Imágenes del Salvaje Oeste Chino

Posted on 8 abril, 2009. Filed under: Témoris Grecko | Etiquetas: , |

Por Témoris Grecko / Kashgar, Xinjiang, China.

 

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Los arbustos del desierto del Taklamakan son ajenos a él: con ellos, cables y redes, los ingenieros tratan de impedir que la arena devore la delgada carretera que lo cruza.

 

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Los autobuses cubren hoy en 24 horas lo que las antiguas caravanas recorrían en uno o dos meses.

 

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Esta técnica, en la que se coloca un delgado papel sobre una estela para reproducir su contenido, es el antecedente de la imprenta. Xi’an, Shaanxi.

 

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En los monasterios budistas, la modernidad se cuelga, pero llega. Kumbum, Qinghai.

 

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La Gran Muralla serpentea por los terrenos más inhóspitos, incluidos desiertos y  montañas. Jiayuguan, Gansu.

 

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Dunas de Dunhuang.

 

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Las esculturas de las cuevas de Mogao representan un momento climático del arte budista y de la humanidad.

 

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Ninguno de nosotros había caminado antes sobre un lago helado (aunque Alessandro y Yann vienen de los Alpes) y nunca se nos quitó la sensación de que algo se podría romper. Tian Chi, Xinjiang.

 

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Murmullos que no escuché pero que imaginaba haciendo eco entre las ruinas de Jiaohe (Xinjiang).

 

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Las miradas siempre son inquietantes… (taller de tapetes, Hotan, Xinjiang.)

 

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…aunque sólo nos mire un ojo…

 

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…o estén tras la carne… (bazaar de Hotan)

 

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…o tengas los ojos de muchas personas sobre ti…

 

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Mujer kirguís en el lago Kara, en la cordillera del Karakoram.

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Fantasmas de Asia Central

Posted on 3 abril, 2009. Filed under: Témoris Grecko | Etiquetas: , |

Por Témoris Grecko / Urumqi, Xinjiang, China.

 Si Juan Rulfo hubiera sido uigur, su obra Pedro Páramo hubiese tenido por escenario el desértico Jiaohe: no es que las arideces de Xinjiang sean idénticas a las del sur de Jalisco, pero en algo las recuerdan y aún bajo el sol más brillante y salvaje, entre las ruinas adoloridas de esta ciudad deshabitada por 600 años parecen asomarse sombras de murmullos, lamentos que tienen forma pero no densidad, antiguas tristezas encerradas en habitaciones abiertas cuya salida al desahogo nunca supieron encontrar.

Jiaohe. Mi galería de fotos de Jiaohe y Turfan está aquí: http://www.flickr.com/photos/temoris/sets/72157616228670684/show/

Jiaohe. Mi galería de fotos de Jiaohe y Turfan está aquí: http://www.flickr.com/photos/temoris/sets/72157616228670684/show/

 

Esto ya es Asia Central, la gran porción continental siempre disputada por pueblos nómadas y por los chinos, hoy bajo control de estos últimos. Es una región trágica del mundo, donde la tranquilidad siempre fue pasajera y la prosperidad se pagaba de manera terrible: después de un milenio de existencia continua, Jiaohe fue barrida por los mongoles. Quedaron allí sus casas, templos, monasterios y edificios administrativos –semiderruidos– para que en el siglo XXI pudiéramos pasear entre ellos, por sus secas callejuelas, preguntándonos cómo habrá sido su vida cotidiana, cómo podían sobrevivir con temperaturas que alcanzan 45 grados en verano y menos 45 grados en invierno, sin tierras de cultivo, sin agua…

Pero entonces descubrimos el secreto –casi caemos por él–, nada oculto, más bien ancho y abrupto: los fundadores de Jiaohe la construyeron en un sitio estratégico por sus posibilidades de defensa militar y por su capacidad de sostener una población sedentaria, en una meseta. Pero no es como las que embellecen el norte de México y el sudoeste de Estados Unidos, también aprovechadas por las culturas de aquellas regiones: en realidad, alguna vez todo esto fue una planicie, abierta como por tajos de cimitarra. Dos ríos por los que baja el agua de las montañas horadaron pacientemente por siglos hasta formar dos cañones alrededor de lo que eventualmente se convirtió en la meseta de Jiaohe y cuyas paredes se alzan unos 60 metros, como una fortaleza. Abajo, junto a la corriente, están las plantaciones que le dieron viabilidad al pueblo, entre los siglos IV y XIV.

Uno de los cañones cultivados de Jiaohe

Uno de los cañones cultivados de Jiaohe

 

Jiaohe está a 9 kilómetros de Turfan, una ciudad como tantas en China, atrapada entre una modernización desordenada y violenta, impulsada por la etnia dominante en el país –los han–, y las zonas donde lo bello y tradicional se conjunta con el atraso económico y el conservadurismo islámico, las de la cultura en resistencia de los uigures. A 150 metros bajo el nivel del mar, Turfan es la segunda depresión más profunda del planeta, después del Mar Muerto.

Aquí, sin embargo, los uigures todavía son mayoría. Ocurre lo contrario en la capital de la provincia, Urumqi, donde los han ya superaron a todas las demás etnias (en total, el gobierno reconoce 13 “nacionalidades” en Xinjiang, incluidos también kazajos, tayikos y kirguises). Los uigures habitan las partes más interesantes y empobrecidas, en tanto que los han viven en barrios más modernos, un poquito más limpios e idénticos a los de tantas ciudades del resto del país.

Nevada en Urumqi

Nevada en Urumqi

 

No es un sitio donde uno se quedaría mucho tiempo: sirve para hacer conexiones de transporte, extender la visa china u obtener las de Kirguistán y Kazajastán en los consulados de esos países. A sólo 12 horas de Urumqi (lo cual es poco para las dimensiones de China), está la frontera con los países del Asia Central hoy independiente, que antes era soviética y que no se ha desprendido de muchos de los rasgos burocráticos, ineficientes y autoritarios de ese régimen desaparecido.

Fuera del Sudeste de Asia, que es una región en general amigable y sencilla para los visitantes, el resto del continente es una pesadilla logística: fronteras, aduanas, visas, requisitos, extorsión oficializada, extorsión amateur, en fin. Y esto provocó el primer inconveniente de importancia en mi viaje.

Todos esos países con apellido “stan” (Tayikistán, Uzbekistán, Kirguistán, Kazajastán y Turkmenistán) y otros, establecen como requisito para otorgar la visa que una compañía local le dé al solicitante una “carta de invitación” (LOI, en inglés), que no es más que forzar al viajero a pagar por el control paranoico que el gobierno quiere tener sobre él: hay que decir en qué consulado la va a pedir, cuándo va a entrar uno al país, por qué lugar, qué sitios visitará y cuándo y por dónde saldrá, entre otros muchos datos. Gracias a la internet, se puede obtener online, pero hay que pagar unos 40 dólares por cada LOI (además de los 50 a 140 que puede costar la visa). Y esperar: oficialmente, entre 10 y 14 días. Pero conmigo, los tayikos se tardaron seis semanas.

