Aborígenes en Australia: pedirles perdón o dejarlos solos

Posted on 12 febrero, 2008. Filed under: Témoris Grecko | Etiquetas: , |

Por Témoris Grecko / Alice Springs, Australia

Gilbert es un miembro de arrernte, una de los cientos de tribus que habitan Australia desde alrededor de 50,000 años antes de la llegada de los primeros europeos. Nos conocimos en la pequeña ciudad de Alice Springs, en el centro de la isla, y fuimos con un grupo a pasear en una brecha en la cordillera O´Donnell. De unos 25 años, amable y risueño, este blackfella (entre las comunidades aborigen y blanca es normal llamar a los primeros blackfellas y a los segundos, whitefellas)viene con su mujer y su pequeña hija Vivian. Como ha visto un par de películas sobre México, le dio curiosidad que yo fuera de ese país y quiso hacer una práctica de entrevista en cámara (Vicent, un cineasta ítalo-australiano, los está entrenando para hacer video). El tono fue muy relajado y superficial (hace cuánto que estás en Australia, cómo es tu país, se usa mucho el sombrero, háblame en español, canta una canción) y yo lo seguí cuando me tocó el turno de preguntar. Él vive en una comunidad rural pero tiene que venir al campamento en Alice Springs donde nos encontramos. No le gusta. Creo entender por qué: es un lugar extremadamente sucio y descuidado por sus habitantes, todos aborígenes. Pero él me da otras razones: “Hay mucho alcohol y mucha violencia”.

Alice Springs tiene la mayor tasa de homicidios de Australia. Los campamentos aborígenes son auténticos focos de conflicto. Ahí viven muchos arrerntes que se quedaron sin tierra: los colonos blancos a quienes el gobierno les entregó el territorio (en los días tempranos de la colonización, las autoridades cedían de un golpe extensiones fabulosas: 500 kilómetros cuadrados) que antes perteneció a los aborígenes lo han cercado y prohibido el paso, lo que rompió el modo de vida seminómada de los dueños originales. Por casi dos siglos, se desconoció los derechos de propiedad de los aborígenes con el argumento de que un nómada no tiene casa, pero en los años 60, por fin, se admitió que la tribu desarrollaba su nomadismo siempre dentro de un área bien determinada y conocida, que las otras tribus respetaban. Esa área era suficiente para que la tribu completara sus ciclos –para seguir los movimientos de los animales que cazaban, conseguir agua o protegerse del mal clima– en los agresivos ambientes australianos. Gracias a ello, a algunos grupos se les reconoció el dominio sobre ciertas zonas, pero en otros casos la invasión no podía ser revertida. Por supuesto, se trataba de las mejores tierras, las primeras que ocuparon los whitefellas.

Tras el inicio de la colonización europea, en 1788, durante décadas se consideró que los aborígenes eran el “eslabón perdido” que unía al homo sapiens con los primates, y que por lo tanto, eran animales. El relato de un viajero a principios del siglo XIX muestra su horror cuando, al hacer un recorrido, él señaló con curiosidad a un aborigen escondido debajo de un tronco y el anfitrión lo mató de un disparo como si se tratara de un ratón, con naturalidad y sin que mereciera un comentario. En 1825 se realizó una masacre de cientos de personas y en el país hubo un escándalo, pero porque un juez se había atrevido a condenar a unos cuantos de los culpables, que argumentaban que no tenían ni idea de que era ilegal matar aborígenes y estaban sorprendidos de las consecuencias. Pasó mucho tiempo antes de que los blancos aceptaran que no había que matar a los aborígenes (que además morían como moscas por epidemias provocadas por enfermedades traídas por los europeos; se estima que la población aborigen llegaba a 750 mil a fines del siglo XVIII, y cien años después había caído a unos 150 mil). Pero aún así, la noción de que se trata de gente intelectual y físicamente inferior no ha terminado de desaparecer.

La política oficial de secuestro de infantes que se conoce como la de las “generaciones robadas”, por la que el día de hoy (ya es 13 de febrero en Australia) pide perdón el gobierno (ver el artículo que publiqué en Mundo Abierto la semana pasada) y que estuvo en práctica durante un siglo –hasta 1969–, provocó la fractura de prácticamente todas las familias aborígenes y la pérdida del sentido de identidad de miles de blackfellas que crecieron como niños robados y que ahora sufren problemas emocionales y adicciones. Esto se añadió a la reducción poblacional, al despojo de tierras, al rompimiento del modo de vida y al señalamiento constante de ser inferiores como los factores que casi han destruido a las tribus.

