A treinta años del triunfo en Nicaragua de la Revolución sandinista

Posted on 10 septiembre, 2009. Filed under: Domingo Lilón -Pécs, Hungría | Etiquetas: |

Por Domingo Lilón / Pécs, Hungría

Recuerdo muy bien aquel 19 de julio de 1979. Aún conservo en algún lugar de la casa de mi madre en Santo Domingo aquel periódico dominicano que en primera plana y con grandes letras anunciaba el triunfo de los sandinistas en Nicaragua y la salida de Somoza del país. Ese mismo 1979 ingresé en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, en donde el tema de conversación era Nicaragua. Un año más tarde, en 1980, iniciado los estudios en la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas el tema de Nicaragua fue popularizándose aún más. Allí conocí a Juan, “Sandino”, como popularmente le conocíamos, quien había pasado medio año en Nicaragua en la campaña de alfabetización. Éramos la generación de la Revolución nicaragüense.

Al igual que Cuba, Nicaragua contaba con todas las características para la revolución tal cual la interpreta Hobsbawm “[…] tanto en el viejo sentido utópico de búsqueda de un cambio permanente de valores, de una sociedad nueva y perfecta, como en el sentido operativo de procurar alcanzarlo mediante la acción en las calles y en las barricadas, con bombas y emboscadas en las montañas” (Historia del siglo XX, 1914-1991. Crítica – Grijalbo Mondadori. Barcelona, 1995, p. 445).

Durante mucho tiempo Nicaragua sufrió de las apetencias de los EE. UU., lo que trajo como consecuencia la aparición de uno de los líderes más carismáticos de Centroamérica, Augusto César Sandino, quien luchó no sólo contra los norteamericanos, sino contra los gobiernos nicaragüenses impuestos por los EE.UU. Su asesinato lo convirtió en un mártir.

El control del poder real en el país descansaba en la Guardia Nacional creada por los EE.UU., la cual, a su vez, estaba controlada por el general Anastasio Somoza García, fundador de la dinastía de dictadores que controlarían el país y la nación desde 1937 hasta finales de la década de los setenta.

Con una feroz dictadura de varias décadas y un mártir como Sandino, era de esperar la aparición de un grupo guerrillero inspirado por la idea de “crear un, dos, tres Vietnam” del Che Guevara y del “foquismo” del francés Regis Debray. En la década de los sesenta hizo su aparición la guerrilla nicaragüense, dividida luego en tres grupos de marcadas diferencias ideológicas, las cuales unidas formaron el Frente Sandinista de Liberación Nacional, el cual salió triunfante en 1979 tras la huída del último de los Somoza, el entonces presidente Anastasio Somoza Debayle. De nuevo triunfaba otra revolución en América Latina y con ella venía la utopía de un futuro mejor. Pero la tarea a realizar era enorme, debido a la situación en que se encontraba el país.

A diferencia de Cuba, la Revolución sandinista contó con una amplia muestra de solidaridad internacional, especialmente de los países del área, de Europa occidental, pero también de Cuba, la ex-URSS y de los países comunistas de Europa. Incluso, en un principio, de los EE.UU., hasta la aparición de Reagan como presidente de los EE.UU. Entonces apareció la “contra”, la oposición al Gobierno de Managua, financiado por el Gobierno norteamericano, provocando una violenta y larga guerra civil que, al fin y al cabo, socavó el ánimo y la confianza de los nicaragüenses ante los sandinistas, quienes perdieron el poder en las elecciones generales de 1990.

“La revolución sandinista fue la utopía compartida. Y así como marcó a una generación de nicaragüenses que la hizo posible y la sostuvo con las armas, también hubo una generación en el mundo que encontró en ella una razón para vivir y para creer, y peleó por defenderla en muchas trincheras a la hora de la guerra de los contras y el bloqueo de Estados Unidos, desde Europa, Estados Unidos, Canadá, América Latina, promoviendo comités de solidaridad, recogiendo dinero, medicinas, útiles escolares, implementos agrícolas, escribiendo en los periódicos, levantando firmas, presionando a los parlamentarios, organizando marchas.