Originalmente, yo había pensado iniciar mi viaje en abril. Pero el 21 de marzo se celebra el Navruz, el año nuevo persa, que es la festividad más importante de Asia Central, y lo más espectacular ocurre en Tayikistán. A mí se me metió entre los ojos que quería presenciarlo y adelanté un mes la salida, recorrí China como rayo para llegar a Urumqi, de donde sale un vuelo a Dushanbe, capital de Tayikistán, sólo dos veces por semana: miércoles y sábado. Pensé tomar el del sábado 14 de marzo para tener tiempo de ubicarme en Tayikistán antes del evento. Pero los tayikos sólo autorizaron la LOI el viernes 20 de marzo por la noche, cuando ya era imposible comprar el boleto aéreo para el 21.

El camino a Tian Chi.

El camino a Tian Chi.

 

Las consecuencias fueron pésimas porque, con tantos requisitos, yo había pasado semanas planeando al detalle cada movimiento y las LOI para los demás países de mi recorrido estaba cuidadosamente sincronizadas: obtener visa en ciudad X, entrar tal día, pasar por aquí, conseguir otra visa en ese país para el siguiente, salir por acá, tal día, etcétera. Obviamente, la negligencia de un burócrata tayiko, que puede haber tenido mi LOI cinco semanas en un cajón esperando que dejara de perder el tiempo y la firmara, destrozó el mecanismo de relojería que era mi itinerario, y me hizo perder además las LOI de los demás países, que no permiten modificaciones: si no la puedes obtener en el consulado que dijiste, o cambiaron tus fechas o rutas, a pedir otra y pagar de nuevo, colega.

Así pasé casi dos semanas en Urumqi, donde no pensaba estar más de una o dos noches, haciendo esfuerzos para reconstruir el viaje y gastando dinero. Al final, he debido dejar fuera Tayikistán (_______ -ése es el espacio para garabatear lo que pienso de ese país) y Pakistán. Y ya de paso, estoy tratando de crear no sólo un plan B para cuando vuelva a ocurrir algo parecido, sino C, D, E y todo el alfabeto.

Yann, Alessandro y Daniel caminan sobre el lago congelado de Tian Chi. Mi galería de fotos está aquí: http://www.flickr.com/photos/temoris/sets/72157616136903621/show/

Yann, Alessandro y Daniel caminan sobre el lago congelado de Tian Chi. Mi galería de fotos está aquí: http://www.flickr.com/photos/temoris/sets/72157616136903621/show/

 

Esto tuvo un lado positivo, no obstante: a través de Facebook, contacté con Alessandro, un chico italiano que estudia mandarín en Urumqi, y él me presentó a sus amigos, todos muy simpáticos y con proyectos interesantes que los tienen en esta región del mundo. Con ellos fui a Tian Chi, un lago congelado (nunca había caminado sobre hielo) de la fabulosa cordillera del Tian Shan (montañas celestiales). Y en mi hostal (¡por fin, un sitio con gente agradable y amistosa con la que puedo comunicarme!), conocí a José Luis, un madrileño genial que viene a documentar en fotografías la vida de los kazajos nómadas (no quedan muchos).

Lamento no haber podido ir al Navruz, pero no pasé mal el tiempo. Ahora escribo desde Kashgar, en el sur de Xinjiang, una parte del itinerario que estaba planeada para mayo (iba a regresar a China) pero ahora la he tenido que adelantar. En muchos aspectos, esto es como regresar al siglo XVIII. Es una historia que contaré más adelante. Por el momento, les dejo a ustedes mis galerías de fotos, de acalorados pueblos fantasma y gélidos lagos en las montañas.

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Jiayuguan y Dunhuang: Un Caballo Celestial

Posted on 26 marzo, 2009. Filed under: Témoris Grecko | Etiquetas: , |

Por Témoris Grecko / Dunhuang, Gansu, China.

Hace más de dos mil años, en algún momento entre 120 y 113 antes de Cristo, un caballo excepcional, de belleza extraña y maravillosa, emergió de un pequeño lago de un solo salto y se puso a disposición de un hombre. El sitio, por sí solo ya era extraordinario: impresionantes macizos de dunas, que se elevaban 300 y 400 metros, súbitamente se abrían para permitir que esa bella laguna, llamada Wuwa, existiera. ¿Cómo era que no se dejaban mover por el viento para sepultarla y borrar toda huella?

El hombre era Bao Lizhang, un funcionario del gobierno chino que corrió la suerte de los exiliados: una falta o un error habían servido para que lo condenaran a servir en tierras salvajes, en los límites occidentales del imperio. Muchos como él, al cruzar la última puerta del fuerte del paso Jiayuguan, tras la cual se encontraba lo incierto y lo inhóspito, arrojaban entre lamentos una piedrecilla contra la pared: si no rebotaba de regreso, su viaje estaba destinado a terminar en tragedia.

Gran Muralla en Jiayuguan. Galería de fotos de Jiayuguan aquí: http://www.flickr.com/photos/temoris/sets/72157615022967457/show/

Gran Muralla en Jiayuguan. Galería de fotos de Jiayuguan aquí: http://www.flickr.com/photos/temoris/sets/72157615022967457/show/

 Cuando vemos el mapa de China, nos parece un territorio macizo, bien concentrado, estático por siglos. Pero en realidad, la China milenaria está en el este del país, entre Xi’an, Beijing y Hangzhou. Lo demás son conquistas: Sichuan, el sur, Manchuria. Y hacia el oeste, el Tíbet y la provincia de Xinjiang. En particular este último: al observar sus transformaciones a lo largo de la historia, ese mapa de China se ha extendido sobre los “territorios del oeste”, como eran conocidos, y los ha abandonado muchas veces, como saldo de las guerras y a la manera de un hombre que infla y desinfla una bota de vino.

El punto de comunicación entre Xinjiang y China, como la boquilla de la bota, es un largo corredor llamado Hexi, la salida más viable hacia occidente porque al sur se alza la gélida meseta del Tíbet y al norte, se extiende el infame desierto de Gobi. Una serie de oasis permitían subsistir a quienes avanzaban por el corredor. Y el punto clave, donde era más estrecho, era el paso Jiayuguan, que en los mitos chinos tiene una connotación parecida a la de Siberia en tiempos de Stalin: al régimen le urgía colonizar esas zonas para afirmar su control y para ello enviaba a sus súbditos al exilio: criminales, en principio, pero también funcionarios de bajo rango como Bao Lizhang, fugitivos, mercaderes. Su misión era convertirse en campesinos que produjeran alimentos para mantener a las guarniciones militares. Como el corredor de Hexi (hoy convertido en provincia de Gansu) semeja también una larga garganta, la expulsión era llamada kow wai o “sin la boca”, que representa la noción de que China los estaba escupiendo.

