Crónica de un asalto

Posted on 28 febrero, 2009. Filed under: Invitados | Etiquetas: , |

Por Roberto Garza / Ciudad de México

Como la mayoría de mis días laborales, el pasado viernes 13 salí de la Cineteca a eso de las ocho de la noche, caminé por Real de Mayorazgo y, al llegar a Universidad, descendí por las escaleras de la estación Coyoacán. Los trenes del Metro venían a reventar, mucho más llenos que de costumbre. Aquello era un amasijo de carnes sudorosas en pleno fervor de San Valentín.

Me bajé de ese temascal colectivo en la estación Polanco, jalé aire y seguí mi camino a casa. El plan era tomar un taxi y llegar antes de las 9:00pm para ir con mi esposa a recoger a nuestra hija, que había pasado la tarde en casa de una amiga.

Al pisar la banqueta de Horacio hice una pausa. Miré mi reloj: 8:35pm. Me quité los audífonos del iPod, toqué con la mano mi cartera –que siempre traigo en la bolsa trasera del pantalón– y revisé el celular. Todo en orden.

Al echar un vistazo hacia la calle, sobre la concurrida avenida Horacio y justo enfrente de las escaleras del Metro, apareció un reluciente vocho-taxi, pero no de los verdes con blanco, sino pintado de oro y cereza, tal como los nuevos que andan circulando con autorización del gobierno local desde hace unos meses.

Casi todos los días me muevo en taxi y nunca antes había visto un vocho pintado de esos colores, como a la fecha no he visto uno blanco y rojo, tipo los marca Tsuru que circulan por toda la ciudad. Dudé un segundo, o tal vez dos, pero la asociación mental de los colores “oro y cereza” con el concepto “seguridad” me encaminó en automático hacia la puerta del auto.

“¿Está libre?”, pregunté desde afuera. El chofer –un común y corriente de unos treinta años, delgado, tez morena, ojos cafés y cabello oscuro corto– me miró de reojo y asintió con un leve movimiento de cabeza. Tomé asiento, lo saludé y le indiqué el camino que debía seguir, el mismo que he recitado de memoria a un sinnúmero de taxistas desde hace varios años.

Mientras avanzábamos, al detenernos en la fila del semáforo de Horacio y Moliere, de súbito se metieron dos tipos al carro. Nos cayeron por sorpresa y se clavaron en cuestión de segundos. Mi reacción (reflejo/susto) fue gritar y patalear: “¡No, no, no, por favor!” El primero en subir, un gordo fortachón, me leyó la cartilla: “¡Cállese cabrón o lo mato!” dijo enfurecido, al tiempo que me recetaba un gancho derecho en la cabeza, tan bien colocado que mis lentes salieron disparados.

Me sometieron en menos de dos minutos. Iba sentado entre los dos, callado, con las manos abiertas sobre los muslos, la cabeza derecha y los ojos cerrados. Como conozco bien estos rumbos, sé que dimos vuelta a la derecha en Moliere y luego tomamos Ejército Nacional y después Río San Joaquín con dirección al Circuito Interior.

La complicidad del chofer era evidente. El gordo dizque lo amenazaba: “A ver tú, un cambio de luces o cualquier pendejada que hagas, no te la vas a acabar.” Y luego le daba un zape medio contenido. Según esto, el gordo le iba diciendo por donde irse, pero al cabo de unos minutos, mientras me basculeaban e interrogaban, el taxista dio un par de vueltas sin que le dijeran nada. El chofer, no tengo la menor duda, es parte de la banda.

En cuestión de diez o quince minutos, el otro asaltante, el que estaba sentado a mi derecha, ya tenía un inventario de mis pertenencias. Me habían quitado la mochila, el reloj, el iPod, el celular y la cartera. Sabían mi dirección y teléfono de casa, tenían mis llaves, agenda y fotos de mi esposa e hijos. La situación pintaba horrible: a mi izquierda un gordo violento que decía traer pistola; y a la derecha, un tipo con mi vida en sus manos. Me sentí tan vulnerable como un pez fuera del agua. Estaba aterrado y al mismo tiempo en un estado de alerta máxima por tanta adrenalina.

