Cruzando el telón de acero

Posted on 19 octubre, 2008. Filed under: Domingo Lilón -Pécs, Hungría |

Por Domingo Lilón / Pécs, Hungría

Con toda seguridad muchos habrán leído el reportaje de Gabriel García Márquez De viaje por los países socialistas 90 días en la “Cortina de hierro”, escrito en 1957 y editado en la “Revista Cromos” de Bogotá. Las primeras líneas del reportaje son de un inimitable estilo del autor: “La cortina de hierro no es una cortina ni es de hierro. Es una barrera de palo pintada de rojo y blanco como los anuncios de las peluquerías.” Pues bien, el telón de acero no era tampoco telón y mucho menos de acero. Máxime de concreto, si lo asociamos al ex-Muro de Berlín. Voy a intentar recomponer varias historias personales y a lo mejor me pase lo mismo que, de nuevo, García Márquez experimentó cuando escribió que “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla” (Vivir para contarla, 2002).

Era finales de septiembre de 1982 cuando “crucé” por primera vez el “telón de acero”. Y lo hice de la forma más común y corriente: a través del Aeropuerto Sheremétevo de Moscú. Mi primer recuerdo fue algo jocoso y que luego comprendería al conocer mejor la sociedad y las costumbres “soviéticas”, más exactamente, su cierto puritanismo. Yo llevaba en mis manos una revista dominicana, la cual un joven guardia fronterizo me pidió para su revisión. Y es que de forma abierta no cualquier publicación se podía pasar, principalmente obras prohibidas allí (Mi lucha de Hitler, obras de Trotsky, etc.), o pornografía. El caso es que el joven guardia abrió la revista precisamente en donde aparecían unas fotos de una chica (ya no recuerdo si dominicana) en bikini y topless. Un poco confundido abrió otra página para quedar totalmente aturdido: en la página, junto a un artículo sobre el marxismo, aparecían las fotos de Marx, Engels y Lenin. Su educación y juventud parece que le impedían reconocer que en una simple revista podían tranquilamente aparecer una bella joven en bikini y también los padres del marxismo-leninismo. A pesar de mi oposición me requisó la revista. No sé si por cumplimiento de orden, para lo que estaba allí, o por el simple hecho de quedarse con ella y ver, además de las tres figuras del pensamiento comunista, a una bella mujer en bikini y en topless.

La otra historia no fue tan inocente y en su momento fue tétrica, aunque con el paso del tiempo quede como ridícula. Era invierno de 1985 y debido a un examen de derecho internacional había pedido a un amigo colombiano que comprara mi boleto de tren hasta Roma vía Hungría y Yugoslavia. Como no había tenido tiempo, no había sacado con anterioridad la visa de tránsito yugoslava, sólo la húngara. Y así partimos mi amigo Héctor y yo, él a visitar a un padrino suyo en Roma, yo a visitar la ciudad eterna. Sólo que con un problemita, que luego se convertiría en problemón: ambos pasajes figuraban en un solo boleto. Es decir, Héctor y yo seríamos viajeros siameses hasta Roma y viceversa. Todo iba bien hasta que llegamos, de noche, a la frontera húngaro-yugoslava. Allí, en territorio yugoslavo, un joven guardia fronterizo pidió el pasaporte colombiano de Héctor. Tras el típico y tópico chiste sobre colombianos, el guardia fronterizo sacó un libro y empezó a buscar Colombia. Al encontrarlo, le pidió a Héctor los 10 (¿O 20?) dólares que costaba la visa de tránsito (24 horas). Luego llegó mi turno. A ver, República Dominicana (sin chiste de ningún tipo): primera revisión al libro de los saberes, nada; segunda búsqueda, tampoco resultado alguno y a la tercera, la de la vencida, llamó a su superior. Resultado: yo no podía pasar a territorio yugoslavo, o proseguir el viaje. Tenía que regresar a Budapest para solicitar la visa de tránsito en la Embajada de Yugoslavia allí. Así que Héctor sí podía seguir el viaje a Roma, mientras que yo… Pero éramos siameses, al menos por el boleto. Así que a Héctor no le quedó nada más que compartir su suerte conmigo. De esta forma los yugoslavos nos devolvieron a Hungría. Y los húngaros nos quería encarcelar, porque habíamos pasado su frontera y utilizado ya la visa de tránsito húngara. Yo no lo podía, ni quería creer. Habíamos caído en un laberinto fronterizo del cual no podíamos ni ir hacia adelante (Yugoslavia), pero tampoco atrás (Hungría). Así que con muchos ruegos, y tratando de resumir la pesadilla, nos permitieron llamar a quien sería más tarde mi esposa, Erika, húngara de origen croata, quien nos tomó bajo su responsabilidad, tomó también nuestros pasaportes y viajó a Budapest para comprar otra visa de tránsito húngara, ya que las autoridades fronterizas húngaras impedían que Héctor y yo nos desplazáramos a Budapest ya que éramos “ilegales”. Con la distancia y el tiempo de por medio puedo ver ahora lo mejor de aquella situación kafkiana: nos “encerraron” en la cantidad del puesto fronterizo y allí no nos faltó comida, vino y cigarrillos, aunque Héctor no tuviese más ganas que salir de aquel Macondo centroeuropeo y balcánico.

La última historia ilustra más bien aquella imagen que se tenía de los alemanes orientales, al menos de los funcionarios o los líderes políticos, principalmente, los estudiantiles: de que eran “cabezas cuadradas”. Esto significaba que si algo escapaba del guión redactado de antemano, éstos ya no podían, ni sabían, reaccionar. Y sucedió que tenía poco dinero, un pasaporte casi al expirar y necesidad de viajar a Hamburgo para recoger una nueva libreta en nuestro consulado general. Y como te sacabas un documento internacional estudiantil, válido para los países comunistas, con el cual te hacían descuentos de viajes por tren de hasta un 50%. Sólo que el funcionario “cabeza cuadrada” de la Embajada de la DRR (siglas en alemán de la RDA) me exigía una constancia por escrito de la Embajada de la RFA de que yo, ciuidadano dominicano, no necesitaba visa para viajar por territorio de la RFA, para yo poder comprar la visa de tránsito de la RDA, por cuyo territorio quería hacer el trayecto ya que me era más barato. Al final viajé por Austria con un pasaporte ya caducado y que los húngaros no repararon en ello, los austriacos ni revisaron mi pasaporte ya vencido. De regreso sí pasé vía Berlín Oriental por territorio de la RDA. Con 10 marcos alemanes de occidente, que cambié ilegalmente en Berlín Oriental (ya no recuerdo cuántos marcos orientales recibí por ello), hice el trayecto hasta Pécs, haciendo paradas en Praga y Brastislava donde comí y bebí más que decentemente, trayendo todavía marcos orientales que descansan en algún lugar de mi casa aquí en Pécs. Así de barata, y complicada, era la vida por estos lares.

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2 comentarios to “Cruzando el telón de acero”

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Erratum: nos “encerraron” en la “cantina” (bar) y no en la cantidad como aparece en el post. Perdón.

Un saludo desde Hungría,

Domingo Lilón

Cuando uno no ha viajado tanto como ustedes, tiende a tener la romántica idea de los vastos campos, lindas flores, museos, paisajes extraordinarios y nuevas aventuras, pero no repara en el pandemónium que es atravesar fronteras con humanos necios y mal educados. Gracias por compartir lo que hoy son anécdotas, pero que en su momento los hicieron pasar sus malos momentos. Saludos.


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