El fuerte está ahí, como nuevo. Su poderosa solidez me impresionó cuando lo vi desde la orilla opuesta de un lago congelado. Sus murallas son gruesas y uno no acaba de llegar nunca a los edificios principales, pasa una puerta y otra y otra, porque los arquitectos crearon espacios ciegos donde encerrar al enemigo cuando éste pensara que había vencido un nuevo muro. Tres altas torres permiten controlar el escenario. En la última puerta solía haber inscripciones de exiliados que lamentaban su suerte. Y a cada lado, norte y sur, salen los últimos extremos de la Gran Muralla china, destinados a bloquear el paso, forzar a los viajeros a someterse a la inspección en el fuerte y asegurarse de que nadie pretenda invadir el territorio.

Unos kilómetros más al norte, otra sección de la Gran Muralla está restaurada. La inmensa mayoría de las personas que la han visitado, lo hicieron en su parte más cercana a Beijing, junto con grupos inmensos de turistas que recorren sus anchos pasillos superiores, en donde pelotones enteros podían concentrarse para contener los ataques. Aquí, en donde termina esa obra construida y reconstruida durante siglos, es mucho más estrecha, su anchura admite a no más de dos personas juntas, y sube precipitadamente hacia las montañas. Subí y llegué exhausto a la primera cima, imaginando a los soldados que corrían arriba y abajo en el afán de contener a los invasores, que se protegían de las flechas y tropezaban unos con otros para desplomarse en caídas mortales.

El oasis de Jiayuguan termina ahí, con claridad: las tierras cultivadas a un lado, la aridez de Gobi por el otro, incapaz de admitir un arbusto, una raíz. Los restauradores colocaron aquí la réplica de una caravana de la Ruta de la Seda en tamaño real: camellos, mercaderes, servidumbre. Los hombres que deben haber sentido temor al abandonar la seguridad de China y cruzar el paso rumbo a territorios salvajes: para ellos, la Gran Muralla y el fuerte debe haberles despertado la angustia, también. Pero en el sentido inverso, tras haber superado el desierto y escapado de los nómadas, ver levantarse de entre la arena el perfil de los muros y de las torres debe haberles causado una enorme sensación de alivio y alegría, lo peor estaba por terminar.

A ocho horas en autobús desde Jiayuguan, o a semanas de viaje para las antiguas caravanas, hay otro oasis, el de Dunhuang. Este sitio es la base para visitar uno de los atractivos más importantes de China, que por la distancia no es suficientemente conocido: Mogao Ku, o cuevas de Mogao, uno de los puntos climáticos en la historia artística de la humanidad. Son llamadas también “cuevas de los mil budas”: a lo largo de mil años, entre los siglos IV y XIV, humildes monjes esculpieron, labraron o pintaron imágenes religiosas. La aridez, el frío, la resistencia budista y la suerte preservaron medio millar de cuevas del tiempo y las persecuciones imperiales (además de los rusos blancos: tras su derrota a manos de los soviéticos en la guerra civil rusa, a principios de los años 1920, muchos de ellos escaparon a china y las cuevas fueron usadas como cárcel para ellos, que destrozaron muchas obras de arte). El trabajo sostenido a lo largo de tanto tiempo dejó estatuas y pinturas con diversas influencias artísticas: greco-budistas (lo griego llegó hasta acá a raíz de que Alejandro Magno y sus tropas invadieron territorios de Asia Central, del otro lado de los grandes desiertos), chinas y mongol-lamaístas, que se mezclaron gradualmente.

Con el objeto de evitar sus deterioro, no hay iluminación artificial (ni se pueden tomar fotos) y las visitas son forzosamente guiadas. Así, a media luz, uno puede darle una ojeada a la vida en estos territorios de frontera, de reyes y ricos donantes (que financiaban a los monjes para aparecer en las escenas), grupos étnicos de todos los países centroasiáticos, mercaderes, peregrinos, bandidos, caravanas, los dos parísos del budismo mahayana, occidental y oriental, y feitian o apsaras, que son seres divinos que vuelan a lo largo del cielo budista.

Ya era marzo y las temperaturas seguían bajo cero, el arroyo cercano estaba congelado. ¿Cómo podían sobrevivir estos humildes monjes de hace mil años en túnica, que vivían en gélidas cuevas y estaban dedicados exclusivamente a multiplicar por millares las imágenes de Buda? La guía dijo que en febrero es normal estar 20 grados bajo cero.

Del otro lado de Dunhuang, fui a buscar el lago de la Luna Creciente. Me quedé maravillado desde mucho antes de llegar: al final de la carretera, se levantaban dunas gigantescas, como no había visto antes. Brillaban en el sol del atardecer, en parte doradas y en parte blancas y cegadoras, porque en la mañana había nevado y persistía la capa helada. Me subí a un camello para recorrerlas, llegué hasta la cima de una de ellas, pero era sólo la primera: otras mucho más altas se extendían hacia el horizonte.

 Dunas de Dunhuang. Galería de fotos aquí: http://www.flickr.com/photos/temoris/sets/72157615062431247/show/

Dunas de Dunhuang. Galería de fotos aquí: http://www.flickr.com/photos/temoris/sets/72157615062431247/show/

Después caminé hacia el lago, al lado del cual se levantan algunos edificios tradicionales. Parece una media luna, en efecto. Y alrededor, las enormes dunas. La existencia de este lago, llamado Wuwa miles de años atrás, parece efectivamente sobrenatural: ¿por qué se abren aquí las poderosas dunas, empinadas y difíciles de escalar, qué ha impedido por tanto tiempo que avance sólo un poco y lo hagan desaparecer? Invaden campos de cultivo, acaban con pueblos, cambian de forma y posición durante la noche y sorprenden a las personas en la mañana… pero el lago sigue ahí.

La tarea del exiliado Bao Lizhang era cuidar Wuwa para que los caballos salvajes pudieran beber. Un día observó a ese caballo portentoso. Para poder acercarse a él, creó una figura humana de barro que vistió con sus ropas y le colocó un lazo en las manos. Al principio, el animal receló, pero tras varias semanas se acostumbró. Cuando Bao lo estimó prudente, se colocó en lugar de la estatua, con esas ropas y el lazo, y sorprendió al caballo. Después lo domó y se lo ofreció al emperador.

Bao esperaba conseguir con esto que le quitaran el castigo y poder atravesar el fuerte del paso Jiayuguan de regreso a su hogar en China. Para asegurarse de que esto ocurrieran, planeó asociar al caballo con un evento divino y auspicioso e inventó la historia del salto fuera del lago. El emperador, que tenía una debilidad por las manifestaciones de lo sobrenatural y había bañado en regalos a un mago que no había hecho nada más que engañarlo, interpretó el cuento como un regalo de dios, un favor personal de la divinidad, y escribió una oda llamada “Canción del Caballo Celestial”. Bao Lizhang pudo volver a casa.

Wuwa, hoy lago de la Luna Creciente.

Wuwa, hoy lago de la Luna Creciente.

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Buda, Echame una Lengua!

