La pena de vida, en México

Posted on 19 febrero, 2009. Filed under: Mara Muñoz -Londres |

Por Mara Muñoz / Ciudad de México

“Dejamos la gloria por la comodidad”, decía el otro día un amigo. Era una tarde de sábado en que celebrábamos el amor y la amistad. El sol de la Ciudad de México podría haber sido aquel de Monterrey que Alfonso Reyes hiciera poesía con optimismo sobrado por las delicias del país. La conversación era entre amigos que se conocen de años, aunque por primera vez disfrutábamos de una tarde de ocio en el balcón del departamento, desde donde veíamos a una pareja asolearse en la terraza de los departamentos de enfrente. A través de los ventanales de los tres “lofts”, se podía ver casi a detalle el acabado de la cocina y la sala, y conversábamos sobre los incidentes al desnudo de su vecindad, sobre el alto costo de esas propiedades, sobre lo linda que era la tarde para asolearse.

Eran alrededor de las 6 y la resolana denunciaba que pronto llegaría el atardecer. “Tienen desde las diez de la mañana”, mencionó mi amigo, y pensé que se refería a los vecinos que se doraban en la terraza. “Les va a hacer mal el sol”, contesté. Noté cierto desprecio en la mirada de mi amigo, quien aclaró que se refería a los albañiles que trabajaban en la construcción al lado del edificio que, hace apenas unos minutos, había dado contenido a nuestras preocupaciones mas inmediatas.

Pregunté si creía que una pena o castigo físico como el encierro podía ser impuesto socialmente a seres humanos dispares. Lo importante es la dimensión social que tenga la pena: si la sociedad impone un castigo en beneficio de si misma, entonces no importa la valoración individual de la pena. En cierta forma, me pareció aterrador su razonamiento, como a todos los que queremos imaginar que la libertad individual existe. Sin embargo, y sobre todo, me pareció una reflexión provocadora, pues en una sociedad democrática se supone que los valores detrás de una medida de carácter social son reflejo de aquellos que predominan en la sociedad: una suma de juicios individuales con la suficiente fuerza para formar consenso.

La dimensión de la pena tiene que ver con la posición moral del que la vive, y con el valor dado a ésta por la sociedad que la impone, comenté con grandilocuencia para salvar al individuo, que el idealismo social de mi amigo negaba. Pero que pasa si la pena que se padece es impuesta por la sociedad, pero no como consecuencia del consenso, sino a falta de este. Es decir, pensar en la pena de muerte iría a tono con esa conclusión agregasionista de los juicios, podría ser el válido ejercicio de esa democracia liberal que damos por hecho como sistema político en México; aunque las consecuencias sean aterradoras, al final, sería reflejo institucional formal de los valores que predominan en nuestra sociedad.

Ahora, ¿qué pasa con las penas que la sociedad genera a la sazón de la sobrevivencia más inmediata?, esa sería otra dimensión de la pena. Si se supone que la reflexión y la discusión públicas son la base del consenso para la imposición de ciertos castigos que garanticen la vida social: ¿Será que la irreflexión y el mutismo cómplice originan penas que la sociedad no ha pedido para si, y que, sin embargo, también garantizan su sobrevivencia con base en las normas informales que en realidad la fundamentan?; normas que son sustento de sus prácticas cotidianas. Un ejemplo de esta dimensión de la pena sería el sobrevivir la economía, la explotación, la delincuencia, la contaminación, la misoginia, etc., en México. Esta dimensión de la pena no es la misma para todos, pues para muchos, ni si quiera existe como tal.

El atardecer llegó, y la noche anunciaba ser fresca, con una precisión deleitosa que sólo el valle de México puede dar. Pasamos al departamento y mi amigo cerró el ventanal detrás de nosotros. “Así se acabó el problema, matamos el ruido” comentó con amargura. Dejamos a los vecinos que antes se asoleaban en la terraza preparando la cena, los hombres seguían picando piedra en la construcción, justo al lado de ellos, y frente a nosotros.

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Una respuesta to “La pena de vida, en México”

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Mara,

recientemente he leído un reportaje (uno de los muchos) sobre la situación de Roberto Saviano, de quien se trató hace un corto tiempo atrás aquí en Mundo Abierto. Y me llamó la atención el título de este reportaje, “La no vida de Roberto Saviano” (EPS, 8 de febrero de 2009), intentando relacionar el tema del reportaje sobre Saviano con tu post sobre “La pena de vida”. Principalmente, porque el autor del reportaje, Miguel Mora, describe la vida de Saviano como “una vida no vida, una vida-muerte, una especie de muerte en vida.” Si relaciono la situación de Saviano con tu post veo que Saviano “cumple” una “pena” que ni fue impuesta por la sociedad, pero que tampoco goza de consenso. Y, en última instancia, sigue siendo una pena (en ambos sentidos).
Un saludo desde Hungría.


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