Imágenes del Salvaje Oeste Chino

Posted on 8 abril, 2009. Filed under: Témoris Grecko | Etiquetas: , |

Por Témoris Grecko / Kashgar, Xinjiang, China.

 

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Los arbustos del desierto del Taklamakan son ajenos a él: con ellos, cables y redes, los ingenieros tratan de impedir que la arena devore la delgada carretera que lo cruza.

 

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Los autobuses cubren hoy en 24 horas lo que las antiguas caravanas recorrían en uno o dos meses.

 

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Esta técnica, en la que se coloca un delgado papel sobre una estela para reproducir su contenido, es el antecedente de la imprenta. Xi’an, Shaanxi.

 

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En los monasterios budistas, la modernidad se cuelga, pero llega. Kumbum, Qinghai.

 

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La Gran Muralla serpentea por los terrenos más inhóspitos, incluidos desiertos y  montañas. Jiayuguan, Gansu.

 

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Dunas de Dunhuang.

 

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Las esculturas de las cuevas de Mogao representan un momento climático del arte budista y de la humanidad.

 

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Ninguno de nosotros había caminado antes sobre un lago helado (aunque Alessandro y Yann vienen de los Alpes) y nunca se nos quitó la sensación de que algo se podría romper. Tian Chi, Xinjiang.

 

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Murmullos que no escuché pero que imaginaba haciendo eco entre las ruinas de Jiaohe (Xinjiang).

 

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Las miradas siempre son inquietantes… (taller de tapetes, Hotan, Xinjiang.)

 

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…aunque sólo nos mire un ojo…

 

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…o estén tras la carne… (bazaar de Hotan)

 

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…o tengas los ojos de muchas personas sobre ti…

 

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Mujer kirguís en el lago Kara, en la cordillera del Karakoram.

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Fantasmas de Asia Central

Posted on 3 abril, 2009. Filed under: Témoris Grecko | Etiquetas: , |

Por Témoris Grecko / Urumqi, Xinjiang, China.

 Si Juan Rulfo hubiera sido uigur, su obra Pedro Páramo hubiese tenido por escenario el desértico Jiaohe: no es que las arideces de Xinjiang sean idénticas a las del sur de Jalisco, pero en algo las recuerdan y aún bajo el sol más brillante y salvaje, entre las ruinas adoloridas de esta ciudad deshabitada por 600 años parecen asomarse sombras de murmullos, lamentos que tienen forma pero no densidad, antiguas tristezas encerradas en habitaciones abiertas cuya salida al desahogo nunca supieron encontrar.

Jiaohe. Mi galería de fotos de Jiaohe y Turfan está aquí: http://www.flickr.com/photos/temoris/sets/72157616228670684/show/

Jiaohe. Mi galería de fotos de Jiaohe y Turfan está aquí: http://www.flickr.com/photos/temoris/sets/72157616228670684/show/

 

Esto ya es Asia Central, la gran porción continental siempre disputada por pueblos nómadas y por los chinos, hoy bajo control de estos últimos. Es una región trágica del mundo, donde la tranquilidad siempre fue pasajera y la prosperidad se pagaba de manera terrible: después de un milenio de existencia continua, Jiaohe fue barrida por los mongoles. Quedaron allí sus casas, templos, monasterios y edificios administrativos –semiderruidos– para que en el siglo XXI pudiéramos pasear entre ellos, por sus secas callejuelas, preguntándonos cómo habrá sido su vida cotidiana, cómo podían sobrevivir con temperaturas que alcanzan 45 grados en verano y menos 45 grados en invierno, sin tierras de cultivo, sin agua…

Pero entonces descubrimos el secreto –casi caemos por él–, nada oculto, más bien ancho y abrupto: los fundadores de Jiaohe la construyeron en un sitio estratégico por sus posibilidades de defensa militar y por su capacidad de sostener una población sedentaria, en una meseta. Pero no es como las que embellecen el norte de México y el sudoeste de Estados Unidos, también aprovechadas por las culturas de aquellas regiones: en realidad, alguna vez todo esto fue una planicie, abierta como por tajos de cimitarra. Dos ríos por los que baja el agua de las montañas horadaron pacientemente por siglos hasta formar dos cañones alrededor de lo que eventualmente se convirtió en la meseta de Jiaohe y cuyas paredes se alzan unos 60 metros, como una fortaleza. Abajo, junto a la corriente, están las plantaciones que le dieron viabilidad al pueblo, entre los siglos IV y XIV.

Uno de los cañones cultivados de Jiaohe

Uno de los cañones cultivados de Jiaohe

 

Jiaohe está a 9 kilómetros de Turfan, una ciudad como tantas en China, atrapada entre una modernización desordenada y violenta, impulsada por la etnia dominante en el país –los han–, y las zonas donde lo bello y tradicional se conjunta con el atraso económico y el conservadurismo islámico, las de la cultura en resistencia de los uigures. A 150 metros bajo el nivel del mar, Turfan es la segunda depresión más profunda del planeta, después del Mar Muerto.

Aquí, sin embargo, los uigures todavía son mayoría. Ocurre lo contrario en la capital de la provincia, Urumqi, donde los han ya superaron a todas las demás etnias (en total, el gobierno reconoce 13 “nacionalidades” en Xinjiang, incluidos también kazajos, tayikos y kirguises). Los uigures habitan las partes más interesantes y empobrecidas, en tanto que los han viven en barrios más modernos, un poquito más limpios e idénticos a los de tantas ciudades del resto del país.

Nevada en Urumqi

Nevada en Urumqi

 

No es un sitio donde uno se quedaría mucho tiempo: sirve para hacer conexiones de transporte, extender la visa china u obtener las de Kirguistán y Kazajastán en los consulados de esos países. A sólo 12 horas de Urumqi (lo cual es poco para las dimensiones de China), está la frontera con los países del Asia Central hoy independiente, que antes era soviética y que no se ha desprendido de muchos de los rasgos burocráticos, ineficientes y autoritarios de ese régimen desaparecido.

