Pedir Perdón / Saying Sorry (una australiana, su nación y los aborígenes)

Posted on 22 febrero, 2008. Filed under: Invitados | Etiquetas: , , |

Por Vivienne Stanton

(Please, see original English version below.)

Hay un parquecito detrás de la casa donde viven mis padres, que a veces se convierte en sitio de acampar para grupos de aborígenes que vienen de fuera de la ciudad. Muchos prefieren dormir al descubierto, bajo las estrellas, que en hoteles u otro tipo de alojamiento. Se sientan en el césped, bajo las tupidos higueras Morton Bay, bebiendo, riendo y tocando música en un estéreo portátil. A veces, cuando han bebido demasiado, sus gritos hacen eco en el parque. Hay peleas. Sus sombras ruidosas sacuden el silencio del suburbio australiano; rompen como las tranquilas casas de clase media alta y las vallas blancas que los rodean. A veces, la policía los hace marcharse, pero ellos regresan.

Los vecinos mantienen la distancia. Para la mayoría, es lo más cerca que han estado de un aborigen de verdad (son menos del 2% de la población y viven sobre todo en áreas rurales, fuera de la ciudad). Su presencia refuerza el apartheid informal y callado que existe en la sociedad australiana entre aborígenes y blancos. La gran mayoría prefiere no pensar acerca del hecho de que en un país tan rico y próspero como Australia, nuestra gente originaria vive en un estado de pobreza, enfermedad y desorden que suele estar reservado para los países en desarrollo. Alcoholismo, aspiración de gasolina, males de los riñones, padecimientos mentales, diabetes, abuso infantil, violación, violencia doméstica… Las tragedias de la sociedad aborigen son la gran y silenciada vergüenza de nuestra nación, como un pariente enfermo cuyo nombre se menciona sólo en susurros.

La semana pasada, esos susurros se convirtieron en un clamor general, cuando el nuevo primer ministro australiano, Kevin Rudd, en su primer acto en el parlamente desde su elección en noviembre, presentó disculpas al pueblo aborigen.

A las 9 de la mañana del 13 de febrero, en lo que desde entonces se conoce como “Sorry Day”, el nuevo primer ministro se puso de pie frente a cientos de espectadores y dijo la sencilla palabra que el pueblo aborigen había estado esperando escuchar por generaciones.

De manera específica, pidió disculpas por uno de los periodos más nefastos de la historia australiana, entre los años 20 y 70 del siglo pasado, en que decenas de miles de niños aborígenes fueron arrebatados a sus padres y enviados a misiones religiosas y orfanatos en un intento de darles una educación “blanca” y, en el caso de los de raza mezclada, de borrar su negritud. Esta política pública es considerada ahora como inhumana, y aquellos que fueron afectados, conocidos como “Las Generaciones Robadas”, han demandado desde hace mucho tiempo que se les presenten excusas. Esto es algo que los gobiernos anteriores (temerosos de que fuera considerado una admisión de culpabilidad y que diera lugar a exigencias de compensación económica) había rechazado hacer.

El miércoles lo consiguieron. “Por el dolor, el sufrimiento y el daño a estas generaciones robadas, sus descendientes y por sus familias que quedaron atrás, pedimos perdón”, dijo Rudd.

Pasó entonces a detallar las injusticias e indignidades apiladas sobre los aborígenes desde que llegaron los primeros colonos blancos a Australia, hace 220 años. Pero fue la palabra “perdón” la que motivó la respuesta más fuerte en la multitud de 3,000 personas que se había reunido en los jardines del parlamento. Festejaron, silbaron y ondearon banderas. Lloraron y se abrazaron. A lo largo de todo el país se repitieron estas escenas frente a las pantallas gigantes sobre las que se proyectaron los sucesos, en grandes ciudades desde Perth en el oeste y Sydney en el este hasta Melbourne, en el sur. Hubo una exhalación casi tangible, un suspiro colectivo de alivio, mientras millones de televidentes de ojos lacrimosos lo miraban en sus casas.

Fue, escribió el periodista Paul Kelly en una columna para el periódico The Australian, “un acto esencial de contrición y un evento de confesión único para el alma australiana”.

No fue sólo una petición de disculpas para una generación robada, sino para una raza entera. Fue pedir perdón por los errores del pasado, por no haber manejado las cosas bien; por la vergüenza y el daño causado, y por el sufrimiento de otros. Fue un acto de compasión, más allá de la responsabilidad, una mano extendida, una sensación de que el que sufre no está solo.

