Roberto Killmeate, Mercado de la Estepa

Posted on 19 enero, 2009. Filed under: Walter Duer -Buenos Aires | Etiquetas: , , , |

Por Walter Duer / Buenos Aires

 

4 de julio de 1976. Un grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) ingresó en la parroquia San Patricio, en el barrio de Belgrano, y asesinó a tres sacerdotes y dos seminaristas de la orden de los palotinos, con el lema: “esto les pasa por envenenar la mente de la juventud”. Seguramente, los asesinos que perpetraron esta masacre creyeron que habían eliminado a todos los miembros de este pequeño grupo y erradicado las ideas de esta porción de la iglesia, que traía una propuesta pastoral diferente a la tradicional, más involucrada en los problemas sociales de la comunidad y reconocida por visitar barrios marginales o movilizar jóvenes.

 

Pero se les escapó un pequeño detalle: Roberto Killmeate o, como lo conocen todos, Bob. “Justo en esa fecha estaba en Medellín, Colombia, terminando mis estudios, por lo que puede decirse que soy el único sobreviviente”. Ocho años atrás, Bob había dejado sus estudios de derecho, influenciado por el documento de los obispos en la Conferencia de Medellín, cuyo mensaje de compromiso de los sacerdotes en el cambio social de América Latina le abrió la cabeza. “Ingresé en el seminario de los palotinos y, después de unos años en Brasil, en 1973 volvimos con esos compañeros, los que fueron asesinados, al país”.

 

Enterado de la suerte que habían corrido sus antiguos colegas de estudios, Bob regresó a la Argentina, pero fue rápidamente “movido”, para su protección, hacia Inglaterra, Roma e Irlanda. De regreso de su periplo forzado por Europa, cuando se enteró de que su vida todavía corría peligro, viajó por América Latina observando y conociendo las realidades de las comunidades campesinas. “Fue un aprendizaje clave, ya que vi una nueva dimensión de la pobreza, que no se reducía solamente a la falta de recursos económicos sino que estaba relacionada con la ausencia de acceso a los derechos y a la dignidad”, describe.

 

“Lo más doloroso fue que la Iglesia Católica impuso el silencio sobre el asesinato y, por ser yo uno de los ideólogos de la acción social que desarrollaba la parroquia y que derivó en el acto criminal de la gente de la ESMA, demoró mi ordenación hasta 1978”. Pero no sólo eso: cuando le dieron el permiso, el 22 de mayo de ese año, hubo una condición: que sólo podía predicar su sermón en la misa de los niños, en la misma San Patricio. Lejos de callar a Bob, la estrategia de silencio eclesiástica lo movió a alzar su voz. “Fue una pelea constante contra el sistema, lo que yo quería era poder dedicarme a la acción social”, recuerda.

 

Movimiento continuo

 

Sus superiores no contaron con el espíritu rebelde del joven Killmeate, que desde esa posición siguió sus andanzas. Primero, organizó a los padres en una cooperativa de autoconstrucción de viviendas, llamada CAVE, para un grupo de pobladores de muy bajos recursos económicos en una villa de emergencia en Munro, en la provincia de Buenos Aires. Para eso, ideó un sistema de financiamiento (una cartera de socios de la parroquia más la colecta dominical de la misa de niños) que sirvió para erigir nada menos 47 hogares en el período 1979-1981, en un terreno donado por uno de los feligreses. “Además, como los beneficiarios debían devolver parte de los fondos, esto permitió construir 28 viviendas más”, se enorgullece el actual creador del Mercado de la Estepa.

 

Al mismo tiempo, creó una escuela de formación de líderes para niños, y desarrolló nuevas pedagogías para chicos en la misa. “Las acciones empezaron a hacer cada vez más ruido y eso preocupó una vez más a la gente de la iglesia, que tomó una decisión de raíz: me mandó a un pueblo aislado en Santiago del Estero”, cuenta Killmeate, confesando que en privado una alta autoridad eclesiástica le habría dicho: “ya que te gustan tanto los pobres, acá vas a tener un montón”.

 

Así fue como Killmeate apareció con una maleta mínima en Los Juríes, una localidad que está a 110 kilómetros de Añatuya o, dicho de otra manera, a casi 300 kilómetros de la capital provincial. “De repente era el párroco de una ciudad con 2000 habitantes, que no tenía ni agua ni luz, y sufrí una fuerte desesperanza”, confiesa Bob, que todavía recuerda emocionado cuando “los laicos de San Patricio se movilizaron para que me quedara con ellos, pero no tuvieron ningún resultado”.

 

Si la expresión “le salió el tiro por la culata” tiene algún espacio propicio para mostrarse en todo su esplendor, el caso de la Iglesia Católica argentina y Bob Killmeate es perfecto. Porque a los seis meses de estar “confinado” en este rincón del país, don Roberto estaba de nuevo haciendo mucho ruido, esta vez como cabeza de familias que habían sido expulsadas de sus propias tierras.

 

Con talento para los problemas

 

El propio Killmeate afirma que “tengo una gran capacidad para encontrarme con los problemas”. Es que al poco tiempo de estar en Santiago del Estero, se topó con una familia que había sido desalojada de su campo por la policía, luego de que se presentara un terrateniente aduciendo ser dueño de ese espacio. “Trabajando por esta gente en particular, se destapó una olla gigantesca: la de la realidad santiaguina, de familias que vivieron durante generaciones en un mismo lugar sin haber conseguido nunca un título de propiedad”.