Fuera del Sudeste de Asia, que es una región en general amigable y sencilla para los visitantes, el resto del continente es una pesadilla logística: fronteras, aduanas, visas, requisitos, extorsión oficializada, extorsión amateur, en fin. Y esto provocó el primer inconveniente de importancia en mi viaje.

Todos esos países con apellido “stan” (Tayikistán, Uzbekistán, Kirguistán, Kazajastán y Turkmenistán) y otros, establecen como requisito para otorgar la visa que una compañía local le dé al solicitante una “carta de invitación” (LOI, en inglés), que no es más que forzar al viajero a pagar por el control paranoico que el gobierno quiere tener sobre él: hay que decir en qué consulado la va a pedir, cuándo va a entrar uno al país, por qué lugar, qué sitios visitará y cuándo y por dónde saldrá, entre otros muchos datos. Gracias a la internet, se puede obtener online, pero hay que pagar unos 40 dólares por cada LOI (además de los 50 a 140 que puede costar la visa). Y esperar: oficialmente, entre 10 y 14 días. Pero conmigo, los tayikos se tardaron seis semanas.

Originalmente, yo había pensado iniciar mi viaje en abril. Pero el 21 de marzo se celebra el Navruz, el año nuevo persa, que es la festividad más importante de Asia Central, y lo más espectacular ocurre en Tayikistán. A mí se me metió entre los ojos que quería presenciarlo y adelanté un mes la salida, recorrí China como rayo para llegar a Urumqi, de donde sale un vuelo a Dushanbe, capital de Tayikistán, sólo dos veces por semana: miércoles y sábado. Pensé tomar el del sábado 14 de marzo para tener tiempo de ubicarme en Tayikistán antes del evento. Pero los tayikos sólo autorizaron la LOI el viernes 20 de marzo por la noche, cuando ya era imposible comprar el boleto aéreo para el 21.

El camino a Tian Chi.

El camino a Tian Chi.

 

Las consecuencias fueron pésimas porque, con tantos requisitos, yo había pasado semanas planeando al detalle cada movimiento y las LOI para los demás países de mi recorrido estaba cuidadosamente sincronizadas: obtener visa en ciudad X, entrar tal día, pasar por aquí, conseguir otra visa en ese país para el siguiente, salir por acá, tal día, etcétera. Obviamente, la negligencia de un burócrata tayiko, que puede haber tenido mi LOI cinco semanas en un cajón esperando que dejara de perder el tiempo y la firmara, destrozó el mecanismo de relojería que era mi itinerario, y me hizo perder además las LOI de los demás países, que no permiten modificaciones: si no la puedes obtener en el consulado que dijiste, o cambiaron tus fechas o rutas, a pedir otra y pagar de nuevo, colega.

Así pasé casi dos semanas en Urumqi, donde no pensaba estar más de una o dos noches, haciendo esfuerzos para reconstruir el viaje y gastando dinero. Al final, he debido dejar fuera Tayikistán (_______ -ése es el espacio para garabatear lo que pienso de ese país) y Pakistán. Y ya de paso, estoy tratando de crear no sólo un plan B para cuando vuelva a ocurrir algo parecido, sino C, D, E y todo el alfabeto.

Yann, Alessandro y Daniel caminan sobre el lago congelado de Tian Chi. Mi galería de fotos está aquí: http://www.flickr.com/photos/temoris/sets/72157616136903621/show/

Yann, Alessandro y Daniel caminan sobre el lago congelado de Tian Chi. Mi galería de fotos está aquí: http://www.flickr.com/photos/temoris/sets/72157616136903621/show/

 

Esto tuvo un lado positivo, no obstante: a través de Facebook, contacté con Alessandro, un chico italiano que estudia mandarín en Urumqi, y él me presentó a sus amigos, todos muy simpáticos y con proyectos interesantes que los tienen en esta región del mundo. Con ellos fui a Tian Chi, un lago congelado (nunca había caminado sobre hielo) de la fabulosa cordillera del Tian Shan (montañas celestiales). Y en mi hostal (¡por fin, un sitio con gente agradable y amistosa con la que puedo comunicarme!), conocí a José Luis, un madrileño genial que viene a documentar en fotografías la vida de los kazajos nómadas (no quedan muchos).

Lamento no haber podido ir al Navruz, pero no pasé mal el tiempo. Ahora escribo desde Kashgar, en el sur de Xinjiang, una parte del itinerario que estaba planeada para mayo (iba a regresar a China) pero ahora la he tenido que adelantar. En muchos aspectos, esto es como regresar al siglo XVIII. Es una historia que contaré más adelante. Por el momento, les dejo a ustedes mis galerías de fotos, de acalorados pueblos fantasma y gélidos lagos en las montañas.

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Jiayuguan y Dunhuang: Un Caballo Celestial

Posted on 26 marzo, 2009. Filed under: Témoris Grecko | Etiquetas: , |

Por Témoris Grecko / Dunhuang, Gansu, China.

Hace más de dos mil años, en algún momento entre 120 y 113 antes de Cristo, un caballo excepcional, de belleza extraña y maravillosa, emergió de un pequeño lago de un solo salto y se puso a disposición de un hombre. El sitio, por sí solo ya era extraordinario: impresionantes macizos de dunas, que se elevaban 300 y 400 metros, súbitamente se abrían para permitir que esa bella laguna, llamada Wuwa, existiera. ¿Cómo era que no se dejaban mover por el viento para sepultarla y borrar toda huella?

El hombre era Bao Lizhang, un funcionario del gobierno chino que corrió la suerte de los exiliados: una falta o un error habían servido para que lo condenaran a servir en tierras salvajes, en los límites occidentales del imperio. Muchos como él, al cruzar la última puerta del fuerte del paso Jiayuguan, tras la cual se encontraba lo incierto y lo inhóspito, arrojaban entre lamentos una piedrecilla contra la pared: si no rebotaba de regreso, su viaje estaba destinado a terminar en tragedia.