Todavía falta mucho para hacer una diferencia en los problemas que enfrentan los aborígenes, para desenmarañar los años de destrucción y los complejos retos que enfrenta un pueblo cuyos valores, añejos y semi-nomádicos, son incompatibles con los del mundo desarrollado. Algunos podrían decir que pedir disculpas no va a ayudar a que se alejen del alcoholismo, paren de pelear, dejen de malgastar los millones de dólares que cada año fluyen hacia las comunidades aborígenes desde los departamentos gubernamentales. Más que nada, decir perdón es un acto simbólico. Pero los símbolos son importantes.

Hay muchas vergüenza: entre el pueblo aborigen, entre los australianos blancos por la manera en que el pueblo aborigen ha sido tratado durante años de dominio blanco, y por la manera en que ahora viven entre nosotros en enfermedad y miseria, ensuciando la imagen que tiene la nación de sí misma como “el país afortunado”, recordándole su fracaso, su inhumanidad, sus imperfecciones. Pedir perdón no puede borrar todo eso. Pero puede ayudar a aliviar la vergüenza, y eso, para mí, es una buena manera de comenzar.

Vivienne Stanton radica en México y acaba de regresar de su natal Australia. Esta es su segunda colaboración especial para Mundo Abierto. Traducción de Témoris Grecko.

Más sobre este tema en nuestra revista-blog: Australia Aborigen: Las Generaciones Robadas y Aborígenes en Australia: Pedirles Perdón o Dejarlos Solos.

SAYING SORRY

By Vivienne Stanton

There’s a small park behind the house where my parents live, which sometimes becomes a camping site for groups of Aborigines visiting from out of town. Many prefer to sleep outside, under the stars, than in hotels or other sorts of accommodation. They sit on the grass under the leafy Morton Bay Fig trees, drinking, laughing and playing music on a portable stereo. Sometimes, when they’ve drunk a little too much, their shouts echo through the park. Fights break out. Their noisy shadows shatter the silence of Australian suburbia; incongruous with the genteel, upper middle-class homes and white picket fences that surround them. Sometimes the police remove them, but they keep coming back.

The neighbours keep their distance. For most, it’s the closest they’ve come to an actual Aborigine (they make up less than two percent of the population, and live mostly in rural areas outside cities). Their presence reinforces the unspoken, informal apartheid that exists in Australian society between Aborigines and white Australians. The great majority prefer not to think about the fact that in a country as rich and prosperous as Australia, our earliest people live in a state of poverty, disease and disarray usually reserved for developing countries. Alcoholism, petrol sniffing, kidney disease, mental illness, diabetes, child abuse, rape, domestic violence – Aboriginal society’s woes make up the great, unspoken shame of our nation, like a sick relative whose name is mentioned only in hushed tones.

Last week, those hushed tones turned into a general roar, as Australia’s new Prime Minister Kevin Rudd, in his first act of parliament since he was elected last November, apologised to the Aboriginal people.

At 9am on February 13, on what has since become known “Sorry Day”, the new prime minister stood before thousands of onlookers, and said the one simple word Aboriginal people have been waiting to hear for generations.

Ostensibly, the apology was for one of the darkest periods of Australian history, from the 1920s until the 1970s, in which tens of thousands of Aboriginal children were taken from their parents and sent to missions and orphanages in an attempt to bring them up “white”, and in the case of half-castes, to erase their “blackness”. The policy is now discredited as inhumane, and those affected, known as “The Stolen Generations” have long demanded an apology, something previous governments-wary of admitting guilt and therefore sparking claims for compensation-have refused to give.

On Wednesday they finally got it. “For the pain, suffering and hurt of these stolen generations, their descendants and for their families left behind, we say sorry,” Rudd said.

He went on to outline the injustices and indignities heaped on Aborigines since white settlers first arrived in Australia 220 years ago. But it was the word “sorry” that drew the biggest response from the 3,000-strong crowd who had gathered on the lawns of parliament. They cheered, whistled and waved flags. They cried and hugged. There were similar emotional scenes around the country as giant screens broadcast the proceedings in major cities from Perth on the west coast to Sydney in the east and Melbourne in the south. There was an almost tangible out-breath, a communal sigh of relief, as millions of teary-eyed viewers watched on their TV screens.

It was, journalist Paul Kelly wrote in a column for The Australian newspaper, “an essential act of contrition and a uniquely confessional event for Australia’s soul.”

