Ecuador: el problema no es Chávez

Posted on 3 octubre, 2008. Filed under: Domingo Medina -Caracas | Etiquetas: , , |

Domingo Medina / Caracas

 

La América Latina pareciera moverse a un ritmo y en una dirección distinta a otras regiones. Desde hace un buen rato, con sus particularidades, los países del hemisferio han venido viviendo una serie de cambios que han llevado al gobierno a movimientos, partidos y líderes de izquierda, muy críticos del programa neoliberal e impulsores de fuertes transformaciones políticas, institucionales y sociales. De hecho, cuando el mundo celebraba la caída del Muro de Berlín, el triunfo del neoliberalismo y el fin de la historia por allá en 1989, los venezolanos se oponían al paquete de medidas neoliberales de Carlos Andrés Pérez en lo que se conoció como “El Caracazo”.

 

Por supuesto, ese camino no es para nada fácil. Más bien, como aquella canción de los Beatles, “it’s a long and winding road”. El fin de semana pasado le tocó a Ecuador acudir a las urnas para decidir si se aprobaba o no la nueva constitución del país. Una amplísima mayoría, por encima del 65 % de los votantes, apoyó la propuesta impulsada por el presidente Rafael Correa. La nueva constitución planta un proyecto que, a decir de Correa, permitirá la construcción de un modelo socialista, con elementos similares a los establecidos en la constitución venezolana y en la propuesta de constitución boliviana. Por supuesto, también con elementos muy particulares que no están presentes en las otras, como lo referente a los derechos de la naturaleza.

 

El caso es que, de cara a la política doméstica, Correa ha obtenido una victoria impresionante, similar a la obtenida por Evo Morales hace casi dos meses. Es nota que deben tomar tanto los opositores internos, como lo ha hecho Nebot, el alcalde de Guayaquil, que se ha declarado dispuesto a dialogar con Correa y a aceptado los resultados sin ambages). Lo que sigue ahora en Ecuador es un proceso que debe culminar con la elección de las nuevas autoridades y representantes populares a los distintos órganos de gobierno. A juzgar por los resultados del referéndum, no habría que esperar mayores sorpresas en cuanto a un nuevo triunfo de Correa y sus partidarios.

 

En cuanto a la política internacional, los resultados de estas elecciones refuerzan el eje, si le podemos llamar así, Venezuela, Bolivia, Nicaragua, Cuba y Ecuador. Si lo ampliamos un poco e incluimos a Brasil, Argentina y Paraguay (todos los países mencionados con gobiernos de izquierda) tendremos un bloque que viene impulsando esquemas de integración muy distintos a los famosos TLC y que viene ganando espacio y poder en los organismos de decisión y representación multilaterales de la región. (De hecho, sería bueno recordar que Colombia y Perú son los únicos países de Suramérica con gobiernos de derecha.) Para muestra un botón: la reunión que sostuvieron esta semana Chávez, Lula, Correa y Morales en Manaos…

 

De modo que, si analizamos bien, veremos que el problema no es Chávez. El problema ni siquiera es Evo, Lula, Correa y Chávez. El problema, para quienes aún no se dan por enterados y siguen propiciando aventuras golpistas e intervencionistas, son los pueblos, que se cansaron de tanta receta neoliberal. Y con el ejemplo gringo de estos días…

 

Pero como decíamos, el camino no es fácil. Me voy a permitir citar dos comentarios aparecidos en la prensa española, que nos pueden dar luz acerca de por dónde van a venir los tiros. La primera, no podía ser de otra manera, es de El País: “La Constitución, aun llena de defectos como su prolijidad mamotrética y su hiperintervencionismo, quizá sea un arma válida para esa refundación, siempre que Correa no se lance a imponer a diestro y siniestro su voluntad.”

