si uno presionaba alguna de esas letras en su teclado estaba respondiendo la pregunta. La niña levantó su índice amenazador hacia el cielo y, por primera vez desde que yo estaba ahí, lo bajó sin dudar.

La paz interior me duró sólo un segundo. Porque justo después de apretar el botón que había elegido, la joven funcionaria (¿sería su primer día? ¿la gente que llega a Bogotá realmente tiene mucho tiempo libre? ¿me odiaba?) palideció y sólo atinó a decir “¡Ay!” al mismo tiempo en que utilizaba sus dos manos para cubrirse la cara y la pantalla azul volvía a mostrar todos sus cuadraditos grises vírgenes, ansiosos por darle la bienvenida a algún recién llegado a tierras colombianas.

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Cuando el capital vuelve a ser humano

Posted on 12 octubre, 2008. Filed under: Walter Duer -Buenos Aires |

Por Walter Duer / Buenos Aires

Nunca mejor dicho: el tiempo es dinero
Todos los seres humanos tienen bienes que pueden utilizarse para comerciar, aunque no posean ni una sola moneda en sus bolsillos: sus habilidades y el tiempo que pueden emplear en ejecutarlas. Esta fue la premisa que motivó a Marcelo Caldano en el momento de crear el Banco de Horas Comunitario, un sistema alternativo que suple la carencia de dinero en efectivo con los recursos no económicos que cada miembro de la comunidad posee, como capacidad productiva y saberes.

Con cuatro hijos a cuestas, a principios de los 90 Caldano decidió alejarse de Buenos Aires por la inexistencia de un modelo educativo alternativo. “En ese momento, la formación de mis hijos se volvió prioritaria y allí sólo veía un sistema que atentaba contra la creatividad, que generaba individuos no cooperativos, que era machista y exitista”, explica.

Ni bien llegado a Aguas Claras, una pequeña localidad rural en la provincia de Córdoba, diseñó junto a otros miembros de la comunidad un proyecto educativo que salió a “mostrar” a Capilla del Monte, una ciudad vecina, un poco más grande. “Es que si nos quedábamos encerrados en nuestro grupo no íbamos a poder crear la escuela, ya que sólo había doce o trece chicos y eran todos de distintas edades”, cuenta Caldano. Ni bien se abrieron al mundo con el proyecto, notaron que la demanda era alta. Corría 1997 y nacía la Cooperativa Educativa Olga Cossentini, conformada por cuarenta familias de recursos económicos limitados y creada con un único fin: “dar a nuestros hijos un mejor nivel de educación del que podrían haber recibido por parte del Estado”, define el emprendedor.

Es en el contexto de esta escuela que asoma, por primera vez, el concepto de “libreta de horas”. Esto significaba que los padres de los alumnos que no tuviesen dinero para abonar una cuota, se comprometían a ofrecer a la cooperativa una cantidad de “horas”, que luego podrían emplearse para el bien común. Por ejemplo, si uno de los papás era carpintero, su cuota podía salir x horas de su especialidad, que aplicaría a tener la escuela en óptimas condiciones.

El capital solidario
Así fue como si una señora sabía hacer tortas, se le puso un valor numérico a cada uno de sus productos. Y si un joven decidía hacerse cargo de repartirlas a domicilio, a su delivery también se le ponía precio. Así, cada uno expuso sus saberes, que iban desde limpiar la escuela hasta cuidar niños, y hasta algunos bienes de cambio. Por ejemplo, dos estudiantes que viajaban regularmente a Córdoba en un auto que tenía otros tres lugares vacíos, colocaron eso en su “oferta”. El compromiso de los voluntarios se transformó en un valor de respaldo: una moneda local con el nombre de “soles”.

Según su creador, el proyecto apunta a generar un desarrollo local sustentable a partir del fortalecimiento del vínculo entre el sector público, el privado y el social. De hecho, el Banco de Horas Comunitarias puede ser utilizado por cualquier organización social para llevar a cabo su misión específica. En Capilla del Monte se instaló a nivel del Municipio, y se está contemplando la posibilidad que las familias mas pobres paguen sus impuestos por este medio. Y en un momento había circulado que el Inspector de Escuelas Públicas provincial tenía toda la intención de implementar el sistema en 434 escuelas públicas de la región.