Gran Muralla en Jiayuguan. Galería de fotos de Jiayuguan aquí: http://www.flickr.com/photos/temoris/sets/72157615022967457/show/

Gran Muralla en Jiayuguan. Galería de fotos de Jiayuguan aquí: http://www.flickr.com/photos/temoris/sets/72157615022967457/show/

 Cuando vemos el mapa de China, nos parece un territorio macizo, bien concentrado, estático por siglos. Pero en realidad, la China milenaria está en el este del país, entre Xi’an, Beijing y Hangzhou. Lo demás son conquistas: Sichuan, el sur, Manchuria. Y hacia el oeste, el Tíbet y la provincia de Xinjiang. En particular este último: al observar sus transformaciones a lo largo de la historia, ese mapa de China se ha extendido sobre los “territorios del oeste”, como eran conocidos, y los ha abandonado muchas veces, como saldo de las guerras y a la manera de un hombre que infla y desinfla una bota de vino.

El punto de comunicación entre Xinjiang y China, como la boquilla de la bota, es un largo corredor llamado Hexi, la salida más viable hacia occidente porque al sur se alza la gélida meseta del Tíbet y al norte, se extiende el infame desierto de Gobi. Una serie de oasis permitían subsistir a quienes avanzaban por el corredor. Y el punto clave, donde era más estrecho, era el paso Jiayuguan, que en los mitos chinos tiene una connotación parecida a la de Siberia en tiempos de Stalin: al régimen le urgía colonizar esas zonas para afirmar su control y para ello enviaba a sus súbditos al exilio: criminales, en principio, pero también funcionarios de bajo rango como Bao Lizhang, fugitivos, mercaderes. Su misión era convertirse en campesinos que produjeran alimentos para mantener a las guarniciones militares. Como el corredor de Hexi (hoy convertido en provincia de Gansu) semeja también una larga garganta, la expulsión era llamada kow wai o “sin la boca”, que representa la noción de que China los estaba escupiendo.

El fuerte está ahí, como nuevo. Su poderosa solidez me impresionó cuando lo vi desde la orilla opuesta de un lago congelado. Sus murallas son gruesas y uno no acaba de llegar nunca a los edificios principales, pasa una puerta y otra y otra, porque los arquitectos crearon espacios ciegos donde encerrar al enemigo cuando éste pensara que había vencido un nuevo muro. Tres altas torres permiten controlar el escenario. En la última puerta solía haber inscripciones de exiliados que lamentaban su suerte. Y a cada lado, norte y sur, salen los últimos extremos de la Gran Muralla china, destinados a bloquear el paso, forzar a los viajeros a someterse a la inspección en el fuerte y asegurarse de que nadie pretenda invadir el territorio.

Unos kilómetros más al norte, otra sección de la Gran Muralla está restaurada. La inmensa mayoría de las personas que la han visitado, lo hicieron en su parte más cercana a Beijing, junto con grupos inmensos de turistas que recorren sus anchos pasillos superiores, en donde pelotones enteros podían concentrarse para contener los ataques. Aquí, en donde termina esa obra construida y reconstruida durante siglos, es mucho más estrecha, su anchura admite a no más de dos personas juntas, y sube precipitadamente hacia las montañas. Subí y llegué exhausto a la primera cima, imaginando a los soldados que corrían arriba y abajo en el afán de contener a los invasores, que se protegían de las flechas y tropezaban unos con otros para desplomarse en caídas mortales.

El oasis de Jiayuguan termina ahí, con claridad: las tierras cultivadas a un lado, la aridez de Gobi por el otro, incapaz de admitir un arbusto, una raíz. Los restauradores colocaron aquí la réplica de una caravana de la Ruta de la Seda en tamaño real: camellos, mercaderes, servidumbre. Los hombres que deben haber sentido temor al abandonar la seguridad de China y cruzar el paso rumbo a territorios salvajes: para ellos, la Gran Muralla y el fuerte debe haberles despertado la angustia, también. Pero en el sentido inverso, tras haber superado el desierto y escapado de los nómadas, ver levantarse de entre la arena el perfil de los muros y de las torres debe haberles causado una enorme sensación de alivio y alegría, lo peor estaba por terminar.

A ocho horas en autobús desde Jiayuguan, o a semanas de viaje para las antiguas caravanas, hay otro oasis, el de Dunhuang. Este sitio es la base para visitar uno de los atractivos más importantes de China, que por la distancia no es suficientemente conocido: Mogao Ku, o cuevas de Mogao, uno de los puntos climáticos en la historia artística de la humanidad. Son llamadas también “cuevas de los mil budas”: a lo largo de mil años, entre los siglos IV y XIV, humildes monjes esculpieron, labraron o pintaron imágenes religiosas. La aridez, el frío, la resistencia budista y la suerte preservaron medio millar de cuevas del tiempo y las persecuciones imperiales (además de los rusos blancos: tras su derrota a manos de los soviéticos en la guerra civil rusa, a principios de los años 1920, muchos de ellos escaparon a china y las cuevas fueron usadas como cárcel para ellos, que destrozaron muchas obras de arte). El trabajo sostenido a lo largo de tanto tiempo dejó estatuas y pinturas con diversas influencias artísticas: greco-budistas (lo griego llegó hasta acá a raíz de que Alejandro Magno y sus tropas invadieron territorios de Asia Central, del otro lado de los grandes desiertos), chinas y mongol-lamaístas, que se mezclaron gradualmente.

Con el objeto de evitar sus deterioro, no hay iluminación artificial (ni se pueden tomar fotos) y las visitas son forzosamente guiadas. Así, a media luz, uno puede darle una ojeada a la vida en estos territorios de frontera, de reyes y ricos donantes (que financiaban a los monjes para aparecer en las escenas), grupos étnicos de todos los países centroasiáticos, mercaderes, peregrinos, bandidos, caravanas, los dos parísos del budismo mahayana, occidental y oriental, y feitian o apsaras, que son seres divinos que vuelan a lo largo del cielo budista.

Ya era marzo y las temperaturas seguían bajo cero, el arroyo cercano estaba congelado. ¿Cómo podían sobrevivir estos humildes monjes de hace mil años en túnica, que vivían en gélidas cuevas y estaban dedicados exclusivamente a multiplicar por millares las imágenes de Buda? La guía dijo que en febrero es normal estar 20 grados bajo cero.