 

La otra cita es de La vanguardia: “Con este cuarto triunfo electoral consecutivo Correa ya tiene las manos libres para presentarse a la reelección y acelerar sus polémicas reformas socialistas, que, entre otras cosas, otorga al Estado un mayor control en sectores estratégicos. Sumak kawsay, buen vivir en lengua quechua, será el eje del nuevo marco institucional que prometió el presidente. Sin embargo, sumak kawsay, una fórmula tan difusa como el socialismo del siglo XXI que impulsa el joven mandatario ecuatoriano, parece ser el envoltorio de un proyecto estatista y de concentración del poder…”

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Historieta de dos Cínicos: el cardenal Rivera y el presidente Uribe

Posted on 21 abril, 2008. Filed under: Témoris Grecko | Etiquetas: , , , , , |

Por Témoris Grecko / Ciudad de México

Cínico número 1: En 1987, Nicolás Aguilar, un párroco poblano fue acusado de abusar sexualmente de niños. Su jefe, el hoy cardenal y arzobispo primado de México Norberto Rivera Carrera, le pidió al cardenal Mahony, arzobispo de Los Ángeles, que se llevara a Aguilar a su diócesis. Éste lo hizo y Aguilar repitió sus maldades allá. Con los años, y tras las demandas de los niños que sufrieron abusos en Estados Unidos, esto se volvió un dime y direte judicial entre los dos jerarcas católicos: Mahony dice que nunca fue advertido del mal comportamiento de Aguilar. Rivera replica que envió una carta en la que le dijo a Mahony que Aguilar debía irse “por motivos familiares y por motivos de salud”, y que en la jerga eclesial esto significa que tiene “problemas de homosexualidad” (o sea, nos informa de que la iglesia usa eufemismos para desentenderse de sus vergüenzas). Mahony dice que nunca recibió esa misiva y que si hubiera sabido que ésa era la causa, obviamente no hubiera recibido a Aguilar.

Mahony aceptó que la diócesis de Los Ángeles pagara millones en indemnizaciones. Pero Rivera se salió con la suya porque las causas judiciales en contra de un obispo, pues en un país como éste, simplemente no van a ningún lado. No vale eso de la igualdad ante la ley. Es más, “casualmente”, agentes de migración, dependientes claro está del gobierno conservador de México, hostigaron al abogado gringo que representaba a las víctimas y le prohibieron entrar en el país. Bendita justicia. Rivera está muy a gusto porque, según él, cumplió con llevarse a Aguilar y avisarle a Mahony. Ajá. ¿Y las víctimas de aquí? ¿Los niños que sufrieron abusos en México? ¿Por qué no puso a Aguilar en manos de la policía, en lugar de enviarlo con engaños fuera del país, donde además siguió con sus tropelías? Pues el hombre sigue ahí con su buena conciencia, dice.

Todo esto viene al caso porque acabo de leer que Benedicto XVI visitó Estados Unidos y se reunió con las víctimas de los muchos abusos sexuales cometidos allá. Y no es que yo quiera traer al papa a México (juro de rodillas que no, cada una de las cinco veces que vino su predecesor causó efervescencia de fanáticos fundamentalistas y muchos problemas de tráfico), pero si lo hace, yo me pregunto: ¿Se reunirá también con las víctimas? ¿O las ignorará para verse con Rivera, príncipe de la iglesia mexicana? ¿O juntará a unas y a otro para que se den la mano y ‘ai muere?

Cínico número dos: Está de moda llamar a todo terrorista. Hay algunos que se emocionan abusando del término, como el presidente colombiano, Álvaro Uribe, que insiste en que los guerrilleros de las FARC son terroristas. Está claro que son secuestradores y criminales socios del narco (como mucha de la gente cercana a Uribe, e incluso él mismo fue colaborador del cártel de Medellín hasta los 90, según la inteligencia de estadounidense, citada en este reportaje de primera plana de El Universal), pero lo de terroristas es estirar mucho la palabra. Ya está mal que la utilice tan arbitrariamente allá de donde viene. Pero invadir ilegalmente otro país para hacer una operación militar, matar a ciudadanos de una tercera nación, ir a esa misma tercera nación a reunirse con su presidente y llamar terroristas –sin pruebas, sin generosidad para el fallecido, sin cortesía para su anfitrión, sin educación alguna– a los ciudadanos que mató y que ese presidente tenía que proteger, es imbécil y una grosería de alto calibre y mala precisión. Me pregunto por qué habrá creído que podía venir aquí a decir esas cosas, en un acto oficial con el presidente Calderón. Tal vez será porque el mismo Calderón había optado por nadar de muertito en el caso de sus compatriotas asesinados, evadir el bulto, bajarle el tono a las cosas y tratar de contentar a todos con un arreglo económico –lo que no aceptaron los padres de los caídos–. Uribe acaso pensó que podía venir a decir su batiburrillo de estupideces ante un Calderón calladito y regresarse a su país contento por su hazaña de justiciero de cártel . Pero Calderón, esta vez sí, tenía que decir algo, Uribe se pasó tres pueblos y era demasiado. El Congreso habló más alto y exigió al gobierno una protesta formal y la intervención de la OEA (El diputado que presentó la propuesta preguntó: “¿Qué hubiera pasado si en lugar de ciudadanos mexicanos hubieran sido ciudadanos estadounidenses?”). El rector de la Universidad Nacional, ése sí, le dijo las tres cosas que se merecía con toda claridad. Y aún así me quedo con la sensación de que no puede haber tanto cinismo, tanta exhibición de impunidad y desdén.

