Ojalá que se repita pronto

Posted on 13 abril, 2009. Filed under: Walter Duer -Buenos Aires |

Por Walter Duer / Buenos Aires, Argentina

Las familias judías suelen ser, salvo raras excepciones, numerosas. Y las que no lo son, se esfuerzan por serlo, incluyendo en la categoría de “pariente” a amigos de muchos años, primos segundos, tíos abuelos y familias políticas (incluso, en casos extremos, correspondientes a ex parejas de los presentes). Así es como el tránsito de entrada en la casa anfitriona del séder de pésaj, la reunión que se hace las primeras dos noches para celebrar el fin de la esclavitud de los judíos en Egipto, hace más de 3.000 años, es incesante.

Aparecen el tío que usa un peluquín obvio y que se comporta como si fuese su melena natural de toda la vida y la tía hipocondríaca que sufrió un desmayo al menos una vez durante las últimas mil reuniones familiares. Tampoco falta el amigo de la familia cincuentón, mujeriego y probablemente alcohólico, al que si se le hace un análisis se descubre que nadie puede determinar cómo apareció ese tipo un día por ahí, hace ya una cantidad indefinida de tiempo y el tío que cuenta siempre los mismos dos o tres chistes y que se mata de risa él mismo después de contarlos.

Todos traen alguna bandeja. No importa que en la cocina de la persona que invitó (en líneas generales, la abuela y, si esta ya falleció, la tía más buena, esa que todos quieren) se vislumbren no menos de ochenta ollas con niños envueltos en hojas de parra, cebollas rellenas, mahúde (como un guiso de papa y carne al que se le inyectó un kilo adicional de colesterol), zapallitos rellenos… De más está decir que todos esos son los “platos fuertes”, porque si uno mira la mesa ya están instalados unos cincuenta platitos, con aceitunas, morrones, tomates secos, berenjenas asadas, ensaladas diversas y porque, además, hay dos bandejas grandes, con matambres, lenguas, kipes (una empanada cilíndrica con masa de harina de matzá y rellena de carne picada y cebolla, todo bien pero bien frito) y otras delicias que harán el juego de entrada.

Pero, como decíamos, no obstante eso, cada invitado decidió, antes de venir y aún sabiendo el exceso gastronómico que lo esperaba en destino (porque estos invitados son los mismos de todos los años), traer algo para probar, en general dulces porque, en el lenguaje no hablado de los judíos, llevar una alternativa salada a una casa cuando no fue pedida específiamente por la anfitriona significa “no me gusta tu comida” y críticas hacia la ofensora hasta que se muera ella o quien la critica, lo que ocurra primero.

Sólo un alimento habitual falta en la mesa: el pan. Es que esos judíos de la antigüedad que se vieron ante la disyuntiva de libertad o muerte salieron tan a las apuradas que no tuvieron tiempo de que levara y les quedó algo así como una galletita de agua gigante. Como recuerdo de eso es que hoy se come la matzá, pan ácimo, y están estrictamente prohibidos durante los ocho días que dura la festividad todos los alimentos realizados a base de trigo, centeno, cebada, avena y escanda, por explicaciones rabínicas complejas que no vienen al caso. En el medio de todo, la kehará, un plato que alberga diversos tipos de alimentos que tienen que ver con los rituales de la celebración, y tres trozos de matzá, uno encima del otro, que se usarán para las bendiciones.

Cuando todos están presentes (menos el primo Marcelo, que siempre llega tarde) se da comienzo al séder (con la autorización de la madre de Marcelo, que todos los años dice “este chico está cada día más loco”), palabra de origen hebrea que significa “orden”. Es que se trata precisamente de un esquema de catorce pasos que tiene como primer escalón la recitación de una bendición, el Kaddish, que es además el principio de la mejor excusa que un hombre puede tener para volver borracho a casa. En efecto, es una mitzvá, es decir, un acto pío, de pésaj consumir cuatro copas completas de vino. Es en este momento cuando la primera comienza a instalarse en el organismo y cuando las tías que no toman nunca comienzan a sonrojarse y a reírse de los chistes soeces del tío viejo verde.