Hasta la fecha, aproximadamente un centenar de familias forma parte de la cooperativa Olga Cossentini, el Banco de Horas Comunitarias tiene 200 socios, se crearon más de 50 puestos de trabajo y casi 200 chicos y jóvenes en riesgo educativo y social recibieron servicios de apoyo escolar y formación laboral. Existen cuatro tipos de socios: los recíprocos (que entregan horas comunitarias y reciben beneficios), los cooperativos (sólo brindan horas), los beneficiarios (sólo reciben, en general dentro de programas particulares orientados a familias más vulnerables) y los donantes (miembros activos del sistema económico tradicional que aportan bienes y servicios). “Nuestro crecimiento es lento, porque se incluyen unas cinco o seis familias nuevas por mes y porque el sistema es contracultural y se basa en la construcción del lazo de confianza, del establecimiento del vínculo”, define Caldano.

Más allá de las fronteras
Pero el éxito de este proyecto requiere, antes que nada, del compromiso de cada una de las personas involucradas. Algo que, según la óptica de Caldano, no es de lo más común por estas tierras. “Uno de los grandes problemas de los argentinos es que tenemos una cultura muy individual –continuó el emprendedor-. Eso ha hecho, por ejemplo, que aquí fracase el modelo de trueque, que sólo funcionó justo después de la salida de la crisis, pero en el que hasta hubo casos de corrupción y de falsificación de bonos”.

Uno de los planteos es llevar este modelo a otras comunidades que puedan necesitarlo. “Buscamos alcanzar la escala óptima en el marco de Capilla del Monte y generar el conocimiento suficiente como para poder hacer la transferencia”, indica Caldano, aunque admite que su ideal es “un mundo en el que las economías solidarias apoyadas en monedas complementarias se integren completamente en el sistema, a partir de un consenso entre los diversos actores que lo conforman”.

Según Caldano, los sistemas monetarios nacionales se basan en la escasez. “Si hay mucha moneda circulante, hay más inflación, por lo que la moneda es escasa como estrategia”, aclara. Por eso, destaca este modelo de moneda complementaria. “Si yo llevo un millón de dólares a Capilla del Monte y lo regalo entre las familias del lugar, todas irían de inmediato a comprar cosas al supermercado de Córdoba, a los grandes negocios y a depositar dinero en el banco, por lo que todo ese monto formaría a engrosar rápidamente parte del sistema financiero”, ejemplifica Caldano. “Con este sistema, en cambio, los bienes están siempre girando alrededor de nuestra comunidad”, concluye.

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Hacedores del futuro

Posted on 17 septiembre, 2008. Filed under: Walter Duer -Buenos Aires |

Por Walter Duer / Buenos Aires

Pablo Ordóñez fundó una escuela de emprendedores para que jóvenes de bajos recursos de la provincia de Mendoza, en Argentina, puedan tener sus propias fuentes de ingresos. 

Corría el año 1983. El regreso de la democracia a la Argentina encontraba a un grupo de jóvenes (entre los que figuraba Pablo Ordóñez), ligado a la iglesia de la provincia de Mendoza, muy preocupado por las actividades sociales. Las noticias de que el jesuita José María Llorens estaba construyendo casas y logrando instalar servicios públicos, con la ayuda de la gente de la zona, en el marginal Barrio San Martín, que nuclea en muy poco espacio a 40.000 habitantes, circulaban a diario. “De inmediato, apenas escuché eso, ofrecí mi ayuda para lo que fuera”, cuenta Ordóñez, que en ese momento era técnico electrónico y desarrollaba algunos emprendimientos en el área de construcciones.

La actividad fue creciendo y ya en 1991 había una junta comunitaria, formada por miembros de mutuales, parroquias, centros de salud y escuelas de la zona. “Lo que hacíamos era recibir requerimientos de la gente y tratar de ser parte de la solución”, define Ordóñez. Entre otras acciones, se constituyó un centro de capacitación para que jóvenes y adultos pudiesen terminar el secundario. Se obtuvo el visto bueno de la Dirección General de Educación para Adultos y se logró que el estado provea los sueldos para los docentes y el apoyo de diversas entidades que acercaron el espacio físico, el mobiliario (que, en general, se trató de elementos reciclados de otras escuelas de la zona, rescatados justo antes de ser depositados en la basura), la biblioteca y los útiles administrativos.
Hasta ahí llegó Ordóñez como profesor de matemáticas. Algunos años después, cuando el director, el jesuita Juan Luis Moyano, debió renunciar para tomar un cargo en la orden, le ofrecieron a Pablo la máxima responsabilidad sobre la institución.