No digo que llevemos las tropas a la frontera (porque para empezar los guatemaltecos no tienen nada qué ver) ni que hagamos un show de autoconsumo que termine en sonrisas y apretón de manos, como ocurrió vergonzosamente en Dominicana. Pero exigir investigaciones serias con suficiente energía, presentar una protesta formal y demandar satisfacciones plenas, disculpas incluidas, es lo mínimo que hay que hacer ahora. Mientras no se demuestre que los mexicanos muertos (y la herida) empuñaron armas y atacaron a Colombia, no se les puede calificar ni siquiera de guerrilleros –mucho menos de terroristas–. Todo indica que no hacían más que turismo revolucionario, algo que está de moda en México desde 1994, que muchos hemos hecho y que no es ningún crimen. Y en todo caso, esos ciudadanos fueron asesinados en territorio en paz de otro nación, no en zona de combate colombiana.

La actitud del gobierno mexicano es muy distinta, lamentablemente. Fuera de la presión de los reflectores, Calderón volvió a su disciplina olímpica favorita, nadar de muertito, y su canciller, Patricia Espinosa, declaró al día siguiente que no problem, sir, no se pedirá recitificación alguna, y por si hubiera dudas de la firmeza de la posición nacional, agradeció a Uribe “que reconociera que el reclamo del presidente Calderón es muy legítimo”… ¿Así nomás? ¿Y el insulto? ¿Y los asesinatos? ¿No quieren da paso invitar a Uribe a comer a la UNAM, la universidad donde estudiaban los muertos?

No lo corrimos ni lo declaramos persona non grata, pero algo sí se llevó Uribe de México: la segunda mayor rechifla del año (ta-ta-ta-tata), después de la de Hugo Sánchez (aunque tal vez pronto será la tercera, porque la del PRD aún no termina y va in crescendo).

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Hemos estado tratando el conflicto entre Colombia, Ecuador, Venezuela y, ¡oh!, México también, en los siguientes posts:

¿Guerra en la Gran Colombia?

¿Quiso Colombia asesinar mexicanos en Ecuador? ¿Y qué hace el gobierno mexicano?

¿La OEA arrinconada?

Uribe y su ministro de la Defensa: Santos, pero no mucho

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¿Quiso Colombia Asesinar Mexicanos en Ecuador? ¿Y qué hace el Gobierno Mexicano?

Posted on 17 marzo, 2008. Filed under: Témoris Grecko | Etiquetas: , , , |

Por Témoris Grecko / Ciudad de México

El gobierno colombiano sabía que cinco mexicanos desarmados simpatizantes de las FARC estaban en el campamento guerrillero que atacó con fuerzas y táctica destinados a matar a todo el mundo, sin tomar prisioneros ni dejar heridos masculinos. Si esto no es correcto y no lo sabía, el presidente Álvaro Uribe tendría que pedir algunas renuncias en su servicios de inteligencia, porque sus agentes habían estado espiando las actividades de estas personas tanto en México como en Ecuador. En cambio, si esto es correcto y Uribe escogió dar el golpe en el momento en que los mexicanos estaban en el campamento, indica que además de asesinar al líder guerrillero Raúl Reyes, entre los objetivos secundarios estaba el de matar a los mexicanos, tal vez como castigo y lección para los jóvenes que simpatizan con el movimiento insurreccional en América Latina, en general, y en México, en particular, y que los padres de Lucía Morett, la mexicana sobreviviente, y de sus connacionales muertos en el operativo, tienen razón cuando acusan al gobierno colombiano de haber cometido un “crimen de Estado”.

