“Una bici, una play, una wii, mamá”: Madres Migrantes en Españ

Posted on 20 abril, 2008. Filed under: Catalina Gayà -Barcelona | Etiquetas: , |

Por Catalina Gayà / Barcelona

Me topé con el eslabón más triste, o mejor dicho viví este reportaje como uno de los más tristes que he escrito sobre inmigración. Ya sé que algunos dirán que peor es cruzar Centroamérica y México con 10 pesos o con nada en el bolsillo. Que más jodido es emprender una caminata suicida atravesando África y embarcarse en una patera para llegar a una sociedad hostil. Lo son; lo sé.

Aun así, confieso que yo viví las historias de las madres que tienen a sus hijos en su país y ellas trabajan en países ricos con muchísima tristeza. Mujeres rotas: con el corazón a un lado del mundo y con el cuerpo en el otro, en el mundo rico. Mujeres que con los años se sienten sólo cuentas corrientes para sus familias y unas desconocidas para unos hijos que sólo les reclaman cosas materiales: “Una bici, una play, una wii, mamá”, y lo de mamá por costumbre.

Estuve una semana recorriendo locutorios en Barcelona. Siempre era lo mismo: una mujer con una tristeza que no le cabía en el cuerpo, mirada triste y marcas de haber llorado dentro de la cabina. Era una madre. Luego, el desahogo cuando empezaban a hablar conmigo. Más lágrimas y una historia de miedos, fuerza y pobreza.

En todo el mundo dos millones de mujeres emigran cada año dejando a sus hijos en sus países de origen. En España, residen 1.700.000 mujeres inmigrantes, con una media de 34 años, el 80% de ellas empleadas en servicio doméstico, el comercio y la hostelería y muchísimas sin papeles. Los expertos explican que en ciudades como Madrid y Barcelona las extranjeras se emplean en sectores rechazados por las autóctonas como, por ejemplo, en el sistema del servicio doméstico como internas (de planta). “Es la respuesta del estado-nación a una prospectiva de demanda laboral que siempre ha supuesto que dicha ocupación es un trabajo de mujeres”, se lee en un artículo de Natalia Ribas, doctora en sociología y especialista en migración femenina.

El peso empieza en sus países. Su viaje fue acordado por consenso familiar: ellas trabajarían afuera porque para las mujeres es más fácil encontrar trabajo en la economía sumergida, los familiares (esposo, madre, hermanas) se quedarían con sus hijos y los criarían. Estarían tantos años fuera como hiciera falta para arreglar la casa y para que los hijos estudiaran o hasta que uno de sus hijas (siempre mujeres) las remplazara.

Estas mujeres acaban ocupando el papel que las mujeres han tenido tradicionalmente y que si no hubieran emigrado ocuparían, en parte, en sus países: cuidan a niños y a abuelos. “Yo me agarré a las dos niñitas que cuidaba como si fueran mi hijo. Lo acababa de dejar en Guayaquil con mis padres”, explica Nancy. “Salimos para cuidar a niños y nosotros dejamos a los nuestros en nuestro país”, dice Lybia María.

Contradicciones: la mujer en Europa busca espacios y esos lugares los ocupan otras mujeres que se encuentran en situación, la mayoría de las veces, de explotación. La sociedad o el Estado del Bienestar no es capaz de generar sustitutos sin tener que explotar a otros, a otras mujeres.

Aquí hay parte de las historias que publiqué en El Periódico de Catalunya. Salió un domingo y durante la semana siguiente, recorrí los locutorios para dejar ejemplares. Los que me conocen saben que yo soy bien vaga para eso, pero esta vez no pude no hacerlo.

UNA HISTORIA, UNA CABINA. En la cabina 5 está Nancy Ramos enganchada a un teléfono del locutorio desde hace 20 minutos y discutiendo con su madre el tiempo que el hijo de Nancy, Simon Jesús, debe jugar con la playstation ahora que está de vacaciones. Su madre, Dora, y su hijo están en Ecuador; Nancy vive en L’Hospitalet y lleva físicamente separada de su hijo dos años. A su lado, en la cabina 6, una mujer boliviana intenta explicarle a alguien que los 50 dólares que envió eran para comprar un regalo para su hijo y no para malgastarlos. “¡Es su cumpleaños!”, grita al auricular. La mujer de la cabina 6 empieza a llorar con desespero. En la 5, a Nancy también le resbalan las lágrimas. Simon Jesús hoy no está muy hablador. Tiene 5 años y le dice a su mamá que quiere jugar a la play. Nancy sabe que “es normal”, pero eso no quita lo triste. Hoy le ha dicho: que se portara bien, que hiciera caso a la abuela, que si se tomaba las vitaminas de naranja, que lo llamaba mañana. El niño ya se había escapado. El locutorio de L’Hospitalet se llena poco a poco de mujeres que acuden a hablar con sus hijos. En España, son las 20.00 horas, en Ecuador, las 13.00. En Bolivia y Paraguay, las 14.00. En Colombia, las 13.00.