Del otro lado de Dunhuang, fui a buscar el lago de la Luna Creciente. Me quedé maravillado desde mucho antes de llegar: al final de la carretera, se levantaban dunas gigantescas, como no había visto antes. Brillaban en el sol del atardecer, en parte doradas y en parte blancas y cegadoras, porque en la mañana había nevado y persistía la capa helada. Me subí a un camello para recorrerlas, llegué hasta la cima de una de ellas, pero era sólo la primera: otras mucho más altas se extendían hacia el horizonte.

 Dunas de Dunhuang. Galería de fotos aquí: http://www.flickr.com/photos/temoris/sets/72157615062431247/show/

Dunas de Dunhuang. Galería de fotos aquí: http://www.flickr.com/photos/temoris/sets/72157615062431247/show/

Después caminé hacia el lago, al lado del cual se levantan algunos edificios tradicionales. Parece una media luna, en efecto. Y alrededor, las enormes dunas. La existencia de este lago, llamado Wuwa miles de años atrás, parece efectivamente sobrenatural: ¿por qué se abren aquí las poderosas dunas, empinadas y difíciles de escalar, qué ha impedido por tanto tiempo que avance sólo un poco y lo hagan desaparecer? Invaden campos de cultivo, acaban con pueblos, cambian de forma y posición durante la noche y sorprenden a las personas en la mañana… pero el lago sigue ahí.

La tarea del exiliado Bao Lizhang era cuidar Wuwa para que los caballos salvajes pudieran beber. Un día observó a ese caballo portentoso. Para poder acercarse a él, creó una figura humana de barro que vistió con sus ropas y le colocó un lazo en las manos. Al principio, el animal receló, pero tras varias semanas se acostumbró. Cuando Bao lo estimó prudente, se colocó en lugar de la estatua, con esas ropas y el lazo, y sorprendió al caballo. Después lo domó y se lo ofreció al emperador.

Bao esperaba conseguir con esto que le quitaran el castigo y poder atravesar el fuerte del paso Jiayuguan de regreso a su hogar en China. Para asegurarse de que esto ocurrieran, planeó asociar al caballo con un evento divino y auspicioso e inventó la historia del salto fuera del lago. El emperador, que tenía una debilidad por las manifestaciones de lo sobrenatural y había bañado en regalos a un mago que no había hecho nada más que engañarlo, interpretó el cuento como un regalo de dios, un favor personal de la divinidad, y escribió una oda llamada “Canción del Caballo Celestial”. Bao Lizhang pudo volver a casa.

Wuwa, hoy lago de la Luna Creciente.

Wuwa, hoy lago de la Luna Creciente.

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Buda, Echame una Lengua!

Posted on 19 marzo, 2009. Filed under: Témoris Grecko | Etiquetas: , |

Por Témoris Grecko / Jiayuguan, Gansu, China

 

El occidente de China está mucho menos modernizado que las zonas costeras del oriente. Cuando llegué a Xining, capital de Qinghai, en el norte de la meseta tibetana, además del intenso frío, me estremeció comprobar que estaba profundamente solo, rodeado de gente: no encontré una sola persona que hablara inglés y mis habilidades con el mandarín y el tibetano estaban como la temperatura, bajo cero.

 

Esta ciudad fue mi base para ir al monasterio de Kumbum, donde pasó su infancia Tenzin Gyatso, el dalai lama (quien nació cerca de aquí). Fundado en 1560, este gran complejo de templos, edificios residenciales y administrativos es el principal centro de peregrinación fuera de Lhasa, la capital del Tíbet. Sólo habíamos otro extranjero y yo. Además de visitantes chinos urbanos, que lucían gafas de sol Armani, bolsos Louis Vuitton y abrigos de piel; de campesinos tibetanos con trajes tradicionales de ásperas lanas negras y telas ligeras de tonos vivos (en sus rostros estaban bien marcados los rasgos de la exposición al frío viento de la alta montaña, mientras que los de los citadinos parecían cuidados con cremas faciales; éstos rezaban con compostura y de pie, aquellos repetían infinitamente un procedimiento de alzar las manos con las palmas unidas, inclinar la espalda, tirarse al piso y golpearlo con las manos); y monjes, muchos jóvenes y algunos mayores, protegidos de la helada por ligeras túnicas de colores rojo oscuro y amarillo.

 

El templo principal del monasterio es más grande, su techo es completamente dorado, destaca desde que uno entra al complejo y es el más popular. Frente a él había docenas de personas. Un joven tibetano de rasgos marcados y cabello largo y negro, vestido a la usanza occidental, realizaba las exhaustivas postraciones que demanda la religión. Familias completas hacían lo mismo, incluidas preciosas niñitas de tres o cuatro años. Otros sostenían collares de cuentas, como rosarios, mientras daban interminablemente vueltas al edificio. Hacer girar cilindros de buenos auspicios divertía a grupos de escolares dirigidos por dos o tres adultos. Pero ellos se cuidaban de interrumpir a quienes estaban en oración, al contrario de los budistas Hugo Boss, que llegaban y se iban en manadas saltando entre los devotos postrados.

 

Los riachuelos y las fuentes de agua no se descongelaban, pero algunas personas se echaban en la sombra, sobre el suelo helado. Cuando vi un espacio en una pequeña banca al sol, no lo desaproveché. Me recibió el rostro amable de una mujer mayor que estaba sentada a un lado y me dijo algo. Respondí con el gesto que en China practico más o menos cien veces al día, levantar los hombros y sonreír con cara de inútil. Ella me siguió hablando hasta que un joven monje, que había estado circunnavegando el templo, también quiso buscar el calor de la luz y se acomodó en medio de nosotros. Los dos intercambiaron frases por unos minutos. Me di cuenta de que ambos tenían la misma actitud que yo, hombros levantados y sonrisa inútil… ¡no se comprendían! ¿Podría ser que la señora hablase tibetano y el chico, mandarín? ¿O uigur? ¿O manejaban dos dialectos del tibetano mutuamente ininteligibles? De algún lugar de su túnica, el monje sacó un tosco lápiz, un pedazo de papel y una campanita, y empezó a escribir algo. Se lo mostró a la mujer, hizo sonar la campanita y ella soltó una breve carcajada. Hizo otra anotación, volvió a hacer tin tin y la dama rio más fuerte. Entonces se volteó hacia mí, me enseñó sus trazos con mirada bondadosa, y agitó la campanita. Pero yo sólo pude ver caracteres chinos que se negaron a revelarme el secreto de la risa. Levanté los hombros y sonreí como inútil.