El segundo paso es un lavado de manos ritual, Urjatz. Luego viene el momento de comer un trozo de apio, karpás, uno de los alimentos que se aloja en la kehará, al que se debe mojar con agua salada. Seguidamente, se toma la matzá del medio de las tres que están separadas y se la parte en dos. Uno de los trozos, llamado afikomán, se guarda envuelto en una servilleta para degustar al final de todo el banquete. En muchas casas se estila esconderlo para que los más chiquitos puedan encontrarlo después de cenar. Pero como la mayoría de los menores a esas alturas de la ceremonia ya están o dormidos o jugando a la Playstation a escondidas de los adultos (en los hogares más observantes no se pueden manipular aparatos eléctricos, ni siquiera prender la luz), lo más probable es que la anfitriona encuentre el afikomán a mediados de diciembre, cuando esté sacando la ropa de invierno de los armarios y colocando la de verano en su reemplazo, escondido en el medio de un conjunto de poleras de manga larga.

El cuarto paso, maguid, suele ser el más controversial. Consiste en la lectura de la hagadá, el relato de la salida de los judíos de Egipto. Es una historia muy poética, con cánticos y participación de los chicos, pero tiene un único inconveniente: que es un tanto larga y que la gente aún no ha cenado. Así es como se desata la “guerra santa”. Esto es así. En toda familia numerosa que se precie de tal aparecen personas que tienen diferentes maneras de acercarse a la religión. Digamos, en términos generales, que hay tíos y primos más religiosos (en adelante, “la corriente religiosa”) y tíos y primos menos religiosos (en adelante, “la corriente laica”). Los integrantes de la corriente religiosa recordar la tortuosa salida de Egipto minuto a minuto, mientras que los integrantes de la corriente laica, en cambio, quieren que la ceremonia sea lo más breve posible (cosa de pasar de inmediato a la comida propiamente dicha).

En general, lo que sucede es que quienes pertenecen a la corriente religiosa siguen adelante con la lectura haciendo caso omiso a los chistes y las interrupciones de los miembros de la corriente laica, que continúan a su vez interrumpiendo y haciendo chistes, mientras hacen caso omiso de la lectura. El tío Samuel, que nunca estuvo muy identificado con la corriente laica ni con la corriente religiosa, se limitará a decir: “es increíble, todos los años discuten por lo mismo, si hasta parecen chicos”.

De todas formas, dos horas después, van a estar todos (laicos, religiosos, ni tan tan ni muy muy) tirados en sus sillas, con la panza bien acomodada hacia arriba y los botones de los pantalones desabrochados, soplando al viento el producto de sus erupciones, en una situación de verdadera camaradería, dispuestos a compartir el segundo plato. Pero todavía faltan unos minutos para comer: un segundo lavado ritual de manos (rajtzá), las bendiciones a la matzá (motzí matzá), a las hierbas amargas (maror, que simboliza los difíciles tiempos vividos por los judíos) y a un sandwich de lechuga con dos tapas de matzá (korej, representa la destrucción del Gran Templo, una de cuyas paredes es hoy el Muro de los Lamentos).

Ahora sí, llega el décimo paso, shulján orej, o, dicho de otra manera… ¡a comer! La idea no es satisfacerse, ni llenarse y ni siquiera descomponerse. Es ir más allá, a un límite desconocido. Primero, la panza ya siente el rigor de todas estos bocaditos que se fueron ingiriendo entre rezo y rezo. Segundo, apenas se da la señal de “ahora”, miles de manos arrasan con todo lo que hay sobre los platitos. Y cuando todos están bien llenos, empizan a aparecer los platos de fondo, con más calorías y con más colesterol que los de entrada. Y desfilarán una, dos, tres… tantas ollas como comensales haya en la mesa. En un primer momento, todos se quejan (“eh, hubieran avisado que seguía la comida, así me cuidaba un poco con las entradas”) pero, acto seguido, las mandíbulas retoman su triturador trabajo.

Y cuando parece que no hay más nada que hacer que internarse en un sanatorio especializado en problemas gástricos, aparecen los postres y las masitas. Y como cada invitado trajo algo (esto ya lo mencionamos), habrá millones de cada cosa. De nuevo vuelven los quejidos de ocasión (“qué lástima, me hubiera encantado probar lo dulce, pero no puedo más”) y de nuevo se retoma la masticación generalizada. Y cuando todos los comensales tienen los ojos a punto de salir de sus órbitas, llega la ensalada de frutas. Todos se miran desorientados, pero la Tía Sara tiene las palabras justas: “esto es digestivo”. Por lo tanto, todos piden un poco. Por supuesto, luego llega el café, para disfrutar de una charla de sobremesa. Es ahí cuando el primo Jorge pregunta si no quedó un pedazo de esa chocotorta hecha con harina de matzá, pero una porción bien chiquita, como para probar, nomás… y todo vuelve a empezar casi desde el principio.