Posted on 19 marzo, 2009. Filed under: Témoris Grecko | Etiquetas: , |

Por Témoris Grecko / Jiayuguan, Gansu, China

 

El occidente de China está mucho menos modernizado que las zonas costeras del oriente. Cuando llegué a Xining, capital de Qinghai, en el norte de la meseta tibetana, además del intenso frío, me estremeció comprobar que estaba profundamente solo, rodeado de gente: no encontré una sola persona que hablara inglés y mis habilidades con el mandarín y el tibetano estaban como la temperatura, bajo cero.

 

Esta ciudad fue mi base para ir al monasterio de Kumbum, donde pasó su infancia Tenzin Gyatso, el dalai lama (quien nació cerca de aquí). Fundado en 1560, este gran complejo de templos, edificios residenciales y administrativos es el principal centro de peregrinación fuera de Lhasa, la capital del Tíbet. Sólo habíamos otro extranjero y yo. Además de visitantes chinos urbanos, que lucían gafas de sol Armani, bolsos Louis Vuitton y abrigos de piel; de campesinos tibetanos con trajes tradicionales de ásperas lanas negras y telas ligeras de tonos vivos (en sus rostros estaban bien marcados los rasgos de la exposición al frío viento de la alta montaña, mientras que los de los citadinos parecían cuidados con cremas faciales; éstos rezaban con compostura y de pie, aquellos repetían infinitamente un procedimiento de alzar las manos con las palmas unidas, inclinar la espalda, tirarse al piso y golpearlo con las manos); y monjes, muchos jóvenes y algunos mayores, protegidos de la helada por ligeras túnicas de colores rojo oscuro y amarillo.

 

El templo principal del monasterio es más grande, su techo es completamente dorado, destaca desde que uno entra al complejo y es el más popular. Frente a él había docenas de personas. Un joven tibetano de rasgos marcados y cabello largo y negro, vestido a la usanza occidental, realizaba las exhaustivas postraciones que demanda la religión. Familias completas hacían lo mismo, incluidas preciosas niñitas de tres o cuatro años. Otros sostenían collares de cuentas, como rosarios, mientras daban interminablemente vueltas al edificio. Hacer girar cilindros de buenos auspicios divertía a grupos de escolares dirigidos por dos o tres adultos. Pero ellos se cuidaban de interrumpir a quienes estaban en oración, al contrario de los budistas Hugo Boss, que llegaban y se iban en manadas saltando entre los devotos postrados.

 

Los riachuelos y las fuentes de agua no se descongelaban, pero algunas personas se echaban en la sombra, sobre el suelo helado. Cuando vi un espacio en una pequeña banca al sol, no lo desaproveché. Me recibió el rostro amable de una mujer mayor que estaba sentada a un lado y me dijo algo. Respondí con el gesto que en China practico más o menos cien veces al día, levantar los hombros y sonreír con cara de inútil. Ella me siguió hablando hasta que un joven monje, que había estado circunnavegando el templo, también quiso buscar el calor de la luz y se acomodó en medio de nosotros. Los dos intercambiaron frases por unos minutos. Me di cuenta de que ambos tenían la misma actitud que yo, hombros levantados y sonrisa inútil… ¡no se comprendían! ¿Podría ser que la señora hablase tibetano y el chico, mandarín? ¿O uigur? ¿O manejaban dos dialectos del tibetano mutuamente ininteligibles? De algún lugar de su túnica, el monje sacó un tosco lápiz, un pedazo de papel y una campanita, y empezó a escribir algo. Se lo mostró a la mujer, hizo sonar la campanita y ella soltó una breve carcajada. Hizo otra anotación, volvió a hacer tin tin y la dama rio más fuerte. Entonces se volteó hacia mí, me enseñó sus trazos con mirada bondadosa, y agitó la campanita. Pero yo sólo pude ver caracteres chinos que se negaron a revelarme el secreto de la risa. Levanté los hombros y sonreí como inútil.

 

Al llegar a esta zona, ingresé en el reino de la incomunicación. Hay personas que son muy simpáticas y tratan de ayudarme a pesar de la barrera idiomática. Otras muestran molestia por tener que tratar con un bárbaro que no habla la lengua común. En varias ocasiones, al descubrir que no entiendo lo que dice, mi interlocutor recurre a anotar el asunto, como el nombre de un lugar o las instrucciones para llegar a un sitio. Una chica me escribió una larga pregunta. Todo en caracteres chinos. Mi primera reacción fue: ¿qué no se dan cuenta de que no entiendo mandarín? La segunda: ¿no saben que el resto del mundo no usa estos ideogramas?

Pero la escena del monje y la señora me dio la clave de algo más. Las películas chinas en la tele están subtituladas con caracteres chinos. ¿Para qué? ¿Para los sordos? En realidad, en un país de 1,300 millones de habitantes, la unidad lingüística es frágil. La televisión utiliza el dialecto mandarín que se usa en Beijing y es incomprensible en otras regiones del país, donde hay variantes muy distintas. Y existen más idiomas, como el cantonés y los de las minorías étnicas: tibetano, uigur, miao y más. Para todos los chinos, sin embargo, los ideogramas tienen un mismo significado. No son fonéticos, es decir, no representan sonidos, sino ideas (como “casa” o “sol naciente”) que se pueden pronunciar de cualquier forma (por eso suena raro llamarlo “alfabeto” o “abecedario”, que es algo propio de lenguas occidentales que tienen alfa, beta, C y D). El tibetano y el uigur tienen grafías propias, pero todos los niños aprenden a usar los ideogramas. Por eso, cuando alguien se topa con una persona que no comprende lo que se le dice, lo natural es escribírselo en chino (aunque siguen sin darse cuenta de que los demás no los usamos).

 

Por fortuna para mí y el resto de los viajeros, China ha adoptado los números arábigos. Durante la época de Mao, el gobierno trató infructuosamente de abandonar los caracteres antiguos y reemplazarlos por un alfabeto basado en el latino, el pinyin, que sólo prevaleció como forma oficial de romanización del mandarín (por eso, Beijing no es más Pekín y Guanzhou ya no es Cantón). Lo único que la gente conservó fueron los números arábigos: no sólo es más práctico hacer cuentas con esos trazos simples que con los complejos gráficos tradicionales, sino que, a fin de cuentas, esos números se adaptaban muy bien a la mentalidad china por, a fin de cuentas, también son ideogramas: en Occidente, uno ve un 4 y puede pronunciarlo como se le antoje, quattro, vier o four, pero al final todos entendemos bien qué es. Y así los visitantes podemos al menos captar cuál es el precio de las cosas o a qué hora tenemos que correr para que no nos deje el tren.

 

Yo estaba sentado ahí, con el monje, su papel y su campanita. Él seguía haciendo tilín tilín en busca de mi risa. Se la di lo mejor que pude, me sentí falso, pero él pareció darse por satisfecho. Me dio gusto descubrir la respuesta al enigma. Pero comprendí que, ante los ojos de la gente menos educada, no sólo soy un bárbaro que habla cosas sin sentido, sino un iliterato incapaz de leer la escritura común. Y me dieron ganas de sumarme a los devotos que realizaban postraciones, o de darle unas mil vueltas al templo: por esta vez, mis razonamientos no me prodigaban ningún consuelo. Mejor pedírselo al Buda.