 

Al llegar a esta zona, ingresé en el reino de la incomunicación. Hay personas que son muy simpáticas y tratan de ayudarme a pesar de la barrera idiomática. Otras muestran molestia por tener que tratar con un bárbaro que no habla la lengua común. En varias ocasiones, al descubrir que no entiendo lo que dice, mi interlocutor recurre a anotar el asunto, como el nombre de un lugar o las instrucciones para llegar a un sitio. Una chica me escribió una larga pregunta. Todo en caracteres chinos. Mi primera reacción fue: ¿qué no se dan cuenta de que no entiendo mandarín? La segunda: ¿no saben que el resto del mundo no usa estos ideogramas?

Pero la escena del monje y la señora me dio la clave de algo más. Las películas chinas en la tele están subtituladas con caracteres chinos. ¿Para qué? ¿Para los sordos? En realidad, en un país de 1,300 millones de habitantes, la unidad lingüística es frágil. La televisión utiliza el dialecto mandarín que se usa en Beijing y es incomprensible en otras regiones del país, donde hay variantes muy distintas. Y existen más idiomas, como el cantonés y los de las minorías étnicas: tibetano, uigur, miao y más. Para todos los chinos, sin embargo, los ideogramas tienen un mismo significado. No son fonéticos, es decir, no representan sonidos, sino ideas (como “casa” o “sol naciente”) que se pueden pronunciar de cualquier forma (por eso suena raro llamarlo “alfabeto” o “abecedario”, que es algo propio de lenguas occidentales que tienen alfa, beta, C y D). El tibetano y el uigur tienen grafías propias, pero todos los niños aprenden a usar los ideogramas. Por eso, cuando alguien se topa con una persona que no comprende lo que se le dice, lo natural es escribírselo en chino (aunque siguen sin darse cuenta de que los demás no los usamos).

 

Por fortuna para mí y el resto de los viajeros, China ha adoptado los números arábigos. Durante la época de Mao, el gobierno trató infructuosamente de abandonar los caracteres antiguos y reemplazarlos por un alfabeto basado en el latino, el pinyin, que sólo prevaleció como forma oficial de romanización del mandarín (por eso, Beijing no es más Pekín y Guanzhou ya no es Cantón). Lo único que la gente conservó fueron los números arábigos: no sólo es más práctico hacer cuentas con esos trazos simples que con los complejos gráficos tradicionales, sino que, a fin de cuentas, esos números se adaptaban muy bien a la mentalidad china por, a fin de cuentas, también son ideogramas: en Occidente, uno ve un 4 y puede pronunciarlo como se le antoje, quattro, vier o four, pero al final todos entendemos bien qué es. Y así los visitantes podemos al menos captar cuál es el precio de las cosas o a qué hora tenemos que correr para que no nos deje el tren.

 

Yo estaba sentado ahí, con el monje, su papel y su campanita. Él seguía haciendo tilín tilín en busca de mi risa. Se la di lo mejor que pude, me sentí falso, pero él pareció darse por satisfecho. Me dio gusto descubrir la respuesta al enigma. Pero comprendí que, ante los ojos de la gente menos educada, no sólo soy un bárbaro que habla cosas sin sentido, sino un iliterato incapaz de leer la escritura común. Y me dieron ganas de sumarme a los devotos que realizaban postraciones, o de darle unas mil vueltas al templo: por esta vez, mis razonamientos no me prodigaban ningún consuelo. Mejor pedírselo al Buda.

 



 

Kumbum

FOTO: Tibetanos llevan a un pariente al templo de un bodisatva (equivalente budista de un santo).

 

***

 

Breve paréntesis político:

 

El día que me salí de Xining rumbo a la ciudad de Lanzhou, en la provincia de Gansu, y retomar la vertiente principal de la Ruta de la Seda (Xining fue un bracito de la misma, en el camino a Golmud, desde donde se seguía hacia Khotan, la vía meridional de la Ruta, por la parte sur del Taklamakan),  en la estación había tres filtros de policías que tuve que cruzar, algo que no había visto antes. Todos me pidieron mostrarles el boleto. En el último me detuvieron a pesar de que mi documento indicaba claramente que iba al norte, a Lanzhou: querían asegurarse de que no iba a tomar el tren al sur, rumbo a Golmud y luego Lhasa, capital del Tíbet.

 

Cada mes de marzo es trágico en esa región “autónoma”. El 10 de marzo de 1959, nueve años después de que China invadió el Tíbet, se produjo un alzamiento popular que terminó con una sangrienta represión. Cada vez que los tibetanos salen a las calles para protestar por aquella matanza, los atacan las autoridades, hay encarcelados, a veces muertos y así, nuevos motivos para protestar en marzo.

 

Ahora era 8 de marzo y el gobierno no quería extranjeros en Tíbet. Una amiga me escribió en Facebook que tuviera cuidado, pues estaban deteniendo periodistas allá. Los policías de la estación pusieron a un guardia que me siguió a distancia hasta que subí al tren a Lanzhou. Me despedí de él con un gesto.