Lo primero que mira Lybia María cada vez que cambia de trabajo -y ya ha pasado por varias casas cuidando ancianos y niños– es si en el barrio hay locutorios. Desde el martes, trabaja interna en una casa cuidando a un anciano en la zona de Sant Adrià. Está contenta: hay locutorios cerca de la casa porque es un barrio más popular. Hace unos meses trabajaba en La Bonanova -un barrio de clase alta– y buscar cada noche un locutorio desde donde poder llamar a sus dos hijas en Colombia era una larga excursión. Claro que no dejaba de llamar religiosamente entre las 19.00 y las 20.00 horas. Escuchar a Daniela, de 11 años, y Alejandra, de 15, le da fuerza para seguir en España. Por ellas está aquí; es a ellas a las que manda el dinero para que “no les falte de nada y puedan tener una buena educación en Colombia”.

Nancy Ramos y María Lybia son madres transoceánicas. Trabajan en España, pero tienen sus hijos al otro lado, en sus países natales. Esa hora, media hora, a veces 15 minutos y otras veces hasta dos horas que pasan en el locutorio les permite seguir ejerciendo de madres a la distancia. Algunas como Argentina, de Santo Domingo, dejaron a sus bebés hace nueve años; otras como Gloria, de Paraguay, hace solo ocho meses. Todas están convencidas de que ellas tienen que estar aquí, en Europa, para darles una mejor educación a sus hijos allá. Aseguran que eso solo se consigue enviando dinero a sus países y aunque consideran la posibilidad de traerlos lo ven como algo lejano, muy lejano. Mantener el contacto con los suyos es la única manera de seguir presentes y eso lo hacen a través de los locutorios. El mensaje electrónico es frío; el teléfono es la mejor vía y el locutorio, lo más barato.

Lybia María tiene 42 años y cada mes manda entre 600 y 700 euros a Colombia. Así mantiene a su esposo, que gana el equivalente a 6 euros por cada jornada de 16 horas de trabajo, y puede educar a sus dos hijas. Nancy tuvo a su niño en España, pero aquí no podía educarlo. Madre soltera y extranjera no le daban ni el sueldo ni las horas para poder estar con su hijo. Lo llevó con su madre, pero habla de él como si supiera que hace cinco minutos hubiera bostezado. En Guayaquil, pusieron una foto enorme de ella en el salón. Simón Jesús sabe que la de la foto es su mamá que está en España trabajando.

Nora Rodríguez, pedagoga y autora de Educar desde el locutorio. Ayuda a tus hijos que sigan creciendo contigo, explica que lo primero que la sociedad y estas madres deben aprender es que “no hay un único modo de vivir en familia”. “La madre sigue educando desde la distancia y ellas mismas sacan unas fortalezas que desconocían y que por haber dejado a sus hijos se elevan”, explica. Para Rodríguez, lo más importante es que no pierdan ni el vínculo ni el apego y que no se conviertan en papá Noel, es decir, ni solo les envíen regalos ni les pinten un panorama en el aquí todo es un paraíso. Lybia María lo tiene claro. “Durante los dos años que llevo aquí, yo les soy sincera les digo que trabajo muchas horas y que no es fácil. A veces, me gustaría que mi marido me dijera que me necesita a su lado, pero eso no es posible”, dicen.

“Me pierdo el ver crecer a mis hijas. La pequeña me dice que está creciendo y eso yo no lo veo. No sé si vale la pena”, dice.