Quedan algunos pasos, todavía, como la búsqueda del afikomán (tzafún), una bendición para agradecer los alimentos (barej), una nueva lectura de hechos relacionados con la salida de Egipto (Halel) y una oración final de alabanza a Dios (Nirtzá). Pero la realidad es que entre la comida y el vino, la mayoría de la audiencia está lo suficientemente aturdida como para comprender que la festividad siguió más allá después del cuarto plato de mahúde.

Al final, todos se reparten besos y abrazos, incluyendo los hijos de esos dos tíos que tuvieron problemas de negocios hace treinta años y que todavía no se hablan, todos al grito de “ojalá que se repita pronto” y “ojalá que siempre nos veamos en fiestas”. En ese momento, el tío Samuel, que tiene 70 años y al que el médico le tiene prohibido todo lo que no sea vegetales desde que tuvo ese ataque masivo de presión, diabetes y colesterol en 1972, aparece con los ojos rojos y todo transpirado y dice: “eso sí, el año que viene me voy a cuidar un poco, porque comer así es una locura”. Todos se muestran de acuerdo, con la complicidad de saber que esta misma promesa se pronuncia hace 20 años y que nunca, pero nunca, nadie amagó siquiera a cumplirla.

(Aclaración del autor: esta descripción es fiel en el marco de una familia sefardí, es decir, descendientes de los antiguos judíos españoles, dispersos durante cinco siglos por todo Oriente Medio e inmigrados a América Latina a principios del siglo XX. Pueden variar muchos detalles cuando se trata de asquenazíes, provenientes de las familias de Europa del Este, aunque la esencia es básicamente la misma).

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10 comentarios to “Ojalá que se repita pronto”

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Genial el post, Walter, La descripción es tan vívida, que mientras la leía parecía como si estuviera allí. Además me hizo recordar sabores que hace tiempo no pruebo (los kipes, por ejemplo) y otros que sí (los niños envueltos
en hojas de parra o de repollo, según la temporada).

Me gustan las familias así de unidas, creo que es parte de lo que hace grande a ese pueblo, su apego a la familia; además como soy muy tragona me encanto la idea de tanta comida lo único que lamenté fue que no hubiera pan, para mi es básico, gracias Walter por el relato tan interesante y… ojala se repita pronto.

Hacía tiempo que no visitaba este blog. Excelente artículo, muy apropiado para los tiempos, eso de tocar los sentimientos.

Hola Walter, pues ese seder, se parece muchisimo al que me eche la semana pasada en casa de mi cuñado aca en Mexico, y lo mejor ue el shulján orej, o, dicho de otra manera… ¡a comer!, claro que si, espero que nuestro cuate Temors al cual conocimos en el Universal, por cierto muy antisemita en todos sus posts, ya sea menos antisemita, porque este post tuyo de Mundo abierto esta exelente

¡Excelente relato Walter! Es increíble como el recuerdo de la durísima huida de los judíos de Egipto, se haya convertido en una auténtica panzada bendecida y sacralizada. De beber mencionas el vino ¿No se toma algún licorcito más fuerte para digerir tanto exceso? He estado en muchas comilonas de reventar, pero lo que cuentas supera a todas. Incluso a las desmesuradas pachamancas andinas. Saludos desde Madrid.

Walter, para la próxima avisa con tiempo. Yo no soy puntual, pero puedo llegar como prima postiza cuando vayan por ahí del rajtzá, más lo que venga.

Ya en serio, te diré el que considero el mejor piropo para alguien que escribe: me hiciste sentir que estaba ahí.

Pues claro, Eileen, estabas a mi lado:-)
Ya en serio, genial, Walter, el post.

domingo.hu

Domingo: perdón, te confundí con el primo Marcelo. XD

Qué rico. Y qué lástima por lo del pan. Me pregunto cómo sereá eso con los judíos alemanes.

[…] fuego es pagano. La Pascua también. Ya Walter Dauer lo mencionó en su post del lunes con la tradición judía, el Pésaj. Esa palabra es uno de los orígenes etimológicos de la Pascua, que se realiza por […]


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