Regresar las bendiciones

Posted on 15 abril, 2009. Filed under: Eileen Truax -Los Ángeles | Etiquetas: , |

Eileen Truax/Los Ángeles

Y usted, ¿le lavaría los pies a un perfecto desconocido? De acuerdo con la tradición cristiana, Jesús le lavó los pies a sus discípulos antes de iniciar su calvario. En algunos países, sobre todo de América Latina, esta escena se reproduce durante la Semana Santa: sacerdotes en las iglesias lavan los pies de los feligreses, y de pronto algún político osado se atreve a subirse las mangas y mojarse las manos para tocar las extremidades de un votante previamente esterilizado. Mucho de eso se ha visto, y a estas alturas ya nada sorprende; hasta el viernes pasado.

Los Ángeles es la capital estadounidense de los homeless, las personas que no tienen hogar. Como alguna vez lo relaté en este blog, casi 90 mil de ellos deambulan por las calles de la ciudad abandonados, buscando comida y un lugar para dormir. Muchos van empujando carritos de supermercado en los que recogen cosas que se convierten en su patrimonio. Algunos ya son viejos y vagan porque la familia los abandonó, porque no tienen a dónde ir o por padecer algún tipo de demencia senil; también hay otros muy jóvenes, relativamente saludables, que desperdician sus años productivos caminando por la ciudad con una adicción corriendo por la sangre y con la miseria humana a cuestas. Algunos son veteranos de guerra lisiados físicamente o con algún trastorno mental producto de los meses en el campo de batalla, que no logran reincorporarse a la vida “normal”.

Uno de los barrios angelinos donde se concentran las personas en esta situación es conocido con el nombre de Skid Row. En las calles del área se ubican varios albergues para homeless, en donde durante el día reciben comida y en ocasiones alguna donación, ropa o una revisión médica. Por las noches es común verlos en las calles, hechos un ovillo en algún portal, durmiendo entre cartones.

El viernes pasado uno de estos albergues, la Misión de Los Ángeles, organizó un evento de Semana Santa para los homeless: las personas podían pasar a recibir un plato con comida caliente y obsequios, como un par de zapatos. La fila de gente esperando por la comida daba la vuelta a la esquina, y así descubrí una carpa en donde se daba otro servicio: el lavado de pies.

Frente a una línea de sillas, enfermeras y jóvenes voluntarios esperaban para lavar los pies de quienes llegaban. La figura romántica del lavado de pies como muestra de humildad tenía una función adicional: revisar la condición médica de los pies de estas personas que en ocasiones llevan años en la calle, sin visitar a un médico, en condiciones de higiene deplorables. Ahí no había una fila de espera, porque muchos homeless son desconfiados; pero poco a poco empezaron a llegar.

Centré mi atención en Steven, un joven de 16 años que, después me dijo, escuchó sobre el programa en su escuela y decidió ofrecerse como voluntario. Y le tocó su turno. Un hombre sucio, cubierto de una capa de cochambre desde la punta del pelo hasta los pies, llegó a la carpa; nadie pudo dejar de notarlo. Los evidentes meses viviendo en la calle hacían que de su cuerpo emanara un fuerte olor. Se sentó con dificultad, acomodando unas bolsas que llevaba. Cuando se quitó lentamente los zapatos, y luego los calcetines, unos pies de uñas largas, lastimados, cubiertos con callosidades, quedaron a la vista acompañados de un fuerte, concentrado, denso hedor. A distancia, mis ojos se clavaron en los pies y en el rostro del jovencísimo Steven.

Con gesto amable el chico tomó uno de los pies, lo sumergió en un recipiente con agua y jabón, y empezó a tallar a conciencia. Supongo que el agua estaba calientita, porque el rostro del hombre se suavizó. Después de un rato de tallar los pies, empezó a limarlos frotando los callos y retirando las células muertas con una toallita. Se tardó una eternidad. Sin poder retirar del todo la mugre, empezó a cortar las uñas con mucha dificultad y siendo muy cuidadoso, para después llamar a una de las enfermeras para que revisara las heridas. Mientras la enfermera curó algunas llagas, el joven estuvo atento. Al final le puso crema a los pies, les puso unos calcetines y unos zapatos nuevos.

“Yo creo que ésta es la verdadera manera de demostrar que los demás te importan”, me dijo más tarde el chico, como si nada. Me contó también que no comparte la cultura cristiana pero que considera que este ritual es una oportunidad de regresar un poco de las bendiciones que uno ha recibido. “Tal vez al principio sí titubeas un poco, pero cuando empiezas a hacerlo te sientes bien; y te das cuenta de cuánto lo aprecia la otra persona”, me dijo con una sonrisa bien honesta.

No lo dudo; pero con todo y la pila de bendiciones que me ha regalado a mí la vida, hasta hoy sigo preguntándome si yo sería capaz.

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4 comentarios to “Regresar las bendiciones”

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Dio, que lección! Yo también me considero muy afortunada y no creo ser capaz de hacer lo que Steven, a quien considero un chico valioso y sé que tiene un gran futuro como ser humano, la verdad termine llorando. Por cierto recuerdo muy bien ese articulo tuyo.

Un bonito ejemplo de humildad y humanismo, de
lo que tan necesitado estamos. Gracias Eileen
por brindarnos esta historia.

domingo.hu

Y a diferencia de los discípulos de Jesús que no entendían el lavado de pies, parece que los desamparados angelinos sí lo hicieron.

Respeto las religiones, las creencias y las ideologías de las personas. Trato de no juzgarlas también, o al menos de ejercer juicios constructivos si es que mi gran (y en ocasiones contraproducente) capacidad de entrometerme en lo que no me importa no puede contenerse.

Considero que las “buenas acciones” son un paliativo temporal para quienes las efectuan y para quienes las reciben. Son buenas, eso ni dudarlo, ya que ayudan a alguien a salir de algun problema o a sentirse mejor o a darse cuenta y recordar que hay alguien que se preocupa; sin embargo, el buen recuerdo se va diluyendo poco a poco. La buena acción con el paso del tiempo, se va disolviendo.

En ocasiones creo que es algo así como dar el pescado en lugar de enseñar a pescar.

Aplaudo el gran sentido de humildad y de conciencia social y de ayuda al que menos tiene, sin embargo, desapruebo que se laven los pies sólo una vez al año.

Sería hermosamente utópico que todos fueramos capaces de demostrar dichos valores (humildad, humanismo, sensibilidad, etc.) todos los dás, sin hacer distinción de colores, sexos, tendencias, etc. Tal vez se arreglarían un poco las cosas si todos, no sólo unos pocos, actuaran desinteresadamente.

En fin… muy buen texto Chila. Felicidades.

Abrazos muchos desde el D.F.

Atte.
Oce


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