Dónde hay un trabajo

En ese cargo, Pablo Ordóñez llega al año bisagra de la historia argentina más reciente: el 2001. Con la crisis pegando fuerte, se decidió hacer un sondeo para determinar cuáles eran las condiciones de vida de las personas del lugar. El relevamiento arrojó que el 40 por ciento estaba desocupado y que, de ese total, el 37 por ciento estaba compuesto por jóvenes de 15 a 21 años. “Ahí vimos que lo social y lo educativo necesitaban de una tercera pata de sostén: la económica-productiva”, apunta Ordóñez.
Así surgió Asociación Emprender Mendoza (AsEM), una escuela de emprendedores que tiene como objetivo acercar a jóvenes en situación de riesgo social la posibilidad de desarrollar con éxito iniciativas productivas sustentables. “La falta de expectativas y estigma por su procedencia desanima a los jóvenes en cuanto al trabajo, sus estudios y acrecentando la cultura del no esfuerzo, muchas veces desembocando en adicciones y violencia”, explica Ordóñez, quien recuerda que al momento del mencionado relevamiento detectaron que por mes debían lamentar dos adolescentes muertos, en promedio, en general por choques entre diferentes “bandas”.
“Las iniciativas del Estado no son apropiadas a las necesidades de estos jóvenes”, señala Pablo, cuyo sistema de aprendizaje propone una escuela de negocios formadora de jóvenes emprendedores de bajos ingresos que utiliza un enfoque sistemático y metódico que enseña a crear iniciativas productivas. Articulando con empresas, universidades, el gobierno y la comunidad, los jóvenes adquieren conocimientos, valores y experiencias para convertirse en verdaderos emprendedores.

“Este proceso de formación y puesta en marcha de emprendimientos respeta las propias pautas culturales, fortalece la capacidad emprendedora de los jóvenes y brinda acceso a herramientas que garantizan la perduración de sus proyectos, lo que permite, en definitiva, superar la marginalidad de origen y hacer que los chicos se convierten en hacedores de su propio futuro”, define Ordóñez.

Se aggiorna el arca

La capacitación de los jóvenes fue sólo la primera acción, aunque no menor, si se considera que las personas en proceso de formación de la Escuela de Emprendedores ya son más de 300 y que son casi 50 los emprendimientos productivos en marcha.

Sin embargo, todavía quedaba mucho por hacer para cerrar el círculo completo. Así, en 2006 nació El Arca, una compañía comercializadora de economía solidaria que tiene todo su foco puesto en los productos creados por los emprendedores de AsEM y que factura alrededor de 10.000 pesos mensuales. También se ha hecho un fuerte trabajo en la construcción de una red de consumidores responsables para que adquieran esa mercancía, y hoy ya hay algunos centenares de familias que realizan sus compras habituales en El Arca, además de acuerdos con empresas (tanto pymes como grandes) y organizaciones en general para que también obtengan allí sus insumos. “Aspiramos a participar, en breve, de las compras del Estado”, explica Ordóñez.
AsEM apunta, en definitiva, a lograr un cambio cultural, a modificar la forma en como las personas, las empresas, las organizaciones y el Estado se involucran con la economía. El relacionamiento con las empresas no siempre tiene que ver con el tan temido “mangazo”. Muchas veces, aportes de know-how, capacidad de gerenciamiento, conceptos sobre desarrollo de productos o un acercamiento con potenciales consumidores son bienes tan preciados como una pila de billetes o un cheque.

El Estado, por su parte, está “mirando” la experiencia,, aunque no fueron pocas las veces que, en épocas electorales, alguien se acercó a AsEM con el objetivo de buscar clientela política de bajos recursos, pero siempre se topó con un “no”. “No nos interesa el clientelismo”, asegura, tajante, Ordóñez.

Con seis años de funcionamiento en sus espaldas, el emprendedor social asegura que “estoy satisfecho con lo que hemos hecho hasta ahora, pero de ninguna manera puedo estar tranquilo: más del 50 por ciento de la población de América Latina es pobre”. Pero es el propio Ordóñez el que se encarga de aclarar que “recursos y capacidad de esfuerzo hay, pero la distribución de la riqueza es muy mala”.

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