El resultado es que los blackfellas tienen muchas más probabilidades de padecer problemas que los whitefellas: demencia , 26 veces más; enfermedades del sistema circulatorio, 2 a 10 veces; diabetes, 3 a 4 veces; enfermedades contagiosas (tuberculosis, hepatitis, sífilis) hasta 70 veces; mortalidad infantil, 2 a 3 veces. Su esperanza de vida es 17 años menor que la del promedio australiano. Constituyen el 2% de la población total pero el 21% de la que está en la cárcel. El resto de los indicadores va por ahí: educación, vivienda, desempleo, oportunidades, etcétera. Y todo esto es mucho más evidente cuando se toma en cuenta que el país está viviendo un boom económico que lo está convirtiendo en uno de los más ricos del mundo en términos per cápita y los estándares de vida son altísimos. Un salario de 5 mil dólares mensuales para un obrero es normal. Como me dijo un whitefella que entrevisté en un albergue para personas sin techo, “yo no pido mucho, sólo una casita de tres recámaras, con jardín para hacer barbacoa”. Si el campamento de familias aborígenes amontonadas que visité en Alice Springs sirve como referencia, para algunos sí es mucho.

En noviembre de 2007, los australianos echaron de mala manera a John Howard, un primer ministro conservador (que apoyó a Bush en Irak y negó el calentamiento global) que ganó elecciones durante once años con base en golpes de efecto. Uno de ellos lo dio a principios de ese mismo año. La situación en muchas de las comunidades aborígenes es verdaderamente desesperada. Alcoholismo, drogadicción y, lo más doloroso, un torrente de abusos sexuales contra infantes. En una comunidad del estado de Queensland, por ejemplo, 3 de cada 5 infantes lo habían sufrido. Los reportes de violaciones tumultuarias y repetidas son comunes en la prensa y los australianos los leen horrorizados.

Por eso hubo un apoyo general al nuevo truco electoral de Howard, conocido como la “intervención”: si en los 70 se reconoció el derecho de los aborígenes a la autonomía, ahora el gobierno federal les fue a decir a las comunidades aborígenes del Territorio Norte (el país tiene seis estados y dos territorios; en los estados, el gobierno federal no puede meterse, pero los territorios son dependientes del centro) que tomaba el control de ellas y, entre otras medidas, prohibió total y estrictamente la venta, el transporte y el consumo de alcohol y de materiales pornográficos.

Las personas que conocían el asunto, sin embargo, se quejaron: la implementación fue patética, resultado del apresuramiento del gobierno para influir en las elecciones. La cuestión más importante, sin embargo, es si despojar a los aborígenes de su autonomía y tratarlos como a niños es una solución adecuada y eficaz en el largo plazo.

Por un lado, parece un retorno a las épocas coloniales en las que se consideraba que los pueblos indígenas de todo el mundo eran inferiores a los europeos, que por lo tanto tenían la misión divina de dominarlos para “civilizarlos”. Por el otro, es evidente que hay una emergencia gravísima que debe ser enfrentada. A quienes denuncian el paternalismo y los abusos de la intervención, los partidarios les dicen que la alternativa es permitir que las niñas sigan siendo violadas.

En otras regiones, algunos grupos aborígenes tienen la “suerte” de que se les haya reconocido la posesión de territorios que, después se supo, son extraordinariamente ricos en minerales y son la base del boom económico (China les está comprando todo). Hablé con una mujer que trabaja en una de las compañías mineras más grandes y que está encargada de negociar con las tribus para que les den concesiones y explotar esas reservas. Fue una conversación off-the-record y no puedo dar detalles sobre su identidad. Ella se extendió sobre lo complicados que son estos tratos, porque hay muchos sitios “sagrados” que no se puede tocar y porque, además, aunque se les ofrezca mucho dinero, a veces los ancianos de la tribu están más preocupados por lo que eso genera en sus comunidades: las mineras les han regalado a los jóvenes camionetas Toyota y tienen dinero para emborracharse. “Lo que hay que evitar es que se levanten de la mesa, llegar al punto en que simplemente rompan las negociaciones”, me dijo la mujer. ¿Pero no pierden con eso la oportunidad de volverse estúpidamente ricos? “No, muchos de ellos quisieran que no hubiera minerales y poder volver a su modo de vida nómada, para nosotros son pobres, pero ellos no lo ven así y son felices de esa forma”. Sin embargo, y sin tener que explicarme la lógica del capitalismo, la mujer cortó: “That’s not gonna happen”. Eso no va a pasar. No hay retorno, las mineras van a conseguir lo que buscan, la cuestión es sólo de guardar las formas.