 

Siento que la situación en Tíbet no tiene esperanza. Su población es de 5 millones de habitantes y enfrenta un monstruo de 1,300 millones de habitantes, que además ha convencido a todos los ciudadanos de que el Tíbet es legítimamente chino y que además ser parte de China es lo mejor que les puede pasar a los tibetanos, ya que se acabó con el sistema de servidumbre feudal. En esto tienen razón: hasta la imposición del comunismo, en Tíbet persistían formas de trabajo similares a la esclavitud. Pero lo que hace China en Tíbet no es una liberación, sino una remodelación demográfica y cultural. La línea de tren por la que los policías no querían que yo viajara, que conecta Golmud con Lhasa, fue terminada apenas en 2006, cuando yo estaba en Yangshuo, en la provincia de Guanxi. Todos los días nos bombardeaban con mensajes televisivos, presumiendo lo que fue un éxito de ingeniería casi milagroso: la primera línea que atraviesa zonas de permafrost. Y celebraban que así, finalmente, el país quedaba plena y fácilmente comunicado por tren. Organizaciones vinculadas al Tíbet hicieron notar, sin embargo, que la consecuencia demográfica de esto iba a ser una mayor migración de chinos de la etnia han, la dominante en el país (92% de la población), que eventualmente convertirán en minoría a los tibetanos. La “hanización” del Tíbet, su homogeneización cultural con el resto de China, es un pilar de la estrategia gubernamental para asegurarse de que la región no se escape más de su control político.

 

El año pasado, por estas fechas y con vistas a los Juegos Olímpicos, miles de tibetanos lanzaron motines contra habitantes de etnia han, contra sus comercios y negocios, y asesinaron a algunos. Después vino la represión. El dalai lama insiste todavía en que la violencia es la vía equivocada y sigue proponiendo su “tercer camino”, ni la independencia (que sabe bien que nunca será concedida) ni la situación actual de indefensión de los tibetanos, sino una autonomía real (y no formal) dentro de China. Para hacer relaciones públicas y quedar bien en el extranjero, Beijing hace como que se sienta a negociar con el dalai lama. Todos saben que no va a conceder nada, jamás, pues no hay ninguna presión considerable que le haga sentir que hay que hacerlo. El año pasado, varios países europeos hicieron gestos diplomáticos que indican que no quieren más problemas con China por el Tíbet y que aceptan en status quo. Los jóvenes tibetanos, por su lado, manifiestan su cansancio y convicción de que las tácticas pacifistas del dalai lama no van a llevar a ningún lado y se inclinan por acciones violentas, lo que, a todas luces, sólo va a provocar más sufrimiento para su pueblo. El propio dalai lama muestra signos de desesperación: en su discurso de este 10 de marzo, aunque repitió sus ofertas de amistad hacia Beijing, habló con amargura: dijo que los tibetanos “viven con miedo constante, y las autoridades chinas los tratan como sospechosos todo el tiempo. El pueblo tibetano es visto como criminales que merecen la pena de muerte”.

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El ombligo del mundo

Posted on 23 abril, 2008. Filed under: Walter Duer -Buenos Aires | Etiquetas: , |

Por Walter Duer / Hanga Roa, Isla de Pascua

Un misterio aún sin resolver en medio de una geografía que maravilla. Esa es, en pocas palabras, la propuesta de Isla de Pascua, un pequeño territorio aislado del resto de los sitios habitados del planeta, de un poco más de 160 kilómetros cuadrados y que sólo alberga unos 3.500 habitantes.

Cuenta la tradición oral que el pueblo rapanui llegó a esta isla hacia el siglo IV de la era moderna, liderado por Hotu Matu’a, su primer akiri, o rey. Desde entonces, la Isla de Pascua, como la llamó el explorador holandés Jacob Roggeween en 1722 (es que justo llegó un día de pascua) comenzó a escribir una historia repleta de leyendas y misterios que, aún hoy, deja muchos puntos que no han sido descubiertos.

El más conocido de estos secretos es también el más visible y el que atrae a mayor cantidad de visitantes de todo el mundo: el perímetro completo del territorio está custodiado por tótems de entre 1 y 11 metros de altura que reciben el nombre de moais. Estas estatuas están hechas de piedra volcánica, pesan varias toneladas y hablan de la gran habilidad que tenían los aborígenes de Rapa Nui (tal el nombre que le dan localmente a la isla) para tallar en la piedra y para trasladar estos gigantes a su morada final.

Los moais son sólo uno de los atractivos que tiene esta isla, que pertenece a Chile desde el punto de vista administrativo y a la Polinesia desde un punto de vista geográfico. Se habla tanto en español como en rapanui y para decir “hola” es necesario pronunciar “iorana”. Ubicada a más de 2.000 kilómetros de las islas más cercanas de Oceanía y a más de 3.000 de la costa chilena, es uno de los puntos más insulares del planeta.

Tiene un único núcleo urbano, Hanga Roa, que es donde se concentran los restaurantes, los hoteles (cómodos, modestos y muy limpios) y las casas de artesanías. También es aquí el único sitio de la isla en el que el teléfono celular tendrá señal y en el que habrá acceso a Internet. El concepto de “desconectarse” en vacaciones, aquí llega al límite. La gastronomía es de buen nivel, pareja en los distintos establecimientos, y los visitantes no pueden dejar de probar el atún, la máxima delicia del lugar.

Un viaje a la historia
Recorrer la isla no es del todo sencillo: en ciertos lugares la señalización es escasa y uno puede pasar de largo una atracción importante. Las alternativas para visitar todos sus rincones son muchas: desde micros turísticos con excursiones programadas hasta cabalgatas, pasando por caminatas, bicicleta o autos de alquiler.

La primera parada, casi obligada, es Orongo, en el sur de la isla. Es el único sitio en el que se cobra una entrada (de 10 dólares), que da acceso a todos los parques naturales y atracciones de la isla. Además, aquí hay guardaparques especializados que pueden contestar preguntas y que otorgan a cada visitante un mapa detallado de la isla, que ayudará bastante en los recorridos.

Orongo es una aldea reconstruida que permite revivir algunas de las costumbres cotidianas de las tribus locales. Se ven unos modelos habitacionales, petroglifos (dibujos rituales hechos en piedra) y el impresionante cráter del volcán Rano Kau: 1.500 metros de diámetro y 220 metros de profundidad.