En cualquiera de los casos posibles, las autoridades mexicanas tendrían que enviar una misión investigadora propia y exigir responsabilidades al gobierno colombiano, antes que cualquier otra cosa. En lugar de esto, han permitido que Uribe las arrincone, han contribuido a la justificación de la muerte de sus ciudadanos y a que se cree en México un ambiente de cuestionamiento contra la Universidad Nacional, a la que se pretende linchar retóricamente por las actividades políticas que, en ejercicio de sus libertades, realizan unos pocos de sus 300,000 alumnos. Ante el desprecio y el cinismo del ministro colombiano de defensa, Juan Manuel Santos, quien justificó los asesinatos con el argumento de que “no era precisamente unos angelitos”, la Cancillería mexicana contribuye a la justificación.

Los mexicanos que estaban presentes en el campamento de las FARC cuando éste fue atacado estaban desarmados, vestidos de civil y, según la evidencia disponible, lo que realizaban no eran acciones ofensivas contra el ejército colombiano, sno turismo revolucionario. Pertenecían a la Cátedra Simón Bolívar, una agrupación extra-académica que, como muchos otros grupos estudiantiles, utiliza un cubículo de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Desde hace años, el gobierno de ese país había exigido al de México que actuara contra los grupos relacionados con las organizaciones guerrilleras colombianas en su territorio. En respuesta a ello, en 2002, el presidente Vicente Fox ordenó el cierre de la oficina que tenían en Ciudad de México.

Álvaro Uribe y sus ministros, sin embargo, no quedaron satisfechos. Identifican a la Cátedra como uno de los grupos que simpatizan con las FARC y, a la par que mantenían la presión diplomática sobre México para que los desmantelara, realizaron labores de espionaje contra ellos. Esto fue reconocido públicamente por el embajador colombiano quien aseguró además que se trataba de tareas autorizadas por el gobierno mexicano. Al respecto, la cancillería mexicana dijo que no era cierto. Pero, increíblemente, nadie en el gobierno mexicano dijo nada de hacer algo para impedir que el gobierno colombiano siga espiando: ni notas diplomáticas, ni revisión de acuerdos, ni investigaciones, ya no digamos la expulsión de los espías.

Bogotá tenía vigilados a los miembros de la Cátedra. Y, al igual que otros servicios de inteligencia latinoamericanos, realizaba espionaje en el segundo congreso de la Coordinadora Continental Bolivariana, el encuentro de seguidores de la izquierda insurgente que tuvo lugar en Quito y al que acudieron los mexicanos de la Cátedra. ¿Supo Uribe que también tenían pensado visitar el campamento de las FARC? Eso es muy posible, ya que además de espiar en el Congreso, estaban vigilando el campamento guerrillero para asegurarse de que Raúl Reyes se encontrara ahí en el momento del ataque. Si entre sus objetivos secundarios no hubiera estado eliminar a los mexicanos, el gobierno colombiano, como cualquier otro, hubiera optado por evitar las complicaciones diplomáticas extra que conlleva matar a civiles desarmados de terceros países.

Los miembros de la Cátedra cometieron un error fatal: fueron a Quito, luego al campamento, regresaron a Quito y volvieron e internarse en la selva para ir al sitio donde morirían. Es dable pensar que si a los colombianos se les había escapado la primera oportunidad, no ocurriría lo mismo en la segunda. El ejército colombiano tenía en la mira el campamento y escogió el momento para dar el golpe. No parece casualidad.

Además de ilegal, la operación militar del ejército colombiano es comparable a una masacre. Quien siga de vez en cuando los saldos de enfrentamientos como éste, verá que la cantidad de heridos suele multiplicar a la de muertos, y a la vez, la de prisioneros a la de heridos. Y además, lo más común es que haya bajas de los dos lados. Aquí no. Los colombianos no tuvieron ni un rasguño. No tomaron prisioneros porque la fuerza que emplearon (armas, efectivos y táctica) estaba diseñada para matar a todo el mundo sin dar oportunidad de nada. Fue una lección de brutalidad. Hubo 25 muertos. Y sólo tres heridos. O heridas: parece improbable que la casualidad haya permitido que quienes escaparon a la muerte hayan sido sólo mujeres. ¿La caballerosidad del soldado colombiano? Hay denuncias de que algunos de los muertos recibieron el tiro de gracia, y son creíbles precisamente porque resulta extraño que sólo las mujeres sobrevivieran. Es decir, fueron asesinados, y eso pudo incluir a alguno de los mexicanos.