 



 

Kumbum

FOTO: Tibetanos llevan a un pariente al templo de un bodisatva (equivalente budista de un santo).

 

***

 

Breve paréntesis político:

 

El día que me salí de Xining rumbo a la ciudad de Lanzhou, en la provincia de Gansu, y retomar la vertiente principal de la Ruta de la Seda (Xining fue un bracito de la misma, en el camino a Golmud, desde donde se seguía hacia Khotan, la vía meridional de la Ruta, por la parte sur del Taklamakan),  en la estación había tres filtros de policías que tuve que cruzar, algo que no había visto antes. Todos me pidieron mostrarles el boleto. En el último me detuvieron a pesar de que mi documento indicaba claramente que iba al norte, a Lanzhou: querían asegurarse de que no iba a tomar el tren al sur, rumbo a Golmud y luego Lhasa, capital del Tíbet.

 

Cada mes de marzo es trágico en esa región “autónoma”. El 10 de marzo de 1959, nueve años después de que China invadió el Tíbet, se produjo un alzamiento popular que terminó con una sangrienta represión. Cada vez que los tibetanos salen a las calles para protestar por aquella matanza, los atacan las autoridades, hay encarcelados, a veces muertos y así, nuevos motivos para protestar en marzo.

 

Ahora era 8 de marzo y el gobierno no quería extranjeros en Tíbet. Una amiga me escribió en Facebook que tuviera cuidado, pues estaban deteniendo periodistas allá. Los policías de la estación pusieron a un guardia que me siguió a distancia hasta que subí al tren a Lanzhou. Me despedí de él con un gesto.

 

Siento que la situación en Tíbet no tiene esperanza. Su población es de 5 millones de habitantes y enfrenta un monstruo de 1,300 millones de habitantes, que además ha convencido a todos los ciudadanos de que el Tíbet es legítimamente chino y que además ser parte de China es lo mejor que les puede pasar a los tibetanos, ya que se acabó con el sistema de servidumbre feudal. En esto tienen razón: hasta la imposición del comunismo, en Tíbet persistían formas de trabajo similares a la esclavitud. Pero lo que hace China en Tíbet no es una liberación, sino una remodelación demográfica y cultural. La línea de tren por la que los policías no querían que yo viajara, que conecta Golmud con Lhasa, fue terminada apenas en 2006, cuando yo estaba en Yangshuo, en la provincia de Guanxi. Todos los días nos bombardeaban con mensajes televisivos, presumiendo lo que fue un éxito de ingeniería casi milagroso: la primera línea que atraviesa zonas de permafrost. Y celebraban que así, finalmente, el país quedaba plena y fácilmente comunicado por tren. Organizaciones vinculadas al Tíbet hicieron notar, sin embargo, que la consecuencia demográfica de esto iba a ser una mayor migración de chinos de la etnia han, la dominante en el país (92% de la población), que eventualmente convertirán en minoría a los tibetanos. La “hanización” del Tíbet, su homogeneización cultural con el resto de China, es un pilar de la estrategia gubernamental para asegurarse de que la región no se escape más de su control político.

 

El año pasado, por estas fechas y con vistas a los Juegos Olímpicos, miles de tibetanos lanzaron motines contra habitantes de etnia han, contra sus comercios y negocios, y asesinaron a algunos. Después vino la represión. El dalai lama insiste todavía en que la violencia es la vía equivocada y sigue proponiendo su “tercer camino”, ni la independencia (que sabe bien que nunca será concedida) ni la situación actual de indefensión de los tibetanos, sino una autonomía real (y no formal) dentro de China. Para hacer relaciones públicas y quedar bien en el extranjero, Beijing hace como que se sienta a negociar con el dalai lama. Todos saben que no va a conceder nada, jamás, pues no hay ninguna presión considerable que le haga sentir que hay que hacerlo. El año pasado, varios países europeos hicieron gestos diplomáticos que indican que no quieren más problemas con China por el Tíbet y que aceptan en status quo. Los jóvenes tibetanos, por su lado, manifiestan su cansancio y convicción de que las tácticas pacifistas del dalai lama no van a llevar a ningún lado y se inclinan por acciones violentas, lo que, a todas luces, sólo va a provocar más sufrimiento para su pueblo. El propio dalai lama muestra signos de desesperación: en su discurso de este 10 de marzo, aunque repitió sus ofertas de amistad hacia Beijing, habló con amargura: dijo que los tibetanos “viven con miedo constante, y las autoridades chinas los tratan como sospechosos todo el tiempo. El pueblo tibetano es visto como criminales que merecen la pena de muerte”.

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Regreso A La Gran Chang’an

Posted on 13 marzo, 2009. Filed under: Témoris Grecko | Etiquetas: , , |

Por Témoris Grecko / Chang’an

En el octavo día del primer mes del año 645, la calle del Pájaro Rojo de Chang’an estaba repleta de gente. “Todos los monasterios competían entre sí para preparar sus mejores estandartes, tapetes, sombrillas, mesas preciosas y palanquines”, dejó escrito Hui Li, el cronista del suceso. Cantaban oraciones, quemaban incienso, soplaban conchas y sonaban címbalos. La gran procesión transcurrió lentamente, con 657 grandes libros, reliquias del Buda y siete imágenes de oro, plata y sándalo. “¡Es el evento más espléndido desde la muerte del Buda!”, dijo Hui Li. Y todo en honor de un humilde monje que 18 años antes había salido clandestinamente de esa misma ciudad, capital imperial de China, en violación del edicto del emperador, para emprender en solitario el peligrosísimo viaje a India.

Leí sobre la proeza de Xuanzang cuando estaba en ese último país. El personaje me fascinó: sabio y valiente, intrépido y sosegado. Y a través de él me sedujo Chang’an, hoy llamada Xi’an, toda una Nueva York del siglo VII: aunque se había marchado de un país destrozado por la guerra civil (habían perecido dos terceras partes de la población) y en desobediencia al emperador Taizong, que acababa de tomar el trono con sangre, Xuanzang fue recibido con gloria porque el monarca quería su ayuda para conquistar las regiones del oeste. Ya no había huellas del desastre: la primera impresión del monje debe haber sido la del carácter cosmopolita de esa urbe inmensa, cuya población era de un millón de habitantes, incluida una cuarta parte de ellos que había nacido en otros reinos, algo totalmente fuera de lo común en la historia china. “Desde tiempos antiguos, siempre nos hemos amado demasiado a nosotros mismos y despreciado a los extranjeros”, declaró Taizong ante sus oficiales. “Pero yo amo a unos y a otros por igual”. Un proverbio chino dice que el océano es vasto porque ha bebido todos los ríos. El emperador tenía confianza en que la influencia exterior sólo le daría más esplendor a la cultura china.