Luego, el recorrido por los ahus (los altares donde se ubican los moais) variará según el gusto de cada visitante. Algunos de ellos son imperdibles: Te Pito Kura (con un moai recostado de 11 metros de altura, el más alto encontrado en su emplazamiento final), Tongariki (con quince estatuas y muy bien restaurado) y la zona de Tahai, que alberga tres ahus con una hermosa vista del mar como fondo. Uno de los altares ubicados aquí, el Ahu Ko Te Riko, es el único que conserva los ojos originales, cuyas córnea se hacían de coral y los iris de obsidiana. El mismo trayecto, no obstante, irá mostrando al viajero otros moais. Es importante tener a mano una guía detallada que ofrezca algo de información sobre lo que se está viendo.

Te Pito o Te Huane
Otros paseos asombrosos son los que pueden hacerse a las “fábricas” de moais. El volcán Rano Raraku es una cantera que se utilizaba para tallar estos gigantes. En sus laderas descansan unas 300 estatuas, algunas apenas tallándose, otras en medio del traslado hacia un destino final que nunca verían. Aquí puede verse un moai de más de 20 metros de altura que no llegó a sacarse de su emplazamiento. Se supone que el estallido social que llevó al casi exterminio de las tribus originales fue una situación urgente, que los obligó a abandonar sus tareas, lo que explicaría todo el “trabajo a medio hacer” que hay en este volcán.

Los moais tienen una especie de sombrero, llamado pukao, que se hacía con otra piedra, la escoria, de color rojizo, en una cantera diferente: Puna Pau. De nuevo, quien llegue hasta ese lugar verá cientos de estos “sombreros” desparramados aquí y allá. También se pueden visitar cavernas (Ana Kananga, Ana Te Pahu) o sitios arqueológicos con petroglifos (gráficos hechos en la piedra, el mejor es Papa Vaka).

En el Ahu Te Pito Kura hay una atracción adicional: una piedra perfectamente redondeada cuyo nombre original es “Te Pito o Te Huane”, que se traduce como “el ombligo del mundo”, el otro nombre que lleva la isla.

Los amantes de los deportes náuticos estarán en un sitio mágico para hacer buceo, porque la luminosidad en las profundidades es muy alta, casi como si uno estuviera en la superficie. En cuanto a playas, hay tres. La de Hanga Roa se usa más que nada como embarcadero. En el extremo norte, la de Anakena es un verdadero paraíso de arena muy blanca con un mar azul profundo (como se lo ve desde toda la isla), coronada por dos ahus: el Nau Nau, con siete moais, y el Ature Huki, que tiene otra estatua. A un kilómetro se ubica Ovahe, más solitaria, encerrada por una montaña de piedra negra.

Por la noche, la actividad termina temprano. Se destacan los shows con danzas típicas, como el sau sau, o recitales de grupos locales. En febrero se celebra la piesta de la Tapati, una celebración nacional que involucra canciones, bailes, tatuajes, vestuarios, competencias deportivas y otras tradiciones antiguas.

El viaje a Isla de Pascua, el “ombligo del mundo”, no implica únicamente un traslado geográfico, sino también una travesía a través del tiempo.

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Viajeros: Apuntes para cruzar calles en el Tercer Mundo

Posted on 24 noviembre, 2007. Filed under: Témoris Grecko | Etiquetas: , , , |

Por Témoris Grecko

No es broma. Hay ciudades en las que uno recibe multas si no utiliza los pasos de cebra. Otras en las es suicida utilizar el cruce subterráneo. En muchos países de África, Asia y Oceanía, más Gran Bretaña, el tráfico viene en sentido contrario y al cruzar, uno tiene que voltear primero a la derecha (aunque años de tener el automático a la izquierda me obliga a dejarlo funcionar en algún momento, si no, me pongo nervioso). Yo creía que sobrevivir a las avenidas de mi ciudad me había preparado para todo. Pero hay tres urbes del mundo que son todavía más peligrosas.

Dejo estos apuntes para los que vengan cuando yo ya no esté aquí, que los lean y puedan alcanzar lo que a mí se me negó en mis días. Amén.

EL CAIRO (Egipto)

Primera ocasión en que vi un caos mayor que el de la Ciudad de México. En particular, en una avenida junto al Museo de Antigüedades Egipcias. Yo veía que la gente la cruzaba con tranquilidad, pero cada vez que yo me lanzaba, los coches parecían escogerme y se venían contra mí. Tenía que retroceder corriendo. Después de una detenida observación, descubrí el factor común a todos los cairotas: al pasar, miraban hacia el lado contrario del que venían los vehículos. ¿Suicidas? No. Así les hacen saber a los conductores que están dispuestos a todo y que queda en ellos hacer las maniobras para evitar el atropellamiento. Mucha fe en los demás, me parece a mí.

CIUDAD HO CHI MINH, ANTES SAIGÓN (Vietnam)

Ya no hay bicicletas. Los vietnamitas están haciendo plata y cambiaron a las motos. Forman ríos de ellas, es una locura, y como son demasiadas, hay que cuidarse incluso en la banqueta. Pronto las reemplazarán por coches, pero no imagino cómo van a hacer que quepan. Cruzar la calle no es tan complicado, sin embargo, si entiendes un punto básico: es necesario moverse de manera lenta pero continua. Los motociclistas ya te han visto y calcularon por dónde vas a pasar tú y por dónde ellos. Es muy preciso y no se valen las sorpresas: si te aceleras o te detienes sin razón, vas a quedar donde no te esperaban y causarás una colisión, que muy probablemente será múltiple por la densidad vehicular. Así que tranquilito y cooperando.

MUMBAI, ANTES BOMBAY (India)

Aquí el truco es… fui cinco veces a esa ciudad y nunca resolví cuál es. Decidí hacer lo mismo que en El Cairo: imitar a los locales. Pero no se animaban. En un crucero complicado, los autorickshaws, taxis Ambassador, autobuses y coches diversos (por lo menos en el centro de Mumbai no permiten vacas, elefantes ni manadas de búfalos) venían por la derecha. A mi izquierda, dos mumbaikares se disponían a pasar. Decidí seguirlos. Los vi empezar a caminar, volteé a la derecha y al grito de “¡Viva México!”, me lancé al ruedo. “¡Pero qué valor tienen estos tipos!”, pensé mientras daba pasos adelante y atrás, corría un poco, me detenía bruscamente y saltaba para quedar junto a un poste de señalización en medio de la avenida, a salvo pero asustado. ¡Ufff! Miré de nuevo a la izquierda para constatar que mis guías hubieran pasado completos. ¡No estaban! Busqué delante de mí, tampoco… entonces atrás… Y allí los vi: todavía no hallaban cómo cruzar… ¡y yo estaba atrapado en el centro del caos!

