Apure en dos viajes

Posted on 16 febrero, 2008. Filed under: Invitados | Etiquetas: , , |

Maruxa Silva / Caracas

Hace algunos años, poco más de diez, mi papá me llevó a conocer el Llano. Estudiaba yo el cuarto año de bachillerato y entre las muchísimas tareas que tenía para entonces estaba leer “Doña Bárbara”, de Rómulo Gallegos. Pero no podía con la novela, por más que intentaba no podía, ella no se dejaba. Yo no entendía cómo Santos Luzardo había dejado la capital para adentrarse en unas tierras que según lo que narraba Gallegos yo entendía casi como inhóspitas y donde además no había ley porque una mujer mandaba con mano de hierro y era ella misma su ley. ¿Qué buscaba, qué se le había perdido por allá? Yo no entendía…A mi papá se le ocurrió entonces llevarme a conocer el Llano, más esperanzado que convencido de que se obraría al menos medio milagro y yo pudiera por lo menos terminar de leer la novela. Creo que al final fue más bien milagro y medio. Mi papá quería que yo viese La Marisela, el monumento de la hija de Doña Bárbara erigido para celebrar la novela de Gallegos.

No voy a decir que fue amor a primera vista, pero más o menos. El Llano comienza a asomarse en San Juan, donde los morros se elevan altivos, orgullosos, hermosos, sabedores de que una vez agarrado el camino del Llano ya no habrá más montañas, cerros, cumbres, colinas, nada… En Calabozo ya sabe uno que no hay vuelta atrás y que lo único que va a ver es el horizonte allá a lo lejos, siempre donde mismo, por más que uno trate de alcanzarlo. En Camaguán ya está uno atrapado por el Llano, más si uno se detiene a mirar los hermosos esteros, el ganado, los garceros…  Lo único que se escucha es música llanera -que para nosotros ha devenido en “la” música venezolana- y cada tanto se encuentra uno con asaderos a la orilla de la carretera en los que es obligatorio hacer una parada para saborear esa deliciosa carne asada y unas divinas cachapas con queso para luego seguir el viaje.

San Fernando ya está a tiro, aunque La Marisela seguía esperándonos un poco más allá. Cuando por fin llegamos no sé quién fue más feliz, si mi papá o yo. Llegamos ya en el atardecer, con el crepúsculo cayendo en el horizonte, las nubes anaranjadas pintando el cielo llanero, caballos sin domar corriendo de un lado para otro y agitando sus hermosas crines, bandadas de garzas elevando el vuelo. Y por supuesto La Marisela, rescatada de la barbarie por obra del amor, como reza una plaquita conmemorativa y como tal vez quería Gallegos que la recordáramos.

De regreso a casa todo fue una maravilla. No voy a decir que me devoré la novela, pero sí que la leí emocionada, me gustaron mucho más los paisajes que pintaba Gallegos y entendí a Santos Luzardo. En clases hice la mejor exposición, la profesora me felicitó por mi trabajo y obtuve la mejor nota. Milagro y medio…

Hace un par de semanas repetí el viaje, pero esta vez en otro plan. Fui con Domingo y con Roura, pero no para que mi hija se inspirara y leyera Doña Bárbara, todavía no está para eso. Sólo fuimos a pasar un par de días, a descansar un poco, a dejar tanto stress, porque eso sí que no lo conocen los llaneros. Allí seguían los esteros, el ganado, los garceros, los caballos galopando, los asaderos… En fin, todo parecía en el mismo sitio que yo lo había dejado diez años atrás. Y eso que no les hablé de los médanos de La Soledad, los ríos inmensos, los pescadores, los chinchorros, el queso llanero y tantas otras maravillas del Llano.

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Una respuesta to “Apure en dos viajes”

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Imagino q por asociación me remonte a mis propias cavilaciones sobre para que se había ido a meter Pedro Páramo en inhóspitas tierras solo para terminar en ese mundo q a mi de lejos me parecía sombrío y aterrador, buscando a un padre q nunca se intereso por el, entonces no comprendía a Juan Rulfo, pero ahora me enfoco mas en tratar de entender cuales son los miedos propios a los q me enfrenta la novela. Ya me salí creo del tema pero eso es lo primero q me viene a la mente.


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