Dios no es mujer

Posted on 24 enero, 2008. Filed under: Invitados | Etiquetas: , , |

Victoria Fernández / Caracas

En su libro Sí papi – No me jodas, Adriana Pedroza define a la mujer venezolana con estas palabras:

“…extremista, vanguardista, valiente, caliente y luchadora, pero también llorona y manipuladora, machista en algunos casos, sumisa y, por cierto, un poco mentirosa.”

Y, claro, si uno lee esa especie de catálogo termina concluyendo que, efectivamente, Dios no es mujer, por más que los libros sagrados insistan en caracterizar al Supremo como alguien caprichoso y colérico, a la vez que amantísimo y bondadoso. Uno podría pensar, con cierta razón, que eso no es más que una humanización de Dios… Pero ese no el tema que nos ocupa: al menos en parte, nuestro tema es más bien al contrario: la divinización de los humanos y más concretamente de la mujer. Insistimos: luego de leer a Pedroza uno concluye que la mujer es humana, muy humana. Y es tal vez lo que la autora nos quiere transmitir, que alrededor de la mujer venezolana se ha tejido un mito que nos impide verla tal cual es. Mito que, por cierto, todos alimentamos de una u otra manera, sin importar nuestra condición social, laboral, sexual, afectiva, profesional, religiosa y para usted de contar.

Es un mito que ciertamente hemos ido construyendo desde hace un buen tiempo, que es explotado por las agencias publicitarias y los medios de comunicación, y que ha llegado a niveles de efervescencia cuando algunas mujeres venezolanas han sido coronadas como reinas de la belleza en certámenes internacionales. Es tanto que incluso muchos extranjeros vienen al país con el único propósito de admirar la belleza de las venezolanas; al menos ese es el propósito declarado, porque no son pocas las veces que su intención es poderse llevar a una de las nuestras a la cama y poder fanfarronear después ante sus amigos.

Así que, un poco para recapitular: Dios no es hembra, no lleva el par de cromosomas XX. Y también al revés: la mujer, al menos la mujer venezolana, no es Dios, aunque el mito que todos ayudamos a alimentar nos lleve a decir más veces de las que tal vez admitamos que la mujer venezolana es una diosa.

Sí mami…

Parafraseando a la misma Pedroza podríamos decir “Sí mami, tienes razón…”. En Venezuela las mujeres están sometidas, tal vez más que en cualquier otro país, al escrutinio de los otros, entendiendo por ese “otros” tanto a hombres como mujeres. Por más que uno no quiera, no puede dejar de darle la razón en eso a Pedroza: las venezolanas se preocupan por su apariencia. Incluso podemos concederle más aún: a las venezolanas les gusta saber que están buenas. Y ese saber llega por muchos lados: por los recursos –plata y tiempo, especialmente- que invierten en ellas, por las miradas de los otros, por los aplausos y los piropos –aunque más de uno sea verdaderamente desagradable-, por la imagen que devuelve el espejo…

Ni siquiera la autora escapa de esta realidad, aunque ella pretenda que “lo que piensen unos y otros [hombres y mujeres]” la tiene sin cuidado. Chévere que le gusten el vino rojo, leer y fumar habanos, pero ¿lo tiene que hacer justamente en un café, ante la mirada de otros? Más aún, ¿para qué lo confiesa si no es para dar la impresión de gran mujer sofisticada? Si en realidad no le importaran un bledo las opiniones de unos y otros se tomaría su vino, leería su libro y se fumaría su habano en la intimidad de su hogar, y de paso nos ahorraría la anécdota. Pero volvamos a lo nuestro: ella lo que nos está contando, y debemos admitir que la razón la asiste en mucho, es que las venezolanas gastan gran parte de sus recursos en lucir bella, lo que se traduce en grandes gastos en “artículos de belleza” y en tiempo empleado para lograr su cometido. Las mujeres venezolanas, dice Pedroza, dedican mucho tiempo y dinero en tratar de que cada parte de su cuerpo –culos, tetas, cabellos, piernas y caras, especialmente- esté en su sitio y esté bien, esté chévere. Les va la vida en ello, y algunas veces literalmente es así.

No me jodas

Pero a nuestra feliz autora también habría que decirle la otra parte del título de su libro: lo que ella describe no es exclusivo de las venezolanas, aunque uno admita que aquí ocurre más que en otros lados. Eso por una parte, porque por la otra podríamos decir que es intolerable que Pedroza se erija en diosa y como tal pretenda dictar qué es lo importante para las mujeres venezolanas y qué no lo es, qué cosas les deben preocupar y qué no. Decir que las venezolanas gastan mucho en su belleza y deducir de ello que no son felices es cuando menos metodológicamente incorrecto, porque entonces habría que afirmar también lo contrario: que quien no gasta un solo centavo en artículos de belleza o en una peluquería es extremadamente feliz. Sabemos bien que no es así…

Y todavía podemos decir más: puede que Venezuela sea uno de los países en los que la oferta y la demanda de artículos de belleza sean elevadas, considerando por supuesto la magnitud de la población. Pero las grandes compañías y las grandes campañas publicitarias no son venezolanas. Como dicen por allí, también en otros lados se cuecen habas… Corolario de ello es que los estereotipos no son exclusivamente, digamos, bolivarianos… Los cánones de belleza no los imponen las venezolanas; antes, por el contrario, son víctimas de los mismos. Y el voraz consumismo que caracteriza a las venezolanas tampoco es tan criollo: no somos nosotras las que hemos inventado el capitalismo.

Ni tan calvo… o una conclusión

Ya que vamos de refranes, dichos populares y voces de uso vulgar –por vulgo, no por grosería- digamos que, pues, ni tan calvo ni con dos pelucas, o ni tan cerca que lo queme ni tan lejos que no lo alumbre [la vela al santo]. Bueno situar el debate aquí en la tierra y mejor aún aquí en Venezuela. Que Dios no es mujer y que los hombres nos han querido meter gato por liebre a las mujeres –con bastante éxito, a juzgar por las palabras de Pedroza- con ese cuento es bueno que lo pongamos claro. Y más aún que las mujeres lo tengamos muy, muy claro. Bienvenidas sean la crítica y, de su mano, la autocrítica.

Juzgar, en términos morales –esto es bueno, aquello no; esto debe pensarse, aquello no- a las venezolanas y a las mujeres en general, y simplificar tanto las cosas hasta reducir la vida de las mujeres a un análisis de su bolsito de maquillaje ya no es tan bueno. Las mujeres, especialmente las venezolanas, son muchísimo más que eso. Y así lo reconoce la misma Pedroza cuando afirma que este es un país en el que el 75% de los hogares son dirigidos por mujeres solas –lo que tal vez sea un poco exagerado, pero…-. Bienvenida la crítica, decíamos, pero no el criticar por criticar.

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3 comentarios to “Dios no es mujer”

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Creo q a consumismo impuesto suena toda la parafernalia creada para las venezolanas y las mujeres del resto del mundo q sufrimos por no poder comprar uno tras otro los aparatos o menjurjes q venden para “ser más bellas”

En México vi el libro de una autora que se titula: “Por qué los hombres aman a las cabronas”, que después me parece que llevaron al teatro. No lo he leído, pero me da curiosidad el mensaje que vehicula. Después de todo me parece que también se trata de formas de apreciar la identidad femenina. La tiranía de la belleza y la juventud que impone la publicidad la padecemos todos, pero es indudable que es de corte machista. Dios no es mujer, y los publicistas tampoco…
Saludos.

No es mujer, ni hombre, sino todo lo contrario.


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