El cuartito del horror y Murphy es colombiano y trabaja en migraciones

Posted on 15 octubre, 2008. Filed under: Walter Duer -Buenos Aires | Etiquetas: , , |

Por Walter Duer / Buenos Aires

EL CUARTITO DEL HORROR

Recuerdo la primera vez que viajé como invitado en calidad de periodista: fue en mayo de 1998, yo tenía sólo 23 añitos y me tuve que tomar un avión con unos cuantos colegas con destino a Nueva York. Recuerdo también que otro de los invitados, el más veterano del grupo y el que más millas había acumulado hasta ese momento sin necesidad de pagar ningún pasaje, me dio un consejo de esos que sólo el maestro Yoda puede dar, de esos que no deben olvidarse jamás: “en migraciones, no digas que sos periodista”, me dijo. No pasaron muchos años antes de que deba arrepentirme de no haber honrado sus palabras al pie de la letra.

A ver… este bueno señor me habló cual padre que intenta explicar a su hijo los misterios de la vida en una época en que las Torres Gemelas estaban erguidas, en que aquí un dólar se conseguía oblando un peso y en que, tal vez como consecuencia de los dos ítems anteriores, los argentinos ingresábamos a Estados Unidos sin visa.

Precisamente en mi primer viaje a la parte de Norteamérica que no es México ni Canadá luego del ataque al World Trade Center fue que tuve la mala idea de ser sincero con las autoridades aeroportuarias. Como descargo, puedo decir que la entrevista en la embajada me había dejado muy paranoico. No sé cuántos pasaron la experiencia justo en la época de la crisis, pero obtener la visa al reino de Bush en 2002 era, al menos, traumático. Es que casi todos los argentinos que aún guardaban algunos billetes tenían la fantasía de mandarse a mudar a cualquier lugar fuera de nuestros límites geográficos y los buenos funcionarios consulares yanquis (que, por otra parte, consideran desde siempre que su país es el mejor del universos y que todos, absolutamente todos, queremos vivir allí) no podían tomarse de tiempo de distinguir quién viajaba por trabajo (como era mi caso), quién a visitar a una madre en su lecho de muerte y quién con destino de ser lavacopas indocumentado ni bien venciera el período de vigencia de la visa.

Dentro de los límites de la embajada, debo reconocer, no había ni un atisbo de discriminación: nos trataban a todos como iguales. Es decir, como potenciales lavacopas. Por eso, debíamos responder un cuestionario (en mi caso, ante un funcionario que ni siquiera hablaba bien español, por lo que si me bochaba, tal vez lo hacía por las razones equivocadas) que en muchas preguntas rozaba cuestiones más que personales, delante de unas 200 personas que esperaban su turno detrás de nosotros. Porque uno tenía que decir cuánto ganaba, por qué había decidido dejar a su marido, cómo había descubierto que su hijo se drogaba o dónde había aprendido a armar bombas Molotov frente a una ventanilla símil banco en un cuartito de tres por tres atestado de personas ávidas de obtener el tan preciado documento.

Con ese bagaje a cuestas, pasé las 11 horas de un vuelo a San Francisco pensando sólo en qué poner en el papel de migraciones. ¿“Periodista” y faltar al consejo que me había dado años atrás una persona que de entrar en los Estados Unidos sabía mucho? ¿“Docente” y mentirles a esas personas que tal vez habían investigado mis antecedentes gracias a los miembros de la CIA que operaban en Buenos Aires, para ser descubierto y devuelto a mi país de origen? Ya con el avión aterrizando, no tuve alternativa que poner algo. Y puse la opción equivocada, por supuesto. Porque además de todo, vale la aclaración, había una visa específica para periodistas y otra genérica para viajeros de turismo y negocios. Yo había solicitado esta última, porque para obtener la primera era imprescindible trabajar en relación de dependencia con algún medio. Y yo era freelance.

Al oficial de migraciones que me recibió no le tembló el pulso. Apenas miró la tarjeta y detectó las letras que formaban la palabra “journalist” me señaló un cuartito y me dijo (en inglés, claro, el hombre no iba a aprender español sólo para mí): “espere allí por favor”.