 

Así se creó el MOCASE (Movimiento de Campesinos para la Recuperación de Tierras), el más importante en su tipo en la Argentina. “Vimos una cantidad de estafas muy elevada, como por ejemplo que llegaba una persona en representación de una empresa y le hacía firmar papeles a un poblador con mentiras sobre compras futuras de bienes o servicios”. Esos “papeles” eran ni más ni menos que contratos de locación, por lo que quien firmaba perdía sus derechos de posesión sobre la tierra.

 

“Me subí a una ranchera que tenía en ese momento, instalé unos parlantes y salí a los campos a explicar la situación: sin quererlo, me convertí en un líder campesino”, señala Killmeate, que también se ocupó de viajar a Europa para realizar gestiones frente a la cooperación internacional y obtener los fondos que le permitieron lanzar PROINCA, una organización que capacitó y empoderó a comunidades campesinas en el derecho a la tierra. A su regreso, además, instaló una mesa de concertación entre las comunidades y el gobierno provincial y creó una Comisión Central Campesina.

 

La lucha por los derechos de la tierra duró entre 7 y 8 años y fue muy dura, porque significó enfrentarse con rivales poderosos, como el gobierno feudal de Juárez. Sin embargo, se lograron recuperar efectivamente 177.000 hectáreas. “Lo más importante fue que pude dejar capacidades instaladas y lograr que se haga visible un problema que antes se tapaba”, asegura. Eso le dio la tranquilidad de que ya podía retirarse del conflicto, que había generado mucho desgaste no sólo en su persona, sino también en la relación entre la Iglesia que él representaba y los gobiernos y las empresas que querían adueñarse de las tierras. “Pedí una dispensa y me compré una chacra en Río Negro”, concluye Bob.

 

Espíritu inquieto

 

La chacra quedaba en la tranquílisima localidad de Cinco Saltos, en plena Patagonia. Un lugar ideal para echarse a descansar luego de tantos años de trajín. Sin embargo, Killmeate no parece ese tipo de personas capaces de recostarse durante varias horas en una hamaca paraguaya a ver pasar el tiempo. A poco de haberse instalado, y luego de haber devorado toda la literatura disponible sobre agricultura y horticultura autosuficientes, organizó un modelo que se convirtió en paradigma, por lo que su granja comenzó a ser visitada por alumnos de las universidades de la zona.

 

“Fueron años de intenso conocimiento del mundo rural, durante los cuales viví en carne propia los problemas y las crisis características que atraviesa un pequeño productor”. Comprendió que uno de los mayores problemas que enfrentan es la incapacidad de comercialización conjunta, y a la vez la falta de acceso a participar en las decisiones políticas que los afectan. De a poco, comenzó a liderar un grupo de pequeños productores en Dina Huapi, cerca de la turística Bariloche, con el objetivo de producir un cambio en la cultura de los pequeños productores. Así surgió Surcos Patagónicos, antecesora del Mercado de la Estepa, un sistema que transforma a pequeños productores rurales en ciudadanos capaces de hacer valer sus derechos y hacerse cargo de sus propios procesos de cambio. Utiliza la producción y la comercialización justa de productos de familias marginales como una excusa para que ellas no solamente mejoren sus ingresos, sino que reconozcan su propia capacidad para participar en la toma de decisiones, gestionar y acceder a mejores niveles de educación, salud y de otros servicios que provoquen un cambio sustancial y duradero a su calidad de vida.

 

Los productores que integran el Mercado son cada vez más. “Arrancamos con 25 familias, hoy somos más de 200”, apunta Killmeate, para concluir que “buscábamos resolver el problema más profundo, el vinculado a la falta de percepción que tienen los pequeños productores rurales marginales de sí mismos como ciudadanos que pueden gestionar un mejor acceso a servicios o participar en la toma de decisiones de las políticas que los afectan. A su pobreza y aislamiento históricos se suma que, por un lado no conocen los mecanismos de participación que están a su alcance, y por otro, no se atreven a utilizarlos”.

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6 comentarios to “Roberto Killmeate, Mercado de la Estepa”

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Muy buena ilustración de la diferencia abismal entre las comunidades de bases y sus representantes y la élite eclesiástica, que no vive en el mundo de los necesitados.

Muy buen post, Walter. Felicidades y agradecimientos por mostrarnos esta historia.

Un saludo desde Hungría,

Domingo Lilón

esto es una basura no sirve para nada
no es la informacion que buscaba

Hola Silvia. Quizá buscaste mal, tontaaaa.

Hace 30 años, Roberto Kilmeate (Bob) celebró mi matrimonio en la querida iglesia de San Patrico. Fue el cura más sensacional que conocí en mi vida. Y es un HOMBRE sensacional.
Lamentablemente, por la distancia, hemos perdido contacto con el. Sería muy importante para mí poder conectarme con él.

Realmente un groso este hombre, creo que realmente interpreta lo que Dios quiere de sus hijos, que podamos ser herramientas para la solución de problemas de nuestros hermanos. Un ejemplo de vida y lucha.

Hola Roberto soy el entrerriano que partipamos en el encuentro en dina huapi seria muy agradable comunicarme con ustedes saludos Hugo


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