Chang’an era el inicio de la ruta de la seda, la conexión entre Oriente y Occidente, y todo el mundo quería estar allí. “Desde cada país de Asia, tan lejos como Siria, llegaba gente”, me dijo Vera Zhang, una guía de turistas con seriedad de historiadora. 

“Todos en busca de algo: los embajadores, de alianzas; los mercaderes, de fortuna; los misioneros, de conversos; los aventureros, de fama. Muchos se marchaban con historias de la sofisticación y la opulencia de Chang’an. Pero otros eran bienvenidos al servicio del emperador, que premiaba la aptitud y la lealtad. Cuando la corte sesionaba, todos los funcionarios vestían sus trajes nacionales”.

1400 años después, la calle del Pájaro Rojo, que era un boulevard de 150 metros de ancho, se ha encogido a la mitad, flanqueada por edificios de oficinas. En esa zona, la única huella de su antigua gloria es la Puerta del Pájaro Rojo, un arco que domina anacrónicamente el flujo de coches, autobuses y bicicletas en la hora pico. Aunque tiene un ambiente atractivo: las casas tradicionales han sido convertidas en tiendas de antigüedades, restaurantes y casas de té, como si fuera un set de cine. Esta impresión se hace más fuerte porque los encargados, que son en su mayoría ancianos vestidos con chaquetas típicas o camisas tipo Mao, se sientan en taburetes y a través de sus anteojos de arillo negro se pierden en periódicos que parece que les toma todo el día leer.

El cosmopolitismo de Chang’an también se expresó en sus riquezas espirituales. Hay templos que erigieron los cristianos nestorianos y los creyentes en Zoroastro, el fascinante mercado antiguo está presidido por una gran mezquita –muchos de los vendedores son musulmanes– y no falta un par de sinagogas, me hablaron de una monja francesa en un recinto taoísta y, por supuesto, tenía que visitar la soberbia Gran Pagoda del Ganso Salvaje, erigida por orden de Taizong para albergar los tesoros que había traído Xuanzang: los grandes libros contenían sutras, las enseñanzas del Buda, que en China eran conocidas mal y de segunda mano hasta que el monje arriesgó su vida para traerlas. Curiosamente, la pagoda está en la zona de la ciudad moderna, más allá de las sólidas murallas (de una anchura que va de 15 a 18 metros y una altura de 12: ¡era imposible abrirlas en brecha!) que encerraban la urbe original. Desde la cima de la pagoda, a 64 metros de altura, se podía ver toda Xi’an, pero ya no: en los alrededores crecen grandes bloques de apartamentos como matas fuera de control. La Pagoda preside sobre un gran complejo de templos y escuelas, y en la explanada que da acceso a él, hay una estatua del bravo monje.

La vez pasada que estuve en Xi’an era septiembre. Tengo mala suerte porque ahora en marzo, como entonces, predominaban los cielos grises y el clima frío. Además, esta vez, un anciano me echó de la Gran Mezquita (construido en los tiempos de Xuanzang, en 742, es un recinto magnífico, dividido en cinco patios con pabellones y salones, que mezcla los estilos chino e islámico) porque consideró que era irrespetuoso que yo hiciera fotos durante el servicio religioso del viernes. Yo tenía especial interés en volver a visitar el barrio mahometano de Xi’an porque sus habitantes, los hui, están especialmente ligados con la Ruta de la Seda: son comerciantes y descienden de quienes vinieron hace muchos siglos en las caravanas cargadas de productos, desde las regiones musulmanas de Asia. Xi’an es, de hecho, la puerta a la China musulmana, ésa que muchos no se imaginan que existe. A partir de aquí, y hasta el Mediterráneo, estaré en tierras donde se adora a Alá. Sólo haré una pausa en el monasterio budista de Taer Si, en Xining, en la meseta tibetana.

Con una amiga alemana, Elli, fuimos al museo del “Bosque de las Estelas”: miles de lozas grabadas con textos de todo tipo, desde históricos y filosóficas hasta documentos legales e inventarios, incluidos algunos escritos de Confucio y de Xuanzang. Me impresionó que se tratara de un museo de casi 1000 años de antigüedad, fue fundado en 1087. También visitamos el Museo de Historia de Shaanxi, la provincia de Xi’an. Esperaba que fuera más grande porque esta zona es el corazón de la China antigua, Chang’an fue su capital por centurias. De todos modos, tiene piezas magníficas, muchas desenterradas en el sitio de los guerreros de terracota. Visité el recinto que los alberga hace dos años y medio: 10,000 figuras de soldados (se cree que hay más sin descubrir) y caballos de arcilla en tamaño natural, que originalmente sostenían arcos, espadas y armaduras verdaderas. El hallazgo casual de estos ejércitos de lodo, por campesinos en 1976, es calificado por algunos como el mayor hito arqueológico del siglo XX. Tienen la inusual característica de que nos permiten ver cómo eran los hombres de clase baja de la época, cómo se vestían los guerreros de a pie, qué armas usaban, cuáles eran sus rasgos físicos. Normalmente, la información que nos llega de la antigüedad proviene de las tumbas y palacios de los monarcas, nobles y grandes sacerdotes; de los pobres, sólo quedan entierros sencillos y sus cuerpos y humildes ropajes están destinados a convertirse en tierra fértil.

Sin embargo, no dejó de hacerme sentir incómodo su historia: cientos de miles de personas se vieron afectadas de una u otra forma (muertes, hambre, enfermedades) por la cobardía de un déspota enfermo, el emperador Qin Shi Hung, un gran asesino que en tiempos de Xuanzang ya era una centenaria referencia de despotismo. Él mandó a hacer los guerreros hace 2000 años porque tenía miedo de lo que le pudiera ocurrir en su paso a la otra vida y creía que las figuras de terracota lo podían proteger. Como es natural, la gente guardó grandes rencores y en la primera rebelión, apenas muerto Qin, atacaron varias de las enormes tumbas. Los que nos presentan ahora son los sobrevivientes del motín, ocres e impávidos.

Chang'an

Pagoda del Gran Ganso Salvaje

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NOTAS PERSONALES (POR SI A ALGUIEN LE INTERESAN)

Me senté en la sala de espera, frente a la puerta por donde pasaría al avión. Y me di cuenta, de golpe: todavía me encontraba en México, en ese espacio tan familiar de demostradoras que ofrecen tequila frente a las tiendas de duty free y voces femeninas que anuncian vuelos a Chihuahua. Pero yo ya me sentía fuera. Me dio la impresión de que, súbitamente, había vuelto a ser el de casi dos años atrás, cuando regresé de mi primera vuelta al mundo. Sólo cinco minutos antes me había despedido de mis padres, de mi hermano, de mi amiga Brisa. Pero ya estaba otra vez muy solo, dependiente de mí mismo en este salto voluntario y de cabeza hacia el océano de otros pueblos, idiomas y alfabetos desconocidos, costumbres insospechadas y oficiales de migración. Solo, con mi hogar dentro de una mochila. Y demasiado peso en libros y equipo.

