La vida en tránsito

Posted on 13 octubre, 2008. Filed under: Yolanda Yebra -Buenos Aires | Etiquetas: |

Por Yolanda Yebra / Buenos Aires

Nadine tenía prisa por llegar a un destino común: la vida. Tanto apuro tenía, que vino a este mundo en pleno tránsito donde nadie la esperaba, tan siquiera su madre, Rabat Ahmed: de camino entre Boston (Estados Unidos) y El Cairo (Egipto).

Su primera bocanada de aire estaba aderezada con oxígeno británico, el de un avión de British Airways que volaba a 700 kilómetros por hora cuando ella, viajera y sietemesina de nacimiento, decidió presentarse sin preámbulos. Luego, en tierra firme, vio el sol en el aeropuerto de Halifax, Canadá, donde la aeronave aterrizó de urgencia.

Como Nadine nació en el espacio aéreo canadiense, le concedieron esta ciudadanía; pero no vivirá en el país norteamericano, al menos de momento. Su madre también podría haberla naturalizado británica, por el pabellón de la aerolínea, pero la pequeña de año y medio tampoco reside en Gran Bretaña, sino en Egipto.

El especial caso de Nadine figura entre los 191 millones de individuos que residen fuera de su país natal (3% de la humanidad), la mayoría mujeres (51%). Si todos ellos integrasen un nuevo Estado, sería el sexto del mundo en cantidad de habitantes.

La mayoría de quienes salen de su terruño tienen la necesidad de hacerlo o se ven obligados a ello, como los emigrantes económicos y los refugiados. Otros muchos andan escondiéndose por todos los rincones viviendo sin ley. Y unos pocos son aventureros.

Buen número de profesionales también zigzaguea por doquier. Llevan la tarjeta de pasajero frecuente en una mano y el pasaporte desbordado de sellos en la otra. Hoy están aquí, mañana allá y consideran a la Tierra como a un solo país. Cada año protagonizan 131 millones de llegadas internacionales en viajes de negocios, apenas el 16% de los 900 millones de entradas fronterizas registradas por la Organización Mundial de Turismo. Entre estos profesionales se puede encontrar de todo: diplomáticos, directivos de empresas, corresponsales, deportistas, militares, estudiantes, científicos, músicos y demás. Para ellos, estar en movimiento es sinónimo de progreso laboral. La economía global los puso a caminar por razones menos ociosas que las de los turistas (430 millones de entradas fronterizas documentadas al año), o las de aquellos que visitan a amigos y parientes, peregrinan guiados por su fe religiosa, o se realizan tratamientos de salud en el exterior (225 millones de entradas anuales en conjunto).

A todos ellos los llaman “nómadas modernos”. La denominación incluye desde quienes exploran mundos ajenos y distantes enchufados a una computadora doméstica, hasta a los nuevos mercenarios; un ejército de Rambos de compañías de seguridad que operan como multinacionales, cotizan en bolsa y hacen el agosto desde los atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos. Son reclutados por doquier para actuar en zonas en conflicto. Sólo en Irak hay 48.000 “soldados de fortuna”; peruanos, chilenos, australianos, alemanes y, por supuesto, estadounidenses, los mejor pagados (más de 6.000 dólares mensuales), entre otras nacionalidades.

Tanto ir i venir impulsa la industria de lo portátil. Desde la tradicional casa rodante, hasta la hinchable de bolsillo. Morralitos fotosensibles que almacenan energía solar y emiten luz cuando llega la noche. Comidas deshidratadas, mineralizadas y vitaminadas que multiplican su volumen con un vaso de agua. Tarjetas de crédito de todos los colores. Conexiones sin cable: telefonía celular, Internet, GPS, nettops y un largo etcétera.

Se trata de un mercado de artículos cada vez más minúsculos, multifuncionales y poderosos para esta época en la que todo tiende a ser transportable y wi-fi, por eso de no estar atados a nada.

Una dosis de realidad

A los “nómadas modernos” se les rodea de un halo de admiración, “por la comodidad de idealizar la facilidad de los viajes como signo siempre liberador, sin hacerse cargo de los muros que se multiplican, de los turistas latinoamericanos cada vez más rechazados en los aeropuertos europeos y estadounidenses, o de los que ni llegan porque se extravían en el mar o el desierto”, plantea el filósofo y antropólogo argentino Néstor García Canclini, director del Programa de Estudios sobre Cultura de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Para el autor de La globalización imaginada, entre una veintena de títulos, el nomadismo es “un OSPI, un objeto sociológicamente poco identificable”.

“Más que una teoría de la movilidad contemporánea, el nomadismo es una generalización inaplicable. Carece de sentido agrupar en el mismo paquete a turistas, migrantes documentados e indocumentados, perseguidos políticos o religiosos, o mochileros en busca de viajes iniciáticos,” alega.

