Una incertidumbre que lleva treinta años

Posted on 15 diciembre, 2008. Filed under: Walter Duer -Buenos Aires | Etiquetas: , , , |

Walter Duer / Buenos Aires

 

Marco Antonio Beovic fue sacado de su casa en el barrio de Núñez, en Buenos Aires, por fuerzas paramilitares en diciembre de 1976. Más de tres décadas después, sus padres siguen sin datos sobre su paradero. Se trata de uno entre miles de casos similares.

 

3 de diciembre de 1976. Alejandro Beovic se despertó sobresaltado. Eran las 5.30 de la mañana y una serie de nudillos rebotaban contra su puerta de entrada, generando una estridencia que, aún cuando no sabía quién estaba golpeando, lo llenó de un cierto temor. “Buscamos a un tal Diego”, le espetó un señor vestido de oscuro, con anteojos negros, que no necesitó identificarse ni aclarar qué hacía allí a esa hora ni para qué buscaban a Diego. “Acá no vive ningún Diego”, respondió Alejandro con sinceridad, pero esa respuesta no fue suficiente para que los cinco hombres (había otros cuatro además del que habló), que parecían todos hermanos gemelos de lo parecidos que eran en contextura, corte de pelo (al ras, por supuesto) y vestimenta, entraran a pura prepotencia a revisar la casa, dieran con Marco Antonio, el hijo mayor de Alejandro. La imagen del chico siendo arrastrado hacia fuera es la última que conservan sus padres, porque Marco Antonio, que tenía apenas 20 años en ese momento, es uno más en la incontable lista de desaparecidos que dejó la última dictadura militar en la Argentina.

 

Muchas veces la vida se comporta con un sentido del humor bastante incomprensible. Porque si Alejandro Beovic llegó a la Argentina desde su Trieste natal fue porque sus padres eran alérgicos a los regímenes totalitarios y decidieron abandonar una Europa que, en la década del 30, mostraba sus primeros atisbos de lo que vendría de la mano de Hitler y Mussolini. Así, el padre de los Beovic, que había luchado en la Primera Guerra Mundial, decidió que no quería el mismo destino de sangre y muerte para sus hijos, por lo que huyó hacia la lejana América del Sur, sin imaginar que los gobernantes irracionales no conocen de fronteras.

 

Algunos años después, cuando Alejandro ya se confundía con el paisaje argentino como si fuese un nativo más, el destino lo cruzó con Ángela Marina Cadus, con quien se casó en 1955 y con quien tuvo a su primer hijo, Marco Antonio, el 20 de marzo de 1956. Cuatro años más tarde nacería también Miguel Ángel. Alejandro hizo sus mejores esfuerzos para generar en sus hijos la cultura del trabajo, de la honradez y del respeto. “Nunca fuimos una familia politizada”, afirma. Así, justo después de terminar el secundario, Marco Antonio empezó a estudiar Ingeniería Electrónica y a trabajar en Gajo, una empresa que prestaba servicios para IBM. “Llegaba a las 5 y media de la tarde de trabajar, se tomaba un café con leche y usaba la noche para estudiar”, recuerda Alejandro.

 

Sin saber por qué

 

Una de las espinas que los Beovic tienen clavadas y no pueden extraer es la de saber que su hijo pudo haber sido llevado por error. “Nosotros vivíamos en ese momento en una especie de conventillo, con otras siete familias ocupando otras casas, y justo en una de estas había un chico que se hacía llamar ‘Diego’ y del que muchas veces se decía que había sido uno de los responsables de la explosión en la casa de Lambruschini”, razona Alejandro. El atentando contra la casa del entonces Vicealmirante Armando Lambruschini fue un resonado ataque llevado a cabo el 1º de agosto de 1978, que dejó un saldo de tres muertos y diez heridos y que fue autoadjudicado por el grupo Montoneros.

 

“Además, Marco Antonio no militaba, ni siquiera estaba interesado en la política”, agrega Ángela, quien asegura además que en los 32 años que pasaron desde la desaparición de su hijo, no recibieron ningún indicio (como puede ser el contacto de viejos compañeros o alguien que se acercara a darles una explicación) que pudiera hacerlos sospechar de que Marco Antonio “andaba en cosas raras”, que es la forma idiomática que se utilizaba en la época para designar a los jóvenes militantes (fuesen terroristas dispuestos a utilizar armas de fuego o chicos de 17 años que repartían panfletos pro-democráticos, todos caían en la misma bolsa) y hasta para justificar las desapariciones.

 

Allí comenzó un peregrinar que, después de tres décadas, no despejó ninguna de las incertidumbres del primer día. Alejandro recorrió organismos oficiales habidos y por haber para encontrar algún dato sobre la situación de su hijo. “Fui al Ministerio del Interior, golpeamos todas las puertas, hicimos decenas de solicitudes de hábeas corpus y nadie nos decía nada”, recuerda, para luego aclarar que “a lo sumo, nos preguntaban: ‘¿y usted sabe en que andaba su hijo?’, con cara de soberbia”. Ángela, por su parte, comenzó a participar de las rondas de Plaza de Mayo, junto a las Madres. “En un momento nos dijeron que el Monseñor Bracelli, de la iglesia Stella Maris en Retiro, estaba ayudando a los padres de desaparecidos, pero desde que lo conocí me dio más la sensación de que tenía más voluntad de sacar información que de ayudar a localizar a nadie”, acusa Alejandro. Tampoco rindieron ningún efecto positivo las cartas enviadas a Karel Vaske, de la UNESCO, ni a Edmundo Vargas Carreño, entonces en la Comisión Internacional de Derechos Humanos. El advenimiento de la democracia, en 1983, tampoco ayudó mucho para esclarecer lo sucedido.