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El viaje fue muy bueno, aunque duró casi 24 horas en tres vuelos y dos escalas (Los Ángeles y Beijing), y además en Xi’an tuve un aterrizaje “suave”, ideal para aclimatarme a la nueva dinámica. De L.A. a Beijing, tuve una compañera muy agradable, una china que estudia en Texas, Yezi Jin, que se preocupó porque no traigo ropa adecuada para el frío invernal de su país. Compró un chocolate a bordo para que lo pueda comer si un día tengo hambre y frío. Imbuido de misticismo chino, lo consideré como un evento auspicioso. Después, en Xi’an llegué al hostal Siete Sabios (Qixian), donde me alojé cuando vine en septiembre de 2006. La gente se acordó de mí, de México, y me mostró una pared donde hay muchas fotos, varias de ellas con mi carota. Para coronar, coincidió que Elli, una encantadora chica alemana que conocí aquí en aquellos días, está de visita e hicimos varios paseos juntos. O sea que gran inicio.

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Tíbet: La Reencarnación a Referéndum

Posted on 18 febrero, 2008. Filed under: Témoris Grecko | Etiquetas: , |

Por Témoris Grecko / Ciudad de México 

En los días en que los monjes budistas de Birmania (Myanmar) llamaban la atención del mundo en su fracasado reto a la dictadura militar de su país, en el Tíbet los lamas enfrentaban a la policía china sin cobertura mediática. La censura de Beijing sólo nos ha permitido enterarnos de esto por rumores. A fines de los 80, las protestas contra la dominación de su país que miles de monjes y monjas encabezaron fueron reprimidas brutalmente. En esta ocasión, el origen del problema fueron tareas tipo “hágalo usted mismo” que los religiosos realizaban en sus templos: estaban pintando en las paredes símbolos auspiciosos por la entrega a su máxima autoridad espiritual, el dalai lama, del mayor reconocimiento civil de Estados Unidos, la Medalla Dorada del Congreso. Las autoridades chinas decidieron impedirlo. No es posible conocer el saldo de víctimas, ya que a pesar de que se están flexibilizando los controles a la prensa con miras a las Olimpiadas de 2008, el acceso a la información sobre el Tíbet continúa tan estrangulado como siempre.

Excepto por algunos datos. Que pueden ser sorprendentes. Tanto como un Partido Comunista al que le da un inesperado acceso de espiritualidad y misticismo. O como un dalai lama que propone cambiar las urnas de oración por las de votación.

En todos los países de tradición budista, los monjes son numerosos y omnipresentes. En China, en cambio, la revolución cultural de Mao Ze Dong logró reducirlos y marginarlos (excepto en el Tíbet). En Tailandia o Laos no pasa un día sin encontrar a decenas de ellos, pero en tres meses en el gran Reino del Medio, sólo vi a tres. “La religión es el opio del pueblo”, dijo Marx, y el Partido se lo toma muy en serio. Por eso resulta extraño que haya decidido hacer aprobar una ley dedicada a regular el descubrimiento y manejo de las reencarnaciones de los “budas vivientes”.

No hay ironía en el decreto: con toda seriedad, se establece que “la reencarnación de un Buda Viviente sin la aprobación del gobierno es ilegal”.

Pero no estamos asistiendo a la fundación del comunismo esotérico. Desde hace 30 años, el Partido es más pragmático que ideológico y su apuesta es por adueñarse de la identidad del Tíbet.

Las grandes figuras del budismo tibetano son consideradas “budas vivientes”, reencarnaciones de los grandes lamas del pasado. Tenzin Gyatso, el dalai lama de nuestros días, es la vida número 14 de un monje que nació en 1391. Tras la invasión china de 1949 y su escape a India en 1959, Gyatso ha sido la encarnación efectiva del alma de un Tíbet autónomo, con cultura y tradiciones propias. Los esfuerzos de Beijing por convertir a la región en otra entidad de los han (que son la etnia dominante en China) se topan con la resistencia pasiva de los tibetanos, motivados por la guía del dalai lama.

La nueva ley está destinada a dar sustento a una operación de control político que tuvo un ensayo general en 1995. En mayo de aquel año, el dalai lama anunció que la búsqueda de la undécima reencarnación de la segunda autoridad budista tibetana, el panchan lama, había tenido éxito y presentó a un niño de seis años. Fue la suerte y la desgracia del infante, porque nunca se volvió a saber de él después de que el gobierno chino anunció que lo rechazaba y que el proceso de identificación continuaría bajo la dirección de un miembro del politburó del Partido. El drama culminó con un grupo de jerarcas comunistas presidiendo una ceremonia en el gran templo Jokhang, de Lhasa, en la que los nombres de tres muchachos, grabados en piezas de marfil, fueron introducidos en una urna de oro de la que, entre inciensos y cánticos, fue extraído el que supuestamente correspondía al panchan lama reencarnado. A Mao lo hubiera fascinado verlos ahí, con hoz, martillo y velitas.

El presidente chino, Hu Jintao, creó su reputación actuando como temible secretario del Partido en el Tíbet. Sabe bien que no logrará conseguir la hanización de ese pueblo sin un dalai lama manejable. Por su parte, Tanzin Gyatso, que ya tiene 72 años, está tan consciente de la intención de Beijing de arrebatarles a los lamas la búsqueda  de su reencarnación (y, presumiblemente, también del riesgo de que el budismo tibetano sea liderado por décadas por un niño que debería nacer después de que él muera), que ha revirado con una propuesta tan poco apegada a las tradiciones religiosas como el buscar budas reencarnados lo está de los principios comunistas. La lucha por el dominio del Tíbet ha aplastado toda ortodoxia.

Para empezar, hace años anunció que tal vez no reencarnaría en el Tíbet, como dice el rito, sino fuera de China: el nuevo dalai lama nacería lejos del control del gobierno. La jugada del Partido amenaza, no obstante, con adelantar la mano. Así que Gyatso sacó un as inesperado, el de que su reencarnación podría ser designada por él mismo o por lamas de gran autoridad sin que haya necesidad de esperar a que muera. Todavía más: su último planteamiento es que no sean ni él ni el Partido, sino los tibetanos los que elijan/identifiquen al dalai lama reencarnado mediante votación en un referéndum.

Así no sólo estaríamos viendo la inauguración del materialismo karmático, sino también la de la teología democrática y la teoría de la doble vida simultánea. “Todo lo sólido se desvanece en el aire”, es otra frase posmoderna de Marx. Pero la pronta selección de un sucesor podría darle al nuevo dalai lama la oportunidad de ganar legitimidad frente a los tibetanos antes de que el actual fallezca y se produzca un vacío que le dé a Beijing la oportunidad de robarles no sólo el país –el cuerpo–, sino también su representación –el alma–. La inauguración el año pasado del primer ferrocarril que une Lhasa con el resto de China, más allá de un hito tecnológico, es un poderoso impulso a la recolonización del Tíbet por los han, a la conversión de los tibetanos en minoría dentro de su propio territorio. A falta de perspectivas realistas de detener esa invasión demográfica y liberar el Tíbet, asegurar la permanencia de la figura de un dalai lama autónomo es la última esperanza de sobrevivencia para una gran cultura milenaria. Aunque parezca raro que los fieles voten para ver en qué niño reencarnó un señor que no se ha muerto.

