El ombligo del mundo

Posted on 23 abril, 2008. Filed under: Walter Duer -Buenos Aires | Etiquetas: , |

Por Walter Duer / Hanga Roa, Isla de Pascua

Un misterio aún sin resolver en medio de una geografía que maravilla. Esa es, en pocas palabras, la propuesta de Isla de Pascua, un pequeño territorio aislado del resto de los sitios habitados del planeta, de un poco más de 160 kilómetros cuadrados y que sólo alberga unos 3.500 habitantes.

Cuenta la tradición oral que el pueblo rapanui llegó a esta isla hacia el siglo IV de la era moderna, liderado por Hotu Matu’a, su primer akiri, o rey. Desde entonces, la Isla de Pascua, como la llamó el explorador holandés Jacob Roggeween en 1722 (es que justo llegó un día de pascua) comenzó a escribir una historia repleta de leyendas y misterios que, aún hoy, deja muchos puntos que no han sido descubiertos.

El más conocido de estos secretos es también el más visible y el que atrae a mayor cantidad de visitantes de todo el mundo: el perímetro completo del territorio está custodiado por tótems de entre 1 y 11 metros de altura que reciben el nombre de moais. Estas estatuas están hechas de piedra volcánica, pesan varias toneladas y hablan de la gran habilidad que tenían los aborígenes de Rapa Nui (tal el nombre que le dan localmente a la isla) para tallar en la piedra y para trasladar estos gigantes a su morada final.

Los moais son sólo uno de los atractivos que tiene esta isla, que pertenece a Chile desde el punto de vista administrativo y a la Polinesia desde un punto de vista geográfico. Se habla tanto en español como en rapanui y para decir “hola” es necesario pronunciar “iorana”. Ubicada a más de 2.000 kilómetros de las islas más cercanas de Oceanía y a más de 3.000 de la costa chilena, es uno de los puntos más insulares del planeta.

Tiene un único núcleo urbano, Hanga Roa, que es donde se concentran los restaurantes, los hoteles (cómodos, modestos y muy limpios) y las casas de artesanías. También es aquí el único sitio de la isla en el que el teléfono celular tendrá señal y en el que habrá acceso a Internet. El concepto de “desconectarse” en vacaciones, aquí llega al límite. La gastronomía es de buen nivel, pareja en los distintos establecimientos, y los visitantes no pueden dejar de probar el atún, la máxima delicia del lugar.

Un viaje a la historia
Recorrer la isla no es del todo sencillo: en ciertos lugares la señalización es escasa y uno puede pasar de largo una atracción importante. Las alternativas para visitar todos sus rincones son muchas: desde micros turísticos con excursiones programadas hasta cabalgatas, pasando por caminatas, bicicleta o autos de alquiler.

La primera parada, casi obligada, es Orongo, en el sur de la isla. Es el único sitio en el que se cobra una entrada (de 10 dólares), que da acceso a todos los parques naturales y atracciones de la isla. Además, aquí hay guardaparques especializados que pueden contestar preguntas y que otorgan a cada visitante un mapa detallado de la isla, que ayudará bastante en los recorridos.

Orongo es una aldea reconstruida que permite revivir algunas de las costumbres cotidianas de las tribus locales. Se ven unos modelos habitacionales, petroglifos (dibujos rituales hechos en piedra) y el impresionante cráter del volcán Rano Kau: 1.500 metros de diámetro y 220 metros de profundidad.

Luego, el recorrido por los ahus (los altares donde se ubican los moais) variará según el gusto de cada visitante. Algunos de ellos son imperdibles: Te Pito Kura (con un moai recostado de 11 metros de altura, el más alto encontrado en su emplazamiento final), Tongariki (con quince estatuas y muy bien restaurado) y la zona de Tahai, que alberga tres ahus con una hermosa vista del mar como fondo. Uno de los altares ubicados aquí, el Ahu Ko Te Riko, es el único que conserva los ojos originales, cuyas córnea se hacían de coral y los iris de obsidiana. El mismo trayecto, no obstante, irá mostrando al viajero otros moais. Es importante tener a mano una guía detallada que ofrezca algo de información sobre lo que se está viendo.