Cada uno de los rateros cumplía un rol premeditado: el chofer fingía demencia, el gordo amedrentaba y el tercero comandaba el atraco: “A ver, Roberto, tienes tres tarjetas; quiero los nips, y más vale que sean los correctos.” La palabra “nips” me sacudió. Apreté fuerte los ojos, que debía mantener cerrados todo el tiempo, en señal de preocupación. Me sabía los nips de las de débito pero no el de la tarjeta de crédito, la cual nunca he utilizado para sacar dinero del cajero.

“¡Los niiiips, cabrón!”, presionó el gordo. Decidí hablar con la verdad: miren, gano equis cantidad, en esta tarjeta hay tanto, en esta otra nada y la de crédito tiene a lo mucho doscientos pesos disponibles. El gordo quiso refrescarme la memoria a base de codazos, pero el de la derecha se dio cuenta de que estaba diciendo la verdad. Unos minutos después me devolvió la cartera con mis identificaciones, papeles y la tarjeta de crédito, la cual me pidió que tocara con las yemas de mis dedos y frotara en el pantalón.

Pasó una media hora desde que me privaron de libertad hasta que el taxi se detuvo, supongo que afuera de algún centro comercial, para que el tipo que estaba a mi derecha se bajara a ordeñar las tarjetas. Tan pronto quedamos tres en el coche, el gordo se pasó al lado derecho del asiento y me mandó a la esquina izquierda, detrás del chofer. “Los ojos cerrados, las manos abajo y voltea como si estuvieras platicando conmigo”, me dijo.

Así me trajeron un rato hasta que sonó su celular. “¿Ya estuvo?… órale!” El gordo colgó y de inmediato me dijo: “Tranquilo, mi Rober, ya mero te vas con tus hijos.” Sin seguir indicaciones de nadie, el chofer dirigió el taxi hasta el punto donde finalmente me botaron. “Te vas a bajar con los ojos cerrados y vamos a caminar dos cuadras hasta donde está una camioneta. Ahí termina mi chamba. Esos cabrones te van a estar checando, así que no hagas ninguna pendejada, ¿de acuerdo?”

El gordo me encaminó hasta la esquina y se colocó detrás de mí: “Abre los ojos y no voltees ¿Ves la camioneta?” En la calle había como tres camionetas, así que moví la cabeza de forma afirmativa. “Bueno, cuando llegues a la esquina das vuelta a la izquierda y te vas todo derecho. Y abusado, cabrón, que te van a seguir.”

Me dejaron en la calle Bahía de Corrientes de la colonia Verónica Anzures, en la fallida delegación Miguel Hidalgo. Entre los bienes que no me quitaron había una tarjeta telefónica que fue mi salvavidas. Caminé dos cuadras hasta Bahía de Chachalacas y reporté las tarjetas en el primer teléfono que vi. Quince minutos después me rescató mi cuñado (¡mil gracias, Raúl!).

Llegué a casa sin un peso, vapuleado, atracado, jodido, pero ahí estaba la familia, a pié de cañón para reconfortarme. Saberme acompañado, querido, me tranquilizó y levantó los ánimos. Sin embargo, el enojo y la decepción no me los quita nadie. Me enoja que me hayan robado lo que tanto trabajo me cuesta ganar; y me decepciona enormemente saberme gobernado por una bola de ineptos. Por ello, quiero rematar esta crónica de viernes 13 con una andanada de zapatazos dirigida a los encargados de la seguridad pública de este maravilloso país. Su eficiencia casi me deja helado.

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6 comentarios to “Crónica de un asalto”

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Roberto,
que experiencia tan cruda por no decir palabras altisonantes en este espacio, me alegra que estes bien entre ” “, pero entiendo perfectamente el enojo y la decepcion compartida por tantos mexicanos como yo. Van tambien mis zapatazos!!!

Leo tu reseña llena de espanto, me recomforta terminar y leer que “no te pasó nada”, el único consuelo que le damos a los agraviados.
Afortunadamenta a mí,jamás me han asaltado, y al igual que tú soy usuaria frecuente de un taxi, que viene dando para lo mismo, pudo haber sido en la calle, en el metro o a una cuadra de tu casa.

Escucho a las feministas hablar de “igualdad” y sabes? yo nunca me he sentido igual a un hombre, porque leyéndote me siento vulnerable en el sentido más humano, pero también en el más femenino…

Un abrazo hermano, ojalá que no te vuelva a pasar; para el resto de los aún no-tocados, nos deseo no conocer esa cabronsísima vulnerabilidad.