Nómadas de los de verdad quedan pocos: 40 millones, entre los 6.600 millones habitantes del planeta, y la mayoría ya son seminómadas, concentrados en asentamientos urbanos pobres, debido a la industrialización, a la expoliación de los recursos naturales y a conflictos armados.

Los casos se presentan a la vuelta de la esquina: las selvas de Brasil, Ecuador, Perú y Colombia. En este país, las FARC y los paramilitares ya exterminaron a la mitad de los nómadas nukak, porque sus tierras albergan petróleo y son viables para el cultivo de coca y de palma, con la que se elabora biocombustible. El ejército incluso los ha bombardeado en persecuciones a la guerrilla.

En otros confines, millón y medio de tuaregs aún vagan por el desierto del Sahara, que abarca a Argelia, Libia, Níger, Mali y Burkina Fasso. Los beduinos de Medio Oriente, unos 4,5 millones, pululan por Arabia Saudita, Siria, Jordania e Iraq. En homenaje a su nomadismo, si el presidente libio Muanmar Khadafy visitara la Argentina se instalaría en jaimas (tiendas de campaña) en la finca de Olivos, como es su costumbre en los viajes de Estado.

El reverso de la idealización del nomadismo tiene una cara triste, la de los emigrantes indocumentados y forzosos, y otra tenebrosa, la de los criminales. Para estos últimos, el vaivén geográfico forma parte de una existencia más allá del bien y del mal, y como es sabido, actúan y se mueven de forma organizada: terroristas (11.000 sospechosos, según Interpol); contrabandistas, que dentro de la región son fuertes en la Triple Frontera; y narcotraficantes, cuyas redes controlan zonas limítrofes de México, Colombia, Afganistán, Pakistán y China, por citar unos ejemplos.

En el inventario de “nómadas” ajenos a la ley deben figurar los piratas de mar, que surcan las aguas saladas del Cuerno de África y del sureste asiático, sobre todo entre Indonesia y Malasia.

También debe incluirse a miles de fugitivos y a los traficantes de armas, como Víctor Bout, capturado este año en Tailandia por suministro de armas a las FARC. La historia de este “lobo solitario”, el mayor traficante de artefactos bélicos del mundo, poseedor de seis pasaportes, políglota en siete idiomas y conocedor del terror en África y Medio Oriente, inspiró la película “El señor de la guerra”, interpretada por Nicolas Cage.

Los tratantes de expatriados sin papeles no pueden quedar fuera de la lista negra. En la frontera con Estados Unidos, los “polleros” ganan 10.000 millones de dólares anuales con el trasiego de seres humanos. En el estrecho de Gibraltar, entre Marruecos y España, se embolsan 75 millones de euros por los africanos embarcados en cayucos de papel mojado.

Los migrantes económicos representan la mayoría de quienes residen en un país diferente del que los vio nacer. Son 170 millones, 40 millones de ellos sin documentos. Filipinos, norcoreanos y peruanos vuelan a Japón; mexicanos, guatemaltecos, salvadoreños, nicaragüenses y cubanos entran por centenares a diario en Estados Unidos; magrebíes, subsaharianos, latinoamericanos y eslavos protagonizan las nuevas oleadas en Europa.

Los países receptores ven el fenómeno como una especie de plaga. A España, puerta atlántica y mediterránea de la Unión Europea (UE), llegaron más de 50.300 inmigrantes de forma ilegal en 2007 y fueron repatriados 92 de cada cien.

“La UE era el lugar donde las fronteras no se ablandaban sólo para los capitales y las mercancías, sino también para las personas, mediante la ciudadanía común, y para la cultura, gracias a programas de intercambio educativo. Hubo propuestas para ocuparse de los detonantes de la migración, invirtiendo y creando trabajo en los países expulsores. Pero últimamente, sin saber cómo gestionar los conflictos interculturales, la UE endurece su aislamiento hacia los extranjeros”, advierte García Canclini.

De poco sirve ponerle puertas al viento. Migrar es tan natural y tan antiguo como la humanidad; tenemos más de 40.000 años de práctica en la materia. La peculiaridad es que ésta es la era de la movilidad, con pasajes de ida y vuelta emitidos al compás acelerado de la globalización y de los avances tecnológicos en comunicaciones. Es la era en la cual las fronteras son, más que nunca, líneas imaginarias sobre las que se levantan muros ineficaces, como el del corredor migratorio más transitado: el de EEUU-México, la nación con más paisanos fuera de casa (12 millones).

Corredores como el norteamericano y el de Ucrania-Rusia, el segundo más concurrido, son utilizados por miles de hombres, mujeres y niños en busca de una vida mejor. No siempre la encuentran y a muchos se les va la vida en el intento. Así les sucedió a Yaguine Koita y Fodé Tounkara, de 14 y 15 años, hallados muertos por congelamiento en el tren de aterrizaje de un Airbus que tomó tierra en Bruselas procedente de Guinea Conakry. Uno de los adolescentes empuñaba una carta en la que pedía socorro para el desarrollo y la pacificación de África. Su historia conmocionó al mundo un 2 de agosto de 1999, y las cifras de migrantes fallecidos siguen nutriendo las estadísticas y los cementerios.