Te Pito o Te Huane
Otros paseos asombrosos son los que pueden hacerse a las “fábricas” de moais. El volcán Rano Raraku es una cantera que se utilizaba para tallar estos gigantes. En sus laderas descansan unas 300 estatuas, algunas apenas tallándose, otras en medio del traslado hacia un destino final que nunca verían. Aquí puede verse un moai de más de 20 metros de altura que no llegó a sacarse de su emplazamiento. Se supone que el estallido social que llevó al casi exterminio de las tribus originales fue una situación urgente, que los obligó a abandonar sus tareas, lo que explicaría todo el “trabajo a medio hacer” que hay en este volcán.

Los moais tienen una especie de sombrero, llamado pukao, que se hacía con otra piedra, la escoria, de color rojizo, en una cantera diferente: Puna Pau. De nuevo, quien llegue hasta ese lugar verá cientos de estos “sombreros” desparramados aquí y allá. También se pueden visitar cavernas (Ana Kananga, Ana Te Pahu) o sitios arqueológicos con petroglifos (gráficos hechos en la piedra, el mejor es Papa Vaka).

En el Ahu Te Pito Kura hay una atracción adicional: una piedra perfectamente redondeada cuyo nombre original es “Te Pito o Te Huane”, que se traduce como “el ombligo del mundo”, el otro nombre que lleva la isla.

Los amantes de los deportes náuticos estarán en un sitio mágico para hacer buceo, porque la luminosidad en las profundidades es muy alta, casi como si uno estuviera en la superficie. En cuanto a playas, hay tres. La de Hanga Roa se usa más que nada como embarcadero. En el extremo norte, la de Anakena es un verdadero paraíso de arena muy blanca con un mar azul profundo (como se lo ve desde toda la isla), coronada por dos ahus: el Nau Nau, con siete moais, y el Ature Huki, que tiene otra estatua. A un kilómetro se ubica Ovahe, más solitaria, encerrada por una montaña de piedra negra.

Por la noche, la actividad termina temprano. Se destacan los shows con danzas típicas, como el sau sau, o recitales de grupos locales. En febrero se celebra la piesta de la Tapati, una celebración nacional que involucra canciones, bailes, tatuajes, vestuarios, competencias deportivas y otras tradiciones antiguas.

El viaje a Isla de Pascua, el “ombligo del mundo”, no implica únicamente un traslado geográfico, sino también una travesía a través del tiempo.

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6 comentarios to “El ombligo del mundo”

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y como se llega ahi? de chile? o de australia? o como? seria increible ir de mexico (el ombligo de la luna) al ombligo del mundo!

Suena fantástico, eso de el agua cristalina y el hecho de q hablen en parte español atrae mi atención, y la idea de viaje en tiempo ni se diga.

Pues hay de dos: la más fácil es volar desde Santiago de Chile. La otra es hacerlo desde Tahití. Cuál prefieres, Larisa?

Hablan español, Teresita, pero es la lengua del colonizador. A los pobres rapanúis les han hecho mil barbaridades los europeos, los peruanos y, por último, los chilenos, estuvieron a puntito de la extinción y Chile los tuvo encerrados mucho tiempo en una especie de campo de concentración, que era la propia Hanga Roa. Por eso no se sienten ni chilenos ni latinos, sino polinesios, y sueñan con la independencia.

Gracias por el “paseo” Walter! nunca pense que podria hacer un viaje asi en mi hora de comida ;)

Para llegar a Isla de Pascua hay sólo dos o tres vuelos semanales, dependiendo del momento del año. Uno hace recorrido ida y vuelta desde Santiago y el otro hace Santiago-Papeete, con escala en Rapa Nui. En una violación de charla ajena que cometí en el aeropuerto escuché a un funcionario diciéndole a otra persona que pensaban llegar a un vuelo por día en el transcurso de este año.

Tenía que ser algo malo deberían traer los “hombres blancos”


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