Los solitarios segovianos

Posted on 6 febrero, 2009. Filed under: Javier Távara -Madrid |

Por Javier Távara / Madrid

Cuando años atrás, la directora de cine Iciar Bollaín -vasca vecina de Lavapiés- mostraba en ‘Flores de otro mundo’ los matrimonios de caribeñas llegadas en caravana de mujeres con campesinos de una zona rural de España, pensé al ver la película que había que adentrarse mucho en el campo para dar con gente así y que esos lugares estarían a varias horas de viaje de Madrid. Me equivocaba. Hace unas semanas pude comprobar que esos rudos campesinos que buscaron el amor en mujeres del Caribe viven a poco más de una hora de la Plaza Castilla.

Resulta que se me ocurrió decirle a Sagra -una gran amiga de mi mujer- que a ver si nos subíamos a Segovia a comer un corderito. Vale, respondió ella, pero no en la capital. “Os voy a llevar a mi pueblo, en la zona de Ayllón. Donde se asa el mejor cordero segoviano”. En un día helador, con seis botellas de Ribera del Duero en el maletero, enrumbamos hacia Riaza, para encontrarnos con Sagra y llegar con ella al pueblito donde comeríamos el cordero. Insistimos de ir al restaurante más auténtico de la zona. Desechamos los espléndidos mesones de la capital segoviana con la foto del Rey saludando al cocinero y descartamos también los restaurantes de los pueblos principales que se llenan de cochazos y donde ni siquiera te atienden bien. Lo nuestro era ir a las esencias del cordero asado, esa delicia de la gastronomía castellana, que en realidad no tiene misterio ni complicación ninguna: simplemente hay que asar el cordero en un horno de leña abovedado, durante cuatro horas, añadiendo sal y agua para tenerlo a punto.

Un primo de Sagra era el encargado del asador y nos mostró el horno del restaurante. Como era de esperar, la comida estaba estupenda. Luego dimos un paseo por otros pueblos vecinos, nos cayó la noche y Sagra preguntó si nos íbamos de cena a otro sitio o si volvíamos al mismo restaurante. Un hermano suyo cena allí, desde hace veinte años, todos los sábados por la noche. Haga calor, lluvia, nieve o truene. Y la cuñada de Sagra insistió mucho para que volviéramos a cenar al mismo restaurante.

A la hora de la cena, comprendimos su insistencia: con Sagra y mi mujer, la cuñada quería aumentar la cuota femenina ya que ella casi siempre cena con su marido y tiene a su alrededor a una docena de amigos solteros que rondan los cincuenta años. Tenía ganas de no ser una vez más, la única mujer de esa gran mesa alargada.

Las frías cifras del Instituto Nacional de Estadística han venido hablando durante los últimos años del despoblamiento de las provincias limítrofes de Madrid en favor de la capital. De lo que no suelen hablar las cifras es de la soledad de los que se quedan.

Por esos campos la vida es bastante dura. Muchos son ganaderos y pasan solos todo el día cuidando sus rebaños. Con las horas que echan entre los establos y el monte les queda muy poco tiempo para hacer vida social. Sólo el sábado por la noche olvidan becerros y corderos, para relajarse cenando con los amigos. La cercanía de Madrid hizo que las mujeres de la zona emigraran a la ciudad a ocuparse en otras actividades,  dejando el campo a cargo de sus padres y hermanos. Sagra, una chica lista, se fue a Madrid. Allí estudió medicina y hoy pasa consulta en un Centro de Salud de la capital. Las comarcas serranas de Segovia y Guadalajara se fueron despoblando y los que se quedaron fueron principalmente varones y ancianos.

En los noventa empezaron a llegar las dominicanas. Al parecer un ganadero adinerado de la zona hizo un viaje a Punta Cana y volvió con una morenaza guapísima que le convirtió en el tío más envidiado por sus vecinos. La pionera consiguió traer a su familia arreglando matrimonios de su parentela con otros pueblerinos. Luego a alguien se le ocurriría, que para qué viajar hasta el Caribe. Mejor traer solteras desde Madrid a que conozcan la zona durante una fiesta popular. Inventaron entonces las caravanas de mujeres. Un pueblo con muchos vecinos solteros montaba una verbena en la plaza principal y fletaba un autobús con todas las solteras que se quisieran apuntar, para pasar un día de fiesta, haciendo amistad con pueblerinos que dejaban caer enseguida la posibilidad de matrimonio si la cosa marchaba. La película de Iciar Bollaín retrata una de estas caravanas. Los pocos matrimonios que surgieron de ellas no fueron especialmente felices. Algunas extranjeras buscaban resolver su situación irregular en España casándose con campesinos solitarios, con los que tenían muy poca afinidad y les dejaron nada más obtener el permiso de residencia. Muy pocos enlaces cuajaron.

Los que permanecieron solteros, hoy están más viejos y con pocas ganas de caravanas de mujeres. Algunos se han apuntado a Internet y resuelven en chats lo que antes había que resolver con una verbena. Y vuelven a aparecer las de fuera. La actual crisis económica empuja a inmigrantes a buscarse la vida en medios rurales. Mujeres venidas de Europa del Este y de Latinoamérica empiezan a asomar por esos pueblos, por lo que más de uno ya sabe lo que es echarse una novia extranjera. Para otros muchos la soledad empieza a hacerse muy dura, pues las madres ancianas van falleciendo y dejan hijos solteros acostumbrados a sus cuidados, a los que no enseñaron a prepararse ni un huevo frito ni a planchar una camisa.