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Viajeros: Australianos en Paraguay: la utopía que se fue por el desagüe

Posted on 18 noviembre, 2007. Filed under: Invitados | Etiquetas: , , |

Por Vivienne Stanton

El clima, como todo en Paraguay, es consistentemente inconsistente. En cierto momento está caliente y soleado, entonces el cielo se abre en dos y arroja agua como fruta podrida a una muchedumbre. Las calles se convierten en ríos –tienen enormes canaletas al aire libre para desagüe que prácticamente debes atravesar en canoa–. Momentos después, aparece un sol quemante que seca todo, instantáneamente, como una película en alta velocidad.

El calor del mediodía te absorbe en una suerte de inercia. Por las calles de Asunción, los conductores duermen en los coches aparcados, con las puertas de pasajeros abiertas, las llaves listas para el encendido, como si a los hombres se les hubiera olvidado seguir adelante. Paraguay tiene un efecto poderoso, insidioso y abrumador. No te quedas porque te encante. Te quedas porque el esfuerzo de marcharte parece demasiado difícil, algo que hay que dejar para después, sólo que para entonces ya olvidaste que el después existe. Había planeado quedarme una semana allí, pero fue un mes.

Fui para hacer un reportaje sobre uno de los momentos más extraños y poco conocidos de la historia de mi país. Hace poco más de cien años, un grupo de enojados socialistas australianos decidieron crear una colonia utópica en medio del campo paraguayo. Allá fueron más de 800 personas, entre ellos algunos relevantes intelectuales de la época, incluida una de las poetas más famosas de la isla, Mary Gilmore, cuyo rostro adorna nuestro billete de diez dólares.

Fue un desastre completo. Basados en principios de compañerismo y templanza, los colonos tuvieron su primer pleito de borrachos antes de bajar del barco desde Australia. Casi todos eran campesinos que no hablaban español ni tenían idea de cómo cultivar la selva paraguaya. En pocos años, la mayoría de ellos se había marchado a la Patagonia o de regreso a Australia, pero algunos se quedaron y sus descendientes siguen en Paraguay. Fui a conocerlos y descubrir lo que había ocurrido con el sueño que sus ancestros habían encendido tan apasionadamente.

También quería averiguar qué pudo haber habido en Paraguay que atrajo a esos soñadores. Lo que ha florecido allí son déspotas, dictadores, contrabandistas y visionarios de ojos estrellados. El sitio está plagado de colonias utópicas, desde los misioneros jesuitas del siglo 17 y la fracasada colonia aria y antisemita de la hermana de Nietzsche (cuyos descendientes, según reportes, ahora languidecen y se casan entre familiares), hasta los asentamientos menonitas del extenso Chaco paraguayo, donde prosperan hasta el día de hoy. Se rumora también que los moonies (seguidores del reverendo Moon) están comprando haciendas.

¿Será que nadie más quiere ir allí? Le faltan las atracciones naturales de otros países sudamericanos (no tiene cataratas del Iguazú, ni glaciares patagónicos, ni andes peruanos, ni lagos salados bolivianos, ni Copacabana e Ipanema –nada de playas, carece de salida al mar–). Este pequeño país verde de 6 millones de habitantes, en el corazón de Sudamérica y del tamaño de California, y que alguna vez fue a la guerra contra Argentina, Brasil y Uruguay juntos (previsiblemente, fracasó, y con ello perdió grandes partes de su territorio y la mitad de su población activa), tiene la reputación de ser el más corrupto de América y es como el pariente pobre del clan sudamericano, al que se invita a las bodas familiares pero se lo sienta en la esquina y recibe todas las burlas.

Nunca encontré una respuesta satisfactoria a la pregunta de qué hizo tan raro a Paraguay. Pero hallé algunos australianos: un hombre de 79 años con aspecto de orangután llamado Basil Murry, que vivía en medio del campo paraguayo, nunca había ido a Australia pero hablaba perfecto inglés con un fuerte acento australiano. Conocí a Florence Wood de White, una antigua aeromoza de cabello llameante y amante de los gatos, cuyo departamento de Asunción estaba lleno de recuerdos de Australia. También vi a su primo, Robin Wood, un caricaturista multimillonario, hecho caballero en Italia, con seguidores en todo el mundo de sus libros futuristas de cómics, tipo Thor. Me fui con la sensación de que Paraguay está lleno de excéntricos, pero sin estar segura de si es que el país los atrae o los hace.

En los trópicos, todo lo nuevo rápidamente parece viejo. Las cosas se pudren y deterioran, crecen demasiado o son absorbidas, como hielo en un estanque caliente. Paraguay tiene una manera de apoderarse de las cosas. Cuando llegaron los españoles, plantaron naranjos, que se asimilaron e hicieron salvajes, y ahora tiran fruta en las calles de Asunción. Algo similar ocurrió con los australianos.

Aunque hacen esfuerzos por conservar sus raíces, aferrándose a los símbolos de su australianidad como a un clavo (sirven tazas de te muy fuerte y sandwiches sin corteza, cantan antiguas canciones campiranas y bordan ositos koala en sus manteles), en su mayoría los descendientes no tienen ni idea de que son australianos, a pesar de su tez blanca, sus ojos verdes y sus apellidos como Smith, Kelly y Wood. En un sitio como Paraguay, la memoria es corta. Todo se lo llevan los remolinos de las grandes canaletas. O el sol lo cocina hasta ser convertirlo en barro.


Basil Murray y su hija Nellie. Foto de Vivienne Stanton

Mundo Abierto agradece la colaboración invitada de Vivienne Stanton, periodista australiana radicada en Ciudad de México. Traducción de Témoris Grecko.

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