Cuando estuve en México, los colegas de allí nos trataron con una protección que para mí, nacido en Santo Domingo, me parecía exagerada. Pero no era exageración alguna, sino medida de seguridad. Así que gracias a ello y ellos, nuestra estancia de dos semanas fueron más que agradables.

No sé si la situación de inseguridad, principalmente en los taxis como lo trata este post, es general en México, porque yo pasé varios días en Morelia y los taxistas a quienes recurrí allí no sólo fueron amables, sino muy serios: nunca me cobraron de más o trataton de engañarme. Y se los hice saber a todos, porque en Budapest hay muchos taxistas “tiburones”. Alguno que otro ha intentando allí engañarme. Claro, sin éxitos (la clave es pedir una factura y con ella dirigirse a la policía para que ésta verifique si no ha sido alterado el taxímetro. Al pedir la factura, el taxista sabe inmediatamente que el cliente sabe del asunto).

Desgraciadamente, el tema de la inseguridad es general en América Latina. Hace un par de años me visitó en Pécs una colega argentina. Luego de cenar en un restaurante del centro la acompañé a su hotel en un paseo de unos 15 minutos. De repente ella me comentó: No te imaginas, Domingo, los años que no hago ésto! A lo que yo, sin saber de qué se trataba, le pregunté a qué se refería. Ella me contestó: a pasear a estas horas (cerca de medianoche) por Buenos Aires. En Santo Domingo, después de las 10:00 p.m. son pocos los que se detienen ante el semáforo en rojo.

Una vez, de visita en Santo Domingo, salí de copas. Como nos pasamos de ellas, pedí un taxi para regresar a casa. Mis amigos me recomendaron sentarme justo detrás del chófer, para, de ver o sentir algo raro, “retorcerle el cuello”. Ante esta situación, y las copas de más, la verdad es que no estaba muy seguro de lo que estaba haciendo. Así que cuando llegó el taxi me senté detrás del chófer (a la izquierda) y para entrar en familiaridad le comenté algo al taxista quien, tras ello, me comentó su miedo a trabajar a esas horas de la noche. Resultó que él tenía tanto miedo como yo! Le pedí que se detuviera en un bar cercano y le invité a un trago de ron para celebrar nuestros temores.

De regreso a Hungría tras mi estancia en México me llamó uno de los amigos y colegas de Morelia para comunicarme que pasada una semana de nuestra despedida allí, en el mismo restaurante y en el mismo lugar donde habíamos celebrado la despedida (a instancia del director del Instituto de Historia) unos sicarios habían asesinado creo que al procurador del Estado de Michoacán (y a sus escoltas y no recuerdo a quién más) o al encargado de la lucha contra el narcotráfico de Michoacán. Mi amigo me comentó que me adelantaba la noticia por si, por casualidad, la leía en Internet y así no temer. Unos amigos y colegas de Tijuana nos han invitado allí. Qué me recomiendan contestarles?

Un saludo desde Hungría,

Domingo Lilón

Domingo, ve a Tijuana. Es una ciudad muy interesante, sobre todo si vas con gente de ahí que te pueda mostrar. Es uno de los espacios donde se da la mezcla cultural de manera más intensa, el conflicto del encuentro norte-sur es muy violento y de ello surgen movimientos artísticos vibrantes. Es también muy importante desde el punto de vista politológico, el mayor cruce fronterizo del mundo, escenario de problemas sociales que vamos a ver cada vez más en otros sitios. Es peligrosa, pero te van a cuidar, y en general no debería sucederte nada. Si se tienen algunas precauciones básicas, estás a salvo. Un abrazo desde mis últimas horas en México!

Gracias por los comentarios. Desde el asalto deje de confiar en los taxistas, ando con los ojos bien abiertos, pero la verdad es que la mayoria son gente honesta que se parte la espalda trabajando todos los dias. Tenemos que ser precabidos, si, pero no podemos caer en la paranoia ni desconfiar de todos.

Una pequeña corrección a mi comentario: “Tenemos que ser muy precavidos, sí, pero no podemos caer en la paranoia ni desconfiar de todos.”
Saludos


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