¿A quiénes les querían dar esa lección? ¿Sólo a las FARC? ¿Al gobierno ecuatoriano? ¿A los mexicanos simpatizantes de la insurgencia colombiana? ¿Quisieron hacerles en Ecuador lo que no pueden en México?

No extrañaría. El gobierno de Álvaro Uribe, y el propio presidente, suelen actuar como matones y no como representantes democráticos. Ahora mismo están a punto de pagarle dos millones y medio de dólares a un asesino a sangre fría, al guardaespaldas que mató a otro líder guerrillero, a quien debía proteger. Dada la calaña del tipo, ya lo podemos imaginar invirtiendo el dinero de los impuestos en matar más gente, traficar drogas u otro tipo de actos criminales. El propio cinismo de su intervención bélica en un país extranjero indica el estado de su calidad moral. Y por si quedaban dudas, el ministro Santos viene a decir que los mexicanos desarmados que mataron bajo sus órdenes no eran “angelitos”: o sea que debemos aplaudirle, él puede decir quiénes se portan bien y quienes mal y deben morir.

¿Reclamó el gobierno de México a Santos por trivializar y justificar de esta forma la muerte de sus ciudadanos? No. La respuesta oficial de la Cancillería fue: “Es preocupación del gobierno federal que ciudadanos mexicanos estén relacionados con una organización como las FARC, conocida por su ilegalidad y naturaleza violenta; por ser autora de múltiples secuestros, actos de sabotaje, extorsiones y actividades de narcotráfico”. O sea, hace a los muertos culpables sin pruebas, ayuda a desvíar la atención: del acto homicida a la simpleza de que no eran “angelitos”.

¿De quién es abogado el gobierno mexicano? ¿De sus ciudadanos? ¿O del de Colombia? ¿Por qué adelanta juicios sin haber investigado? Es como un papá a cuyo hijo otro padre golpeó y que, sin haber ido a ver qué pasó, se apresura a decir: “Me preocupa que esté rompiendo ventanas”.

¿Qué quiere hacer para averiguar las circunstancias de la muerte de sus ciudadanos? La Cancillería le pidió a Colombia “que proporcione a nuestro país cualquier información derivada de las investigaciones que en relación con estos hechos se llevan a cabo”. ¡Quiere que el asesino le cuente cómo mató al niño!

Ya tendría que hacer investigaciones propias (a lo que el gobierno ecuatoriano probablemente accedería, pero México no lo ha sugerido ni por asomo) y exigirle responsabilidades a Colombia con una fuerza sólo menor a la de Ecuador. Pero ni siquiera les proporciona un respaldo eficaz a Lucía Morett, internada en un hospital de Quito, y los padres de los muertos, quienes han dicho que se han sentido mucho mejor atendidos por las autoridades ecuatorianas (el PRD mexicano, un partido de oposición, es el único que se está movilizando para repatriar los cadáveres). No investiga, permite que los colombianos espíen ilegalmente en su territorio y que maten impune y cínicamente a sus cudadanos, y además, por si faltara algo, se deja poner contra las cuerdas: Bogotá está cuestionando con firmeza a Ciudad de México por la presencia de mexicanos en Ecuador y le exige reprimir a los simpatizantes de las FARC, aún sin demostrar que están violando leyes mexicanas.

Extra: el gobierno mexicano, por pasiva y por activa, facilita una operación de linchamiento contra la UNAM: en pasiva porque su inacción diplomática ha creado el vacío en el que los medios mexicanos miran hacia el interior para denunciar a los simpatizantes de las FARC como si fueran delincuentes, y en activa porque sus órganos de seguridad han entregado información a esos mismos medios –información que no viene acompañada de prueba alguna– con la que identificaron a ciudadanos mexicanos como supuestos representantes de las FARC en México –lo cual fue negado por los señalados–.

