Usina de igualdades

Posted on 9 julio, 2008. Filed under: Walter Duer -Buenos Aires | Etiquetas: , |

Por Walter Duer / Buenos Aires

“Siento que me pasó un camión por encima”. Esa frase se usa habitualmente para explicar por qué uno se convirtió en una víctima del desgano. El caso de Beatriz Pellizari, en ese sentido, hasta puede ser considerado una paradoja: literalmente fue pasada por encima por un vehículo de gran porte (un micro de pasajeros, para ser más concretos), pero eso fue, en definitiva, la frutilla del postre que le dio la fuerza para seguir adelante y dedicar buena parte de su vida a un proyecto que hoy se llama La Usina y que tiene como misión promover un cambio de actitud con respecto a la discapacidad. Entre otras actividades, la organización genera campañas de concientización o junta de firmas para que se hagan cumplir las leyes de discapacidad existentes, lo que no es poco en la Argentina.

“Cuando tenía 17 años me fui de campamento con mi novio de entonces a Piriápolis. Un día se nos ocurrió ir al Chuy a hacer algunas compras”. Durante el trayecto de vuelta, el mentado micro se les vino encima. El joven perdió la vida y Beatriz quedó, como ella misma lo define, “muy destruida”. “Estuve un año y medio sin caminar y varios meses sin saber que él había muerto”, recuerda.

La operaron de una pierna infinidad de veces y hasta le recomendaron la amputación, pero luego el empeño de los médicos logró salvarla. La primera vez que volvió a pararse en la habitación en un segundo piso de un sanatorio montevideano, tras meses de estar acostada, le cayó la ficha: “tenía que empezar todo de nuevo, no sólo volver a caminar, sino también recuperar el espíritu”. Quien conoce a Pellizari hoy, con su peinado breve híper rojizo y una velocidad para hablar y para moverse que se hace difícil seguir, no duda ni por un instante de que ese propósito tenía que ser logrado.

Había que empezar cuanto antes a retomar la vida habitual, así que Beatriz no dudó y comenzó a buscar trabajo. Rápidamente logró una entrevista, con un pequeño detalle: en ningún lugar de su currículum decía que Beatriz se movía con bastones.

Soy lo que tengo, no lo que me falta
Apenas ingresó en la oficina del potencial jefe, Pellizari notó que el hombre frunció los labios, en clara señal de “problemas”. “Tengo la pierna fracturada, pero el cerebro me funciona diez puntos”, le dijo de inmediato. Hasta escondió sus bastones debajo de la silla para que su interlocutor no los viese y evitarle la incomodidad. “Me puso 40.000 excusas para evitar que yo arrancara, pero tanto trabajé en convencerlo que, finalmente, me contrató: vea lo que tengo, no lo que me falta”, lo conminó.

Años después, debido al deterioro que sufrió la economía uruguaya a principios de los 80, Beatriz decidió emigrar. Llegó a Buenos Aires y trabajó en diferentes empresas, siempre en áreas comerciales. En 1989 tuvo un breve regreso a su tierra natal, corriendo detrás de un amor, pero la desilusión la depositó rápidamente de nuevo en la capital argentina.

Ya establecida, se orientó hacia su vocación natural: trabajar en organizaciones sin fines de lucro. “Siempre había hecho trabajo voluntario, pero además estaba en empresas”, recuerda. Comenzó en la Camerata Bariloche en 1990 y, dos años después, recibió una invitación para ir a un curso sobre el desarrollo de fondos para las ONG. Allí conoció a Jacqueline de las Carreras, de la Fundación PAR, una organización que se ocupa de dar igualdad de oportunidades para personas con discapacidad, e intercambiaron tarjetas.

En diciembre de ese año, Pellizari recibió un llamado de PAR invitándola a unirse al equipo. Estuvo allí hasta 2000. “Todo hilvanaba: mi experiencia personal, los antecedentes de venir de una familia de clase trabajadora, mis estudios…”, analiza Beatriz. En 1999, por su trayectoria, fue nominada para obtener un premio de la fundación Ashoka que le permitiría crear su propia organización. Así nació La Usina.

El dinero como obsesión
“Las organizaciones sociales son las únicas que arrancan un negocio sin capital de inicio: los bancos no nos dan préstamos, ni aún sobre la propiedad”, parece quejarse Beatriz, sensación que se refuerza cuando agrega que “por otra parte, está mal visto que seamos personas rentadas, que vivamos de esto”.

El dinero una obsesión para las organizaciones sociales. “El 50 por ciento de nuestro tiempo se va en busca de financiamiento”, cita Pellizari. En ese sentido, las reuniones con empresarios muchas veces terminan en decepciones. “Hablar de dinero es mala palabra. Somos vistos como mendigos, no como socios estratégicos, pero yo me siento un par, no estoy debajo de nadie”, indica Beatriz, para completar que “a veces, me alcanza con que done horas y algunos datos de su agenda”.

Por todo esto es que La Usina está detrás de un hito en esto de desarrollar recursos: dejar de buscar donaciones y generar venta de servicios y desarrollo de emprendimientos con autosustentabilidad.

“Existe una diferencia básica entre yo y el director de una compañía: él tiene el budget al principio del año y en base a eso decide qué hacer; yo decido qué hacer y después salgo a ver si consigo los fondos. Nunca trabajé en una organización sin fines de lucro que tuviese presupuesto y planificación”, define con crudeza Pellizari

A menos en uno de cada cinco hogares argentinos vive una persona con discapacidad. Esto  impacta sobre 8.8 millones de habitantes, considerando el entorno familiar directo. “Nuestro contexto cultural, atravesado por fuertes paradigmas, no contempla la equidad ni la  diversidad”, señala Pellizari. Ese es el principal aporte que busca La Usina: generar una visión distinta, acercando a los ciudadanos a la temática de la discapacidad con propuestas innovadoras para construir una sociedad entre todos y para todos.

Entre otras cosas, la organización está formando una base de datos sobre el estado de las personas con discapacidad y organizaciones que las nuclean en el país para, por ejemplo, actuar de nexo entre las empresas y los trabajadores con discapacidad física o motora para que accedan a un empleo competitivo.

La Usina apuesta, fundamentalmente, a un cambio. Pellizari está convencida de que es posible, aunque el camino puede llegar a ser largo. “Uno es libre para cambiar las circunstancias de su vida todas las veces que sea necesario. Si algo no me gusta, lo cambio. Y si no puedo cambiarlo, me cambio yo”, concluye.

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2 comentarios to “Usina de igualdades”

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Una mujer que me llena de inspiración en un momento importante de mi vida, gracias Walter.

Wow, impresionante la manera en como las circunstancias han hecho a Beatriz más fuerte de lo que ya era antes del accidente.
Ahora cada vez que empieze a quejarme por lo que no tengo, pensaré en su frase “soy lo que tengo, no lo que me falta”.
Gracias!


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