This was not just an apology to a stolen generation, but to an entire race. It was sorry for the mistakes of the past, for not having handled things better. It was sorry for the shame and hurt, and for the suffering of others. It was an act of compassion, regardless of responsibility, an outstretched hand, a sense that the one suffering is not alone.

There is still much to do to even to make a dent into the problems Aboriginal people face, to unravel the years of destruction and the complex problems of a people whose ancient cultural and semi-nomadic values are so incompatible with those of the developed world. Some could say saying “sorry” won’t help them stop drinking, stop fighting, stop misspending the millions of dollars that each year flow into Aboriginal communities from government departments. More than anything, sorry is a symbolic act. But symbols are important.

There is so much shame – shame among Aboriginal people, and shame among white Australians for the way Aboriginal people have been treated through successive years of white rule, and shame for the way they now live among us in sickness and squalor, tarnishing the nation’s vision of itself as a “Lucky Country”, reminding it of its failure, its inhumanness, its imperfections. Saying sorry cannot erase those things. But it can help to heal the shame, and that, to me, is a good place to start.

Vivienne Stanton lives in Mexico and is just back from her native Australia.

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Hace pocos días, aquí mismo en Mundo Abierto, me decía alguien que los latinos debíamos superar lo de la conquista y la colonia. Es muy probable que lo hayamos superado más de lo que muchos que creen estar por encima de nosotros piensan. El que planteemos debates en torno a esos hechos –que ni siquiera el tema de aquel post- hace suponer a ese tipo de gente que somos unos resentidos, cuando en realidad de lo que estamos hablando es de respeto. Igual que los aborígenes australianos. Me explico un poco:

Estamos acostumbrados a creer, porque es lo que nos han enseñado, que un español fue el primero que, desde un monte en lo que hoy es Panamá, vio los dos océanos. O que otro fulano de tal fue el primero en ver Machu Pichu; o que tal otro “descubrió” el Salto Ángel. Y, claro, que Colón “descubrió” América. Eduardo Galeano se ha preguntado si los indígenas que vivían en lo que hoy es Panamá eran ciegos y no habían visto antes los dos océanos; o lo mismo con los incas o los indígenas del macizo guayanés de Venezuela. ¿No habían visto ellos Machu Pichu? Los incas, me refiero. ¡La habían construido! Pero eso no es mérito; mérito era “descubrirla”…

La América Latina no va a pedir indemnización por los desmanes de la conquista y la colonia. Eso es muy seguro. ¿Pero acaso no repugnan, por decir lo menos, palabras como las de Ratzinger, quien sostiene que la evangelización no causó traumas de ningún tipo por estas tierras?

Muy bien por los indígenas australianos; muy bien por el Primer Ministro y quienes como él piden perdón, aunque como bien dice Viviente, ello no mejorará mucho su situación. Es un paso grande, si embargo.

Nosotros, los de la América Latina, ni siquiera estamos pidiendo que se disculpen con nosotros. Pedimos respeto, eso sí. Y que nos dejen vernos con nuestros propios ojos, que nos dejen averiguar cómo sucedieron las cosas y contarlas desde nuestra perspectiva.

Bueno, Domi, sé a qué comentario te refieres y yo no me lo tomaría muy en serio.

Por supuesto que comparto tu postura. Sólo añadiría una mínima corrección, si me permites: nadie tiene que “dejarnos” ver y contar desde nuestra perspectiva. Nosotros lo estamos haciendo y ya está. Si nuestra pespectiva es admitida o no en la narrativa europea, da igual. En este siglo se está muriendo la univocidad de la narrativa, es un siglo de múltiples narrativas coexistentes. Y qué bueno que así sea.

Un abrazo y besos a tus guapísimas!

Estoy de acuerdo con Mingus, pero, también estoy de acuerdo con Témoris en que no hay que tomar en cuenta comentarios de gente ignorante y tonta. Responderles es subirlos de nivel.

Por algo se empieza y si lo hizo de corazón y no para guardar las apariencias me da gusto, sobretodo porq al parecer a los afectados les causo buena impresión el gesto.

Témoris amigo!

Me da mucho gusto venir a dejarte un saludo en éste tu espacio.

Debo decirte que te leo con mucho agrado, sorpresa y algo de buena envidia porque has caminado el mundo y nos lo has compartido con mucho empeño.

Porfa mándame una nota con tu mail actual, creo que tengo algo que podría serte muy útil.

¡Te envío un abrazo fuerte de un cuate-fan!

Dejaré esta nota en los otros sitios para saber que puedas verla pronto.

Memo Jaimes.


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