 

“Esto nos sirvió para una sola cosa: para descubrir quiénes eran nuestros verdaderos amigos, porque muchas personas con las que compartíamos un montón de cosas se nos alejaron de repente, como si fuésemos la peste bubónica”, indica Alejandro.

 

Escombros en la ESMA

 

Con todos los fantasmas de la desaparición de su hijo encima, Alejandro siguió trabajando como camionero, su actividad en ese momento. Entre sus tareas habituales, estaba la de juntar materiales de construcciones en volquetes e ir a dejarlos en alguno de los puntos de relleno, junto al río. Uno de esos sitios era el Club Policial, en la Zona Norte del Gran Buenos Aires, al cual no lo dejaron ingresar más luego del episodio de la desaparición de Marco Antonio. Y otro era nada menos que la ESMA (la Escuela de Mecánica de la Armada), uno de los centros de detención ilegal más reconocidos.

 

“Siempre me llamó la atención que, a diferencia de lo que ocurría en todos los otros lugares, en la ESMA no nos dejaban llegar hasta el borde del río, lo que facilitaba la tarea de las topadoras, sino que nos hacían parar unos diez metros antes”, razona Alejandro. “A las 17 ya no dejaban pasar camiones y de noche se escuchaba a las máquinas trabajando”, agrega, para completar la información diciendo que “para colmo, había un olor pestilente en la ribera”. Por todo esto, Alejandro concluye que sus escombros “tal vez servían para tapar otras cosas, pero entiendo que no se ha investigado mucho el tema”.

 

Pasaron 32 años y todavía no hay ni un solo rastro sobre Marco Antonio. “No puedo perder las esperanzas, porque si las pierdo, todo lo demás se acaba”, dice Ángela. “Para mí, mi hijo está vivo en algún lado, tal vez con algún problema por el cual todavía no vuelve, pero confío en que va a volver”, agrega con lágrimas en los ojos. “Esta casa la construimos en 1988 y la hicimos con cuatro habitaciones, una para nosotros, una para mi mamá y una para cada una de los chicos”, completa Alejandro, para dar la pauta de que a pesar de que en voz alta sostiene que su hijo está muerto, en el fondo también le queda una lucecita encendida.

 

La pared del living de la casa de los Beovic la adornan dos fotos de estudio: una de Marco Antonio, tomada un poco antes de la desaparición, y otra de su hermano, de la misma época. En el garage, reposa la moto a la que Marco Antonio no le da arranque desde hace más de tres décadas. Muchas veces, los argentinos de memoria más frágil apuestan a un “borrón y cuenta nueva” y acusan a muchas de las víctimas de la última dictadura militar de “mirar hacia atrás” en lugar de pensar en el futuro. Estando en casa de los Beovic, es muy sencillo darse cuenta de que no es que exista una voluntad de pensar en el pasado, sino que el tiempo, para ellos, se quedó congelado en la madrugada del 3 de diciembre de 1976.

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6 comentarios to “Una incertidumbre que lleva treinta años”

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Una entre cientos, tal vez miles de historias de horror e injusticia. Yo no me atrevo a acusar de nostálgicos y derrocha-tiempo a quienes no pierden la esperanza de saber donde esta su hijo, siempre he pensado que la incertidumbre es cruel.

Cuántas microhistorias aún por conocer! Gracias, Walter, por presentarnos ésta.

Un saludo desde Hungría,

Domingo Lilón

Walter gracias por compartir esta historia, una de tantas y tantas, pero que no se debe quedar en el olvido, todas las victimas tienen un nombre y es bueno saber de Marco Antonio.

Como pretender mirar al futuro si se ha quedado atrapado en el pasado? como cerrar un ciclo si se tiene desaparecido el ultimo eslabon? como pedir esto a una madre a un padre? es imposible…

La historia de los Beovic es muy dura; que eso le haya pasado a miles en la Argentina la convierte en tragedia. ¿Y cómo juzgar a Ángela o a Alejandro? ¿Cómo juzgar a Argentina? ¿Cómo pedirles, a todos, que miren hacia el futuro?

En 1999 murió uno de mis mejores amigos. Yo nunca pude verlo, ni en sus funerales ni en su entierro. Por eso, algunas veces suelo pensar que sólo es una broma de mi amigo y que un día -de esos en los que no esperas nada- voy a recibir su llamada telefónica. Se que esa llamada nunca va a llegar, pero yo sigo esperando…

hola mi nombre es marko beovic fernandez vivo enla serena chile , me gustaria tomar contacto con la familia beovic de argentina , no se si somos del mismo tronco genelogico ,pero el apellido es el mismo , me duele ver plasmado en estas paginas el horror de la dictadura y la muete como sea , de gente sencilla que una noche desaparecion , dejo mi correo para contacto
beovic@tie.cl

Soy Amelia Cadús, prima hermana de Marco, nunca supe nada de lo que le pasó a mi primo. Mi mamá no quería hablar de eso. Ni papá era el único que visitaba a su hermana y luego de su muerte en 1991 no supimos más de ellos. No nos sepsrsmos por miedo ni diferencias políticas sino por causas familiares y yo quisiera juntarme con mi familia, nos une la sangre y tal vez algunas otras cosas. Yo he marchado muchas veces con las Madres y con los HIJOS.


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