Es patético el escenario diplomático. Las cumbres de la OEA y del Grupo de Rio permitieron que Colombia se saliera con la suya, apenas con un llamado de atención, sin condena explícita, y con una declaración de Uribe en la que afirmó que se siente con derecho a intervenir en cualquier país en persecución de las FARC, en otro despliegue de cinismo y bravuconería. Esto recuerda a la “ley de invasión de La Haya”, con la que Estados Unidos anuncia que atacará a las naciones que pretendan juzgar a estadounidenses.

Pero es más patética la actitud del gobierno mexicano. Tiene razón al preocuparse por la posibilidad de que sus ciudadanos se enreden en acciones ilegales, sobre todo contra otro país. Pero antes tiene que investigar si eso es cierto. Y todavía antes de investigar y declarar cualquier cosa por el estilo, tiene que protegerlos y, en este caso, asegurar que se juzgue a quienes los mataron, empezando por quienes dieron las órdenes. ¿Acaso cree que Uribe y su ministro Santos sí son “angelitos”? ¿Está dispuesto a desproteger a sus ciudadanos porque un gorila colombiano dice que no son “angelitos”? ¿Para qué tenemos gobierno, entonces? ¿Para qué le pagamos al “chico súper poderoso”, el secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño? ¿Para que haga negocios familiares con Pemex? ¿Y a los secretarios de Exteriores, Defensa, Seguridad Pública y al procurador general?

Bueno, para ser más concreto: Si no le interesa representar a sus ciudadanos, ¿para qué quería Felipe Calderón ser presidente?

ACLARACIÓN NECESARIA: Considero que los dirigentes de las FARC son criminales peligrosos. Pero lo importante en esta nota no es ese grupo, sino las víctimas del ataque.

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¿Guerra en la Gran Colombia?

Posted on 6 marzo, 2008. Filed under: Témoris Grecko | Etiquetas: , , |

Por Témoris Grecko / Ciudad de México

“Señor ministro de Defensa, envíe 10 batallones a la frontera con Colombia de inmediato. Batallones de tanques, la aviación militar que se despliegue”. Una de las cosas que molesta de Hugo Chávez es la frivolidad con la que frecuentemente habla de asuntos serios y aun graves. Así, en un programa de televisión, con una de las cámaras enfocando un ministro que asiente con toda obediencia, y como si estuviera hablando de las fichas de plástico de un juego de mesa y no de soldados de carne y hueso que podrían morir por miles, y llevarse consigo a la población civil.

Si excusamos las formas, hay que decir que su acción tiene sentido. Porque lo que es inexcusable es la decisión premeditada del gobierno de Álvaro Uribe de invadir el territorio del vecino Ecuador para realizar un acto de guerra, y además mentir reiteradamente y con todo el cinismo. Uribe dijo que sus fuerzas habían sido atacadas por los guerrilleros de las FARC y que sólo habían respondido al fuego sin entrar en Ecuador, mientras que en realidad penetraron en él de manera deliberada, prepararon un ataque sorpresa contra el campamento guerrillero y aniquilaron a casi todos los que estaban allí, durmiendo. Siguiendo la táctica de que la mejor defensa es el ataque, Uribe no sólo no aceptó que había violado flagrantemente principios internacionales elementales, sino que se sacó cartas de debajo de la manga para acusar a los gobiernos de Venezuela y del agredido Ecuador de estar confabulados con las FARC, e incluso montó el espectáculo de anunciar una demanda contra Chávez por eso mismo.

¿Qué fueron a hacer las tropas de Uribe a Ecuador? Eliminaron al número dos de la guerrilla. Lo cual sería un objetivo militar natural si no supiera todo el mundo que ese personaje estaba encargado de negociar la liberación de más rehenes en poder de las FARC (una organización cuyos postulados políticos han sido desdibujados por su relación con el narco y su imperdonable práctica del secuestro de inocentes, ha caído de insurgente a criminal). El hecho de que estuviera en contactos con el gobierno ecuatoriano, para el propósito de negociar dicha liberación, fue usado abusivamente por Uribe como supuesta evidencia de la confabulación. Más aún, según las FARC, ese dirigente estaba a punto de reunirse con el presidente francés, Nicolás Sarkozy, para anunciar la liberación de Ingrid Betancourt, la legisladora colombiana enferma por quien se ha creado una campaña internacional. Y además, de acuerdo con una versión atribuida a fuentes de inteligencia por la radio colombiana, el líder fue localizado gracias a una llamada de Chávez motivada por el éxito de la liberación anterior, que no le dio ninguna alegría a Uribe, pero sí a los familiares y el pueblo colombiano.