EL DESAHOGO. La voz ha corrido. Al empezar el reportaje, acudí a varias asociaciones de mujeres inmigrantes para que nos pusieran en contacto con madres transoceánicas. Desde las asociaciones, pasaron el reclamo. Mi teléfono empezó a sonar. Algunas mujeres solo llamaban para decir que ellas también han tenido que venir a España sin sus hijos y que no se sienten bien por ello, pero que no han tenido más remedio y que esto no las hace “malas madres”. “Lo hago por mis hijos para que tengan una mejor educación”, dicen. Una mujer anónima explicaba que sus hijos solo la ven como una fuente de dinero y que solo le piden cosas. Otra decía que ella no se podría haber ido sin sus hijos. Nada más.

En los locutorios, si una mujer hablaba, las otras empezaban. En algún momento, todas lloraban. Argentina es de Santo Domingo hace tres años que no viaja a su país, donde dejó a tres hijos. Ahora ya es abuela y acude a hablar con su familia desde un locutorio cercano al mercado de Santa Caterina Está convencida que allá estaba mejor que acá, pero no sabe cómo arreglarlo porque la familia necesita el dinero. Llama cada semana y dice casi no puede hablar con sus hijos porque cuando se ponen al auricular no para de llorar. “Les digo que los quiero mucho y que se cuiden. Ellos están con su papá y con su abuela paterna. Quizá si hubiera estada allá, ahora no sería abuela, ¿quién sabe?”, se pregunta.

Gloria es paraguaya y saca la foto de su niña de seis años muy bien guardada en un sobre blanco dentro de su bolsa. La dejó hace ocho meses y no puede hablar porque las lágrimas le tapan las palabras. “Lo hice por ella. Ella no quería, pero qué remedio tenía. La dejé con mis padres. Ella está bien”, afirma. Su hermana la consuela. En cada cabina se vive una historia. “La mayoría vienen los fines de semana. Muchas salen llorando por eso se nota que tienen hijos allá”, dice el dueño de un locutorio en la calle de Sant Pau, en el Raval. De lejos, detecta a las madres. Sabe quién entra a hablar con sus hijos y quién no y hasta las conoce. Nancy ha pasado tantas horas en el locutorio que en uno de tantos conoció a su pareja. “A veces me gustaría que mi marido me dijera que me necesita a su lado, pero no se puede. Vas a escribir una historia triste, pero es que nuestra historia es triste”, dice Lybia mientras chatea con su hija y su marido.

El reportaje acabó. Unos días después Lybia me dijo que era la primera vez que les daban voz y que así la gente sabría que no solo sirven para trabajar. Una de las presentadoras de una emisora latina en Barcelona me dijo que ahora faltaba la otra parte: la de los hijos que se quedan allá. Los mayores, como era su caso, se asumen como adultos y crían a sus hermanos.

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3 comentarios to ““Una bici, una play, una wii, mamá”: Madres Migrantes en Españ”

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Es bien difícil comprender la situación hasta q la vives tan cerca como la viviste tu.

Es desgarrador lo que describes, Catalina. Lo más triste es que en muchos casos esas mujeres que se sacrifican durante años para mejorar la situación de sus familias cosechan, al mismo tiempo, reproches por no estar con sus hijos y por no mandar suficiente dinero. Es una de las más ingratas situaciones en que una madre puede estar. Un buen proyecto de cooperación iberoamericana podría consistir en facilitar la creación de locutorios con webcams, y apoyando la compra de ordenadores y webcams en las casas de estas mujeres. Estoy seguro que si madres e hijos pueden verse mientras hablan, pueden fortalecer los lazos y aliviar, así un poco, la pena. ¿Con qué porcentaje del costo de una Cumbre Iberoamericana se haría realidad este proyecto?

Un relato genial, Catalina (y realmente terrible por lo que expones). Leí el reportaje que publicaste en El Periódico de Catalunya al mismo tiempo que “devoraba” el libro Carta de una desconocida, de Stefan Zweig. Cuando la protagonista del libro relataba los años que tuvo que pasar alejada de su amado, pensé en las historias que aparecieron en el reportaje, en la soledad que sienten y en todo lo que tienen que afrontar en otro país, solas y a miles de quilómetros de sus hijos, sus parejas, sus amigos… en definitiva, sus vidas (truncadas).

Carta de una desconocida: “No quería ser feliz ni vivir contenta lejos de tí; yo misma me quedé en un mundo lúgubre de mortificación y solitud. […] Sobretodo no quería distraerme de la pasión de vivir solamente en tí”


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