He de decir que la cena con los solitarios segovianos resultó entrañable. Aunque se pasan la vida en el campo no les falta tema de conversación. Mientras pastorean oyen la radio con auriculares durante todo el día y se puede hablar con ellos de cualquier tema de actualidad. Son gente que dice las cosas con mucha franqueza y te aceptan en su mesa con sincera hospitalidad. Mientras discutían desde cuándo Castilla y León son una unidad, las bandejas repletas de comida desfilaban y terminé empachado por temor a no hacer desprecio. El tinto de la Ribera del Duero llenaba permanentemente las copas, así que no puedo recordar con detalle la agradable tertulia con estas buenas gentes. Ustedes me entienden.

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7 comentarios to “Los solitarios segovianos”

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En unos de mis viajes a Madrid, allá por los noventa, estaba compartiendo unas copas con un gran amigo, profesor de la Complutense. En el bar tenían encendida la tele y pasaban un programa de esos de “Talk Show”. Entre los invitados se encontraba un invidente (de unos 50-60 anyos, si bien recuerdo), quien expuso su caso: había conocido a una dominicana (mucho más joven que él), con quien se casó. Ésta quiso traer a su nuevo país a sus hijos que se encontraban en Santo Domingo, a lo que su nuevo marido no se opuso. Luego quiso la esposa dominicana traer a su madre, con lo que también estuvo de acuerdo el esposo. Y luego, cuando la esposa le comentó que quería traer a su ex-marido dominicano, el hombre explotó, alegando que viejo era, invidente también, pero no gilipollas. Ya no recuerdo el final de aquella historia, pero creo que el hombre volvió a su soledad.

Un saludo desde Hungría,

Domingo Lilón

PS: La película que menciona Javier, “Flores de otro mundo”, muestra muy bien esa dura realidad: tanto la de esos solteros, como la dificultad de esas extranjeras, muchas veces en esos apartados y cerrados lugares. Como coincidencia, el lunes la proyectaré a mis estudiantes.

Hola Javier

Efectivamente el despoblamiento de algunas zonas rurales es increíble. Son numerosos los pueblos de la zona de la sierra de Madrid y de Guadalajara, que estando a menos de 1h de Madrid (atascos no incluidos) no tienen más de media docena de vecinos durante el invierno. Algunos incluso quedan completamente despoblados.
La falta de recursos y de espectativas de estas zonas obligan a sus habitantes a abandonarlas. Y esto ocurre particularmente con los jóvenes y aún más entre las mujeres.
La historia que cuentas no es tan extraña… basta con darse una vueltecita por la sierra norte de Guadalajara (a 1h de Madrid).
Por cierto, haces algún comentario sobre “Flores de otro mundo” y sobre el corderito de la zonas rural de la sierra del Ayllón en Segovia. Te comento, “Flores de otro mundo” se grabó en la misma sierra del Ayllón, pero en su vertiente sur, en la provincia de Guadalajara. En concreto se grabó en Cantalojas, que no es precisamente un pueblo tan pequeñito (bueno, tal vez si para alguien que vive en Madrid, y sobre todo para nuestros amigos mexicanos a los cuales aprovecho para saludar). Cantalojas es uno de los pueblos más grandes de la comarca (posiblemente el mayor) con sus 150 vecinos en invierno!!! (en verano la población se multiplica por 10). Pero en esa zona hay pueblos mucho más pequeños y en los que los problemas economicos, sanitarios, de falta de colegios… son enormes. En la mayoría de los pueblos de la zona viven menos de 20 personas y servicios como por ejemplo la venta de pan los reciben una o dos veces por semana de un señor que les lleva la comida en furgoneta. Asombro a menos de 1h de Madrid.
Por cierto, a todos los que tengais la oportunidad os recomiendo una visita a esta zona. Uno de mis mejores amigos es precisamente de Cantalojas… Allí también está el Parque Natural del Hayedo de Tejera Negra… una maravilla. Visita recomendada en otoño y primavera. Hay que pedir permiso de entrada en la Delegación de Agricultura de la Junta de Castilla la Mancha en Guadalajara. Vale la pena.
Os paso unos enlaces para que los que estais lejos conozcais un poco más de esta zona.
http://www.cantalojas.com/
http://www.arquitecturanegra.com
http://parquesnaturales.consumer.es/documentos/castilla_la_mancha/hayedo_tejera/index.php
http://www.ayllon.es

Saludos a todos desde Guadalajara.
Antonio.

Javi: Siempre que te leo me transporto. Escribes en tercera dimensión y a color. siempre me encanta. Un abrazo.

Alex, me alegra que evoques España con lo que escribo. Felicitaciones a ti y a tu legítima por vuestro hijo.

Antonio, gracias por los enlaces. En cuanto llegue la primavera haré otra excursión a la zona. Hace tiempo que tengo ganas de visitar el hayedo de Tejera Negra. Ojalá pueda ser pronto.

Domingo, la próxima vez que vengas por Madrid escríbeme y a ver si después de tanta plática virtual, podemos vernos las caras, con un vinito delante, por supuesto.

Saludos a todos desde Madrid.

Javicho.

Gracias, Javier, por la invitación, que tendré muy en cuenta. En uno de mis viajes a Madrid te contactaré. Será un placer conversar contigo.
Un saludo desde Hungría,

Doingo Lilón

Javier,
Cuando llegue la primavera, si te acercas por aquí, a ver si podemos quedar y conocernos… (yo tambien me apunto a los vinitos, je je). A fuerza de leeros os siento a todos un poco conocidos, aún sin habernos visto.
Lo mismo va por todos los demás, por supuesto.
Saludos a todos
Antonio

Hombre, Antonio. Será un gustazo tomar contigo unos vinitos por esas sierras. Te escribiré cuando suba por allá. Saludos,


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