Entré. Era un lugar muy pequeño, pintado del amarillo típico que toman las paredes cuando no han sido pintadas por años y con una iluminación muy blanca. Por alguna razón, no me sorprendió ver que todas las personas que estaban allí esperando su potencial deportación eran latinos. Entonces descubrí que la luz blanquísima tenía su objetivo, porque todos miraban las lámparas como hipnotizados. Me senté en un asiento vacío a esperar mi sentencia. Durante largos cuarenta minutos yo también miré la luz del techo. Tenía conmigo un libro interesante y todo, pero no podía dejar de ver la luz. Cuando ya estaba lo suficientemente atontado, apareció una señora rubia y gorda detrás de un mostrador y me llamó. Pero no como lo haría un funcionario de migraciones que está a punto de patear el culo de un sudaca, sino como una mamá que quiere que su hijo se acerque a comer a la mesa. Incluso usó mi nombre de pila, y le dio cierta musicalidad: “Wooooolter”.

Me acerqué y mantuvimos esta conversación en inglés:

– ¿Por qué tiene visa de turista si usted es periodista?

– Porque trabajo de periodista, pero aquí no estoy como periodista.

– Pero si usted es periodista, tiene que venir con visa de periodista.

– Pero para sacar la visa de periodista tengo que trabajar interno en un medio y yo soy freelance, por lo que si hubiera aplicado para la visa de periodista no me la hubiesen dado.

Me miró con desconfianza, como si por fijarme los ojos durante unos segundos yo terminara desarmándome y confesando que en realidad era un terrorista musulmán disfrazado de periodista argentino. “Espere que tengo que llamar a mi supervisora”, me dijo.

Fueron otros cuarenta larguísimos minutos, al cabo de los cuales, justo en el momento en que mi retina estaba a punto de estallar por la maldita luz, apareció la supervisora. No puedo describirla porque cuando pestañeaba el recuerdo de la luz generaba una película violeta en el aire que me impedía verla. Se dio más o menos la siguiente conversación.

– ¿Por qué tiene visa de turista si usted es periodista?

– Porque trabajo de periodista, pero aquí no estoy como periodista.

– Pero si usted es periodista, tiene que venir con visa de periodista.

– Pero para sacar la visa de periodista tengo que trabajar interno en un medio y yo soy freelance, por lo que si hubiera aplicado para la visa de periodista no me la hubiesen dado.

También me escrutó con detenimiento. Evidentemente, era algo que les habían enseñado en algún curso de defensa contra las artes oscuras, obligatorio para todo e personal. Al cabo de un rato, me despidió con una verdad de Perogrullo: “ahora vaya, pero la próxima vez que venga a Estados Unidos, si trabaja en relación de dependencia con algún medio, saque la visa periodista”.

.

Murphy es colombiano y trabaja en migraciones

Llegada a el aeropuerto de El Dorado, en Bogotá. Una especie de escenario ochentoso, como si se tratara de un decorado de película de Olmedo y Porcel que nadie desmanteló. Había dos puestos de migraciones abiertos: uno, atendido por un joven, tenía unas tres personas en la cola; el otro, a cargo de una señorita, estaba vacío. La lógica me garantizaba que tenía que dirigirme al de la niña, aunque una fea sensación me acompañó todo el recorrido hasta que llegué a su lado y le entregué mi pasaporte y mis papeles de ingreso al país.

No sé cómo estarán las cosas ahora en migraciones colombianas. Esta anécdota es de 2004 y, en ese momento, todavía los funcionarios cargaban los datos de cada uno de los que llegaban en un formulario del viejo y querido DOS, con pantalla de fondo azul y recuadros grises en los que se completaba la información.

La joven tomó mi pasaporte, lo abrió en la página donde estaban mis señas particulares, lo acercó y lo alejó de sus ojos para finalmente ubicarlo en un punto en el que el foco visual le quedaba cómodo. En ese momento comenzó el baile.