Este artículo no es más que una exploración del asunto, apuntes que estoy haciendo para usarlos en el futuro. Los comparto en Mundo Abierto, pero la problemática de los aborígenes australianos es la más compleja que he visto entre las de pueblos indígenas, y aunque en un principio me planteé hacer un reportaje al respecto, me doy cuenta de que tendré que regresar a Australia a investigarlo con mayor profundidad.

Hoy les están pidiendo perdón. Es un paso importante, que Howard se había negado a dar y que cuenta con enorme respaldo popular (Kevin Rudd, el nuevo primer ministro de izquierda, hizo de ella una de las promesas en la campaña con la que venció a Howard). Pero les piden perdón única y exclusivamente por lo de las generaciones robadas.

¿Qué otra cosa podrían hacer? No tengo idea. ¿Compensarlos, llenarlos de oro? Su cultura de subsistencia jamás estuvo preparada para manejarse en los términos económicos del mundo occidental, menos ahora que está rota por la colonización europea, y esa entrada de dinero sólo contribuiría a profundizar sus fracturas.

Que bueno que se reconozcan los abusos, pero ¿cómo reparar los daños causados, no sólo a las generaciones robadas, sino los de 220 años de colonización? No se puede regresar el tiempo, pero ¿qué sería bueno para ellos, sin tratarlos como a niños tontos?

Lo único que se me ocurre es dejarlos solos. No solos por ahí, aislados en un rincón del desierto, sino solos con su tierra, con su isla, con Australia. Pero, lo sabemos muy bien, pero… that’s not gonna happen.

Fotos: Hechas por Témoris Grecko cerca de Alice Springs, Territorio Norte, Australia. La primera es de Gilbert. La segunda es una nena que se dedicaba a tomar cámaras “prestadas” por un rato y fotografiar lo que pudiera antes de que se las quitaran. En la tercera, Vincent da instrucciones mientras la modelo posa.

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7 comentarios to “Aborígenes en Australia: pedirles perdón o dejarlos solos”

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Hermosas las fotos como siempre. Porq será q me conozco esa historia relatada montones de veces por todos esos relegados de sus propias tierras para pasar de ser dueños a simples piezas menores de caza.

Excelente post, sin palabras.

Por cierto ya te vi tirando rostro tomandote de la barbilla al más puro estilo del pensador en la revista en que publicaste un artículo fantastico sobre suez, el artículo es fantástico la foto muy chistosa…
saludos

Los juegos de poder desplegados por la cultura occidental en su ansia de arrasar con las culturas autóctonas aun no acaban. su articulo es una muestra de ello.

The only solution for that the australian indigenous don’t suffer more, is that Australia adopt the socialism us a way of life. The capitalism is destroying to the australian indigenous.

LA ÚNICA FORMA DE QUE SE ACABEN LOS PROBLEMAS QUE SUFREN LOS ABORÍGENES AUSTRALIANOS, ES QUE AUSTRALIA ADOPTE EL SOCIALISMO COMO UN ESTILO DE VIDA. ¡EL CAPITALISMO ESTÁ DESTRUYENDO A LOS INDÍGENAS AUSTRALIANOS!, ¡EL CAPITALISMO ES MUERTE!, ¡EL SOCIALISMO ES VIDA!. ¡AUSTRALIANOS!, POR EL BIEN DE LA HUMANIDAD, ¡CONVIÉRTANSE EN SOCIALISTAS!.

Hola, soy español y me siento atraido por el conocimiento y espiritualidad, a si como por el respeto a la naturaleza de los nativos australianos. Me gustaria saber mas de ellos y apoyarlos en lo que pudiera para que recuperaran sus tierras y el modo de vida de sus antepasados, el cual me parece mas civilizado que el capitalismo devastador que estamos sufriendo

[…] del Norte de Australia incluye gargantas cavernosas, paisajes desérticos sin fronteras y comunidades aborígenes remotas y aisladas. Explorada en la época de los pioneros con la promesa de que encontrarían rubíes y oro, el norte […]


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