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Cambio climático 2008: ¿el año que prevendremos el peligro?

Posted on 3 diciembre, 2007. Filed under: Témoris Grecko | Etiquetas: , , , , , , , , , , , |

Para efectos del cambio climático, 2008 será un año de casi 14 meses de duración, que empieza el día de hoy, 3 de diciembre y termina el 20 de enero de 2009: la primera fecha corresponde al inicio de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático en Bali (Indonesia), en la que se pretende establecer un acuerdo sobre reducción global de las emisiones de gases de efecto invernadero que reemplace al Protocolo de Kyoto, que expira en 2012. La segunda fecha es el momento en que el presidente de EU, George W. Bush, entregará el poder a su sucesor.

Sin exageración alguna, 2008 será un año clave para el futuro de la humanidad. En el futuro voltearemos a ver a este periodo para preguntarnos si nuestros gobernantes valoraron correctamente el enorme problema que enfrentamos, si tomaron las decisiones adecuadas, si los poderosos intereses que tratan de bloquear la construcción de un pacto eficiente fueron detenidos y vencidos. Es obvio por qué señalamos que inicia el día de hoy; para entender por qué colocamos el fin de la etapa Bush como conclusión del año, tenemos que considerar cuál es la influencia de ese personaje en el debate y cómo él y sus infames aliados pueden descarrilar los esfuerzos mundiales, o al menos debilitarlos para restarles eficacia, y condenar a la muerte a millones de personas en el planeta –muchas veces el número de las que ya asesinó en Irak y otros sitios.

El 27 de noviembre, la ONU publicó su “Informe sobre Desarrollo Humano 2007/2008. La lucha contra el cambio climático”: una vez más, las catastróficas consecuencias que tiene y tendrá este proceso quedan descritas y apoyadas con datos. Ya vemos las sequías, inundaciones, huracanes y demás, a lo que se sumará una enorme cantidad de nuevos conflictos armados: cuando la gente se queda sin agua o no puede vivir en un sitio porque hay demasiada, tiende a moverse a donde ya hay otros que no la quieren allí. El daño está hecho. Se trata de impedir que sea mucho más grave.

Para Bush y sus aliados, no obstante, the name of the game es evadir, dividir y retrasar. En 2001, George W. Bush sacó a Estados Unidos (el país que emite la cuarta parte de las emisiones de gases de efecto invernadero, que provocan el calentamiento global) del Protocolo de Kyoto, el acuerdo para tratar de controlar el asunto. A lo largo de casi todo su gobierno, se dedicó a burlarse y humillar a quienes advertían del problema. Cuando empezábamos este blog, a fines de 2004, tratamos este tema y algunas personas que creían en los argumentos de Bush nos dejaban comentarios con la insistencia de que no se podía demostrar científicamente que la actividad humana tuviera algo que ver con el cambio climático (y que invadir Irak había sido buena idea). Costó mucho avanzar pese a esas actitudes y los muchos obstáculos que inerpusieron, pero hoy es una realidad científica aceptada que nosotros somos los responsables. Y a quienes lo dudaban en EU, el huracán Katryna y otros fenómenos les movieron abruptamente el tapete (como ocurre con el caos en Irak).

Así que ahora Bush pretende estar muy activo e interesado en arreglar las cosas. Pero no por las mejores razones. Él y otros antiguos negadores del calentamiento global han escogido una nueva estrategia: hacerse patos. En septiembre, dos días después de que la ONU celebró una reunión preparatoria para la cumbre de hoy, Bush hizo un encuentro paralelo a su gusto, a donde fueron invitados los países medianos y grandes, México entre ellos. Ahí anunció su magna estrategia contra el cambio climático: sí, definir metas de reducción… pero que cada país se las ponga por su lado y a su conveniencia. O sea, nada de obligaciones.

Uno hubiera esperado que tal falta de seriedad provocara que George W. se quedara solo. Pero como él, hay otros antiguos negadores del calentamiento que hoy se ven obligados a hacer como que hacen algo pero no quieren hacer nada, como John Howard, entonces primer ministro de Australia, y Stephen Harper, de Canadá. Ocurre algo parecido con Japón, que va a incumplir los objetivos que aceptó imponerse en la cumbre donde fue anfitrión, la de Kyoto. Ellos formaron un grupo supuestamente dedicado a resolver el asunto, la Asociación Asia-Pacífico (AAP), con otras tres naciones en desarrollo que se industrializan rápidamente y temen que se les pida poner límites a sus emisiones: China, India y Corea del Sur. Son sólo siete naciones en total… que juntas generan las dos terceras partes de los gases invernadero en el mundo. Si sus propuestas prevalecen, controlar el cambio climático quedará reducido a una cuestión de azar, sometida a los caprichos del mercado.

La AAP llega a Bali un poco debilitada. Después de 10 años, los australianos estaban hartos de Howard y en las elecciones del 24 de noviembre lo echaron del gobierno de mala manera. El nuevo premier aussie, el laborista Kevin Ruud, hizo campaña con la promesa de firmar Kyoto y comprometerse con la lucha ambientalista (y de salirse de Irak, como todo el mundo, menos Bush). Además, la opinión pública de EU ha evolucionado mucho a partir de Katryna y el tema tendrá un papel relevante en la campaña electoral. Es probable que en enero de 2009 tome posesión un o una presidente (en este caso no funciona añadirle una “A” a la palabra, que no tiene género) mucho más sensible ante el asunto, lo que podría desmontar finalmente la AAP.

Pero faltan China e India, que alegan, no sin razón, que han sido los países ricos los que gozan ahora los beneficios de 200 años de actividad industrial contaminante –es decir, los que nos pusieron en este embrollo– y que ahora no se puede pedir a los países pobres que renuncien al desarrollo. Y faltan Brasil, México, Sudáfrica y otras grandes economías cuyas industrialización y emisión de gases crecen. No hay duda de que no sólo necesitamos que Estados Unidos acepte sumarse a la lucha, es indispensable que lo haga con liderazgo para que sume a otros muchos a ella. Es vital que se vayan Bush y sus estupideces, pero también que sea sustituido por un presidente que entienda a fondo tanto el problema como los sacrificios que tendremos que hacer. Así entramos hoy en este año de 14 meses en el que se asumirá un compromiso mundial por la habitabilidad del globo… o nos seguiremos haciendo patos.

Hombre: Calentamiento global.

Algunos dicen que las consecuencias irreversibles están a 30 años de distancia.

¿30 años?

Eso no me va a afectar.

Texto: Todavía hay tiempo.

Lucha.

Combate el calentamiento global.

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