[…] En un fin de siglo poco heroico, vale la pena recordar que la revolución sandinista fue la culminación de una época de rebeldías y el triunfo de un cúmulo de creencias y sentimientos compartidos por una generación que abominó al imperialismo y tuvo la fe en el socialismo y en los movimientos de liberación nacional, Ben Bella, Lumumba, Ho Chi Minh, el Che Guevara, Fidel Castro; una generación que aún presenció el triunfo de la revolución cubana y el fin del colonialismo en África e Indochina, y protestó en las calles contra la guerra de Vietnam; la generación que leyó Los condenados de la tierra de Frantz Fanon y ¡Escucha, Yanki! de Stuart Mill, y al mismo tiempo a los escritores del boom, todos de izquierda entonces; la generación de pelo largo y alpargatas, de Woodstock y los Beatles; la de la rebelión de las calles de París en mayo del 68, y la matanza de Tlatelolco; la que vio a Allende resistir en el Palacio de la Moneda y lloró por las manos cortadas de Víctor Jara, y encontró, por fin, en Nicaragua, una revancha tras los sueños perdidos en Chile, y aún más allá, tras los sueños perdidos de la República española, recibidos en herencia. Era la izquierda. Una época que fue también una épica” – escribió Sergio Ramírez (Adios muchachos. Una memoria de la revolución sandinista. Editorial Aguilar, Madrid, 1999, pp. 14-15).

Sergio Ramírez no sólo hace recuento de las causas que llevaron al fin a la utopía sandinista, tales como la guerra de los contra, la posición del Gobierno norteamericano de Ronald Reagan, etc., sino los propios errores que cometieron los sandinistas. Rememora el mensaje que le envió Olof Palme desde Estocolmo tras su visita a Nicaragua en 1983: “Cuídense, se están alejando del pueblo” (p. 52). Mensaje premonitorio ya que verdaderamente se fue abriendo más y más la brecha entre los líderes y las masas. Una distancia que el mismo Sergio Ramrez reconoce más tarde: “He contado alguna vez que durante la campaña electoral de 1984, el número estelar del mitin un domingo en el puerto de San Carlos, en Río San Juan, era la entrega simbólica que iba a hacerme de su fusil un campesino de la comarca de Jesús María, hasta hacía poco alzado con la contra, y que se había rendido o había sido capturado. Cuando lo anunciaron, lo vi subir a la tarima y acercarse a mí bajo el sol relampagueante, vestido en hilachas y descalzo, el fusil viejo sostenido por un mecate en lugar de correa. Entonces advertí que entre nosotros había un inmenso abismo difícil de salvar. Las razones por las que se había alzado contra la revolución, dejando aún en más desamparo a su familia, eran distantes y distintas de las que a mí me habían impulsado para entrar en esa misma revolución que pretendía resolverle a él los problemas de su vida. No sólo por novelista era yo un intelectual, igual a los demás que vestían uniformes de comandantes, y también decían discursos y teorizaban. Todos, desde arriba, pensábamos la revolución en términos de teoría o de ideal, y esa concepción mental trataba de ser aplicada o impuesta a la sociedad, y a gente de carne y hueso como el campesino humilde y acobardado que me entregaba el rifle. Le proponíamos el viaje incomprensible de lo primitivo a lo moderno, pero él se negaba y había tomado un arma para oponerse” (pp. 211-212).

En el 2006, luego de su derrota en 1990, los sandinistas, con Daniel Ortega a la cabeza, vuelven al poder. En esos tres lustros transcurridos el Frente Sandinista perdió a varias figuras representativas tales como Carlos Mejía Godoy, Dora María Téllez Argüello, Luis Carrión, Víctor Tirado, Henry Ruiz, Ernesto Cardenal, Gioconda Belli o Sergio Ramírez. Y también, para muchos, perdió su áura, su fe, su esencia o, simplemente, como Sergio Ramírez escribiera “Hoy la revolución queda para muchos, dentro y fuera de Nicaragua, entre las nostalgias de la vida pasada y los viejos recuerdos, y se evoca igual que se evocan los amores perdidos; pero ya no es más una razón de vida” (p. 16).

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2 comentarios to “A treinta años del triunfo en Nicaragua de la Revolución sandinista”

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Hola Domingo:

Tu post pone a vibrar mi alma extasiada de tanta historia y tanta nostalgia de los sueños de mis padres, de mis abuelos y todos los que un día tuvieron fe en ese socialismo que hoy se desvanece sin atisbo de esperanza.

Gracias por este pedacito de historia.

Creo que es importantisimo contagiarse de esa esperanza que fue Nicaragua en el 79. Es cierto que Daniel Ortega se empeña en destruir ese sueño que fue el FSLN, no dejemos que empañe nuestra memoria.


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