Lo que sigue es la descripción de la carga de datos en tiempo real. La voz pertenece a la funcionaria de migraciones: A ver… nombre… W (mirada rápida por todo el teclado tratando de identificar la “W”)… A (ídem)… L (ídem)… T (ídem)…

Y así con todas y cada una de las letras. Recuerdo que una de las cosas que más me sorprendió fue que cuando tuvo que ubicar por segunda vez la “E” o la “R” volvió a recorrer todo el teclado, como si además de ausencia de talento para el tipeo tuviese la memoria obstruida.

Con lentitud exasperante cargó apellido, estado civil, sexo, dirección en Buenos Aires, hotel en el que iba a parar en Bogotá, razones de mi viaje, fecha de llegada, fecha de salida, número de vuelo y aerolínea. La cola del otro puesto parecía la largada de los 100 metros llanos olímpicos: la velocidad con que la gente llegaba, presentaba sus papeles y salía al bochornoso clima bogotano me despeinaba el flequillo. Comencé a observar las esquinas que formaban las columnas con el techo, para detectar alguna cámara oculta y confirmar si se me estaba haciendo algún tipo de broma televisiva, pero no di con nada.

De repente, para romper el clima, se me ocurrió tirar una broma: “mire que sólo vengo por tres días”. Ese chiste mal ubicado me hizo perder otros dos o tres minutos, el tiempo que la niña tardó en soltar el teclado, levantar la vista, pensar qué le había dicho, evaluar si le causaba gracia, estimar que no le causaba gracia pero que debía hacerme pensar que sí, sonreír, bajar la vista al teclado, darse cuenta de que no recordaba por dónde iba, llevar la mirada al monitor, pensar qué letra seguía respecto de la última que ya estaba puesta y retomar la escritura.

Al cabo de un tiempo indefinible e infinito, pude ver que finalmente apareció un recuadro superpuesto a la pantalla con la leyenda “¿Están los datos correctos? Sí No”, en el cual la “S” del “Sí” y la “N” del “No” estaban subrayadas, indicando que si uno presionaba alguna de esas letras en su teclado estaba respondiendo la pregunta. La niña levantó su índice amenazador hacia el cielo y, por primera vez desde que yo estaba ahí, lo bajó sin dudar.

La paz interior me duró sólo un segundo. Porque justo después de apretar el botón que había elegido, la joven funcionaria (¿sería su primer día? ¿la gente que llega a Bogotá realmente tiene mucho tiempo libre? ¿me odiaba?) palideció y sólo atinó a decir “¡Ay!” al mismo tiempo en que utilizaba sus dos manos para cubrirse la cara y la pantalla azul volvía a mostrar todos sus cuadraditos grises vírgenes, ansiosos por darle la bienvenida a algún recién llegado a tierras colombianas.

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6 comentarios to “El cuartito del horror y Murphy es colombiano y trabaja en migraciones”

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Walter, ya sé que ninguna de las dos experiencias fue precisamente agradable, pero no pude evitar cuajarme de la risa un buen rato.

Saludos.

Que forma de narrar Walter, en verdad me transportaste al lugar de los hechos y ya casi le arranco los cabellos a la “niña;” de tu “resbalón” en el reino Bushito lo único que me queda por deducir es que nunca más te volverá a suceder creo.

jajaja Walter, es admirable la forma de narrar eventos tan desagradables con tanto humor, yo tambien me caia de risa aunque no puedo mas que coincidir contigo en que sacar una visa en la embajada gringa y consecuentemente ir a los EEUU y pasar migracion son cosas dignas de aparecer en la lista de las peores cosas que puedes pasar :-S
Saludos!

Me alegro que se hayan reído un rato. A la distancia, yo también me río. Y una cosa, Teresita: cada vez que viajo a Estados Unidos desde entonces coloco “docente” y me quedo con la sensación horrorosa de que alguien me va a parar y va a gritar: “pero este es el periodista de la otra vez”. En fin…

Jejeje
Esa paranoia está de lo mejor…
“Ese no es docente nada”… jajaja
Demasiado bueno

Buen relato viejo

Saludos a tod@s

Ay Dios! Sí que estas en un dilema, qué será peor ser periodista o mentir al llenar la formita, ni modo, gajes del oficio.


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