Con solo tener en cuenta los 317.000 millones de dólares enviados en remesas en 2007, según el Banco Mundial, se vislumbra cómo el dinero traspasa las fronteras con mayor fluidez y seguridad que la mano de obra: a razón de 10.000 dólares por segundo. Una buena porción de ese pastel la producen latinoamericanos y caribeños: nada menos que 66.500 millones de dólares, según el Banco Interamericano de Desarrollo.

Para bien y para mal

Viajar en plan intensivo o expatriarse para siempre tiene un yin y un yang. “El desarraigo, relativizar el país en que nacimos, descubrir que hay otros modos de comer, enfermarse y curarse, amar y celebrar” son parte de la experiencia, comenta el antropólogo.

El impacto del “nomadismo” es diferente para quienes lo practican en pro de su desarrollo profesional, cuyas empresas actúan como redes de contención y cumplen un rol patriarcal, y para quienes salen por necesidad o para salvar su vida. En este último caso, son muchas las almas que deben sentirse como cuando uno llora a solas. El número de refugiados, incluidos los palestinos, trepa a 15 millones, tantos como apátridas. Y los solicitantes de asilo suman 740.000.

Cada cual percibe de manera diferente su nueva realidad, el choque cultural, las ilusiones y el estrés de la adaptación, la nostalgia y la curiosidad o la crisis de identidad que puede llegar con los años. Algunos idealizan lo que dejaron atrás, o lo critican hasta el hastío. A otros termina resultándoles extraño volver a su tierra. Todo depende de su personalidad y de su experiencia vital.

¿Cuánto se pierde y cuánto se gana? No se puede medir, sólo sentir. Todo cambia y muchos minimizan el impacto, aplazan el duelo de la pérdida y el estrés, para dedicarle toda su energía a la adaptación. Otros somatizan su dolor. Algunos pierden mucho, incluso a sus parejas y el entendimiento con los hijos criados en el país receptor. Y otros terminan en el aislamiento social, en la cerrazón de los guetos o, por el contrario, con la agenda llena de nuevas amistades, detallan la psiquiatra argentina María Poulisis y la chilena Graciela Bar.

Lo ideal, según Poulisis, es que el viajero “tenga ductilidad social, una percepción progresista, flexibilidad y capacidad para aprender idiomas.” Su mejor consejo: “que el emigrante se construya una nueva red de contención sin perder los viejos vínculos, y que la sociedad tome conciencia de lo que supone expatriarse.”

Cuando se emigra, es poco frecuente descubrir el Edén y sentirse ciudadano del mundo. Para Canclini “la ciudadanía mundial fue una hermosa utopía nacida con el iluminismo, cuando no había aviones, ni satélites, ni Internet.” Sin embargo, “necesitamos más que nunca elaborar nuestra convivencia internacional con la mayor apertura, y facilitar la participación como ciudadanos plenos de quienes comparten con nosotros el territorio.”

“La tolerancia –dice el filósofo– es una forma insuficiente, a menudo mezquina, de ejercer el relativismo, bien definida por aquel antropólogo según el cual era como decir: ‘Eres diferente, pero te perdono’. Entre tanto, quienes somos obligados a vivir en distintos países o lo hacemos por elección, haremos bien en luchar por la extensión más generosa de los derechos y tratar de tener varios pasaportes.”

© (Se autoriza la reproducción de este artículo siempre y cuando se mencione a la autora y a Mundo Abierto)

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4 comentarios to “La vida en tránsito”

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Estaba pensando precisamente en la mañana que incluso como turista no todo es tan bonito como parece, a mí por ejemplo me encantaría pararme frente a la “Gran Pirámide” pero, no solo es la romántica idea, hay que afrontar el polvo, el calor y un buen de cosas a las que no creo adaptarme, por eso mis respetos a los que se atreven, yo me habría extinguido.

¡Excelente reportaje, Yoli!

Cuando García Canclini habla de conseguirnos varios pasaportes (conozco varios argentinos que los coleccionan), yo, que no tengo más que uno, lo interpreto en un sentido de identidad: me siento muchas cosas a la vez. Cada vez más global, por ejemplo, y cada vez más mexicano, y al tiempo, latinoamericano y occidental y un poquitín africano y migrante y exiliado y repatriado, e incluso un día me mandaron “con mi culo blanco a Europa”: quien lo hizo creyó que la identidad es algo que usamos para sentarnos.

Pero estas múltiples identidades se activan y desactivan de acuerdo a los estímulos y las necesidades, y nos pueden incluso proveer con las sensibilidad adecuada para cierto momento -o lo contrario.

¡Brillante repotaje! Nadie es profeta en su tierra. O mejor aún: esto confirma que la nacionalidad no es un mérito, sino una circunstancia. Te felicito.

hola, quisiera saber como contactar a la señora Yolanda Yebra. Gracias por su amable atención.


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