Hace mucho tiempo que Uribe perdió la iniciativa política. Los colombianos dejaron de verlo a él para mirar a Chávez, en primer lugar, y a Sarkozy como quienes sí pueden obtener avances en el tema de los secuestrados. En dos años, además, hay elecciones presidenciales para las que Uribe no se debería presentar (va en su segundo mandato), pero un buen golpe a la guerrilla podría justificar que sus lambiscones le rueguen que se “sacrifique” por el pueblo. La respuesta venezolana y ecuatoriana ha sorprendido a muchos y, parece, al mismo Uribe. Pero uno se pregunta: ¿vale la pena para Uribe generar una crisis internacional, aunque no imaginara que alcanzaría este nivel, con tal de recuperar la iniciativa? Yo no estoy tan convencido.

Y menos Chávez y Correa, el presidente ecuatoriano. El tamaño de su reacción hace pensar que creen que el objetivo no era destruir un campamento, matar a un importante líder guerrillero ni descarrilar las pláticas para liberar a los rehenes, sino provocar una desestabilización política en Ecuador, y que podría repetirse en Venezuela, con intenciones parecidas. Con el respaldo, of course, de Washington. George Bush es el único líder del continente que no ha mostrado su alarma por la violación a la soberanía ecuatoriana y que de inmediato dio su respaldo incondicional a Uribe. En 2002, cuando un golpe de Estado fracasó en su intento de romper el orden democrático venezolano, la embajada estadounidense estuvo involucrada en la planeación y Bush apoyó a los golpistas mientras el resto de los gobernantes americanos lo condenaban. No hay duda, por mi parte, de que este ataque contó con el conocimiento de la Casa Blanca, la misma que destina miles de millones de dólares anuales en asistencia militar a Colombia y que mantiene ahí personal y aviones de sus fuerzas armadas.

El ejército colombiano, mayor y bien fogueado en décadas de guerra civil, es claramente superior al ecuatoriano. La lógica del movimiento de Chávez y Correa es presentar dos frentes potenciales al colombiano, que además tiene que enfrentar a guerrilleros y narcotraficantes en el interior. Pero se trata de presionar, no de ir a la guerra. A lo largo de diez años de bravuconadas, Chávez ha demostrado que ladra más que muerde. Y Uribe no se lo puede permitir, contra dos enemigos y con el país revuelto. Obviamente a nadie le conviene irse a las manos.

Lo que sigue preocupando es: ¿Qué tipo de objetivos de fondo tenía la operación contra el campamento de las FARC, tan importantes como para arriesgar esta crisis? Me parece improbable que fuera tan solo acabar con las negociaciones sobre los secuestrados. ¿Por qué actuaron de manera tan burda? ¿En verdad han decidido desestabilizar al gobierno de Ecuador (y acaso al de Venezuela también)? ¿Le hace falta a Bush inventarse una crisis en el patio trasero para distraer de sus fracasos en Medio Oriente, ahora que vienen sus últimas elecciones?

Recitaba el personaje argentino Martín Fierro: “Los hermanos sean unidos porque ésa es la ley primera, tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos se pelean los devoran los de ajuera”. Entre las naciones latinoamericanas que se proclaman hermanas, Venezuela, Colombia y Ecuador lo son más porque juntas eran la patria de Bolívar, la nación que él creó, la Gran Colombia. A veces, sin embargo, el odio entre hermanos es el peor de todos. Y alguno de ellos puede venir asociado con los de “ajuera”.

Aunque Chávez y Correa no quieran la guerra, ni Uribe tampoco, entre insultos y manotazos los niños se tropiezan. Muchas guerras comenzaron por imprudencias y errores. Diez batallones de tanques en el cuartel no representan el mismo peligro de equivocarse que diez batallones en la línea fronteriza y frente al enemigo. Nada más estúpido que colombianos, venezolanos y ecuatorianos matándose entre sí. No es, sin duda, lo que hubiera deseado Bolívar. Pero tampoco quiso que la Gran Colombia se dividiera en estos mismos tres países, y ya ven lo que pasó.

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