Viajeros: ¿Entonces qué? ¿me lo compras?

Posted on 8 diciembre, 2007. Filed under: Yaotzin Botello -Berlín | Etiquetas: , , , |

Por Yaotzin Botello / Berlín

Abdul se acerca y ofrece sus grabados. Son llaveros de madera que traen el nombre de uno. “Ándale, dime tu nombre y te lo hago. Mañana te lo traigo aquí a tu cabaña”, dice en su inglés keniano. Los llaveros se ven rústicos, con madera de color oscuro, bordes ondulados y son largos como un pequeño celular. Un poco largos para un llavero, pienso. “¿Te parece si lo pienso y te digo mañana?”, le dije. Pensé que Abdul insistiría más, pero no, se acogió a mi promesa y se retiró.

Con los pescadores y vendedores de fruta yo seguí comprando las cosas que necesitaba para comer ese día. Estaba en las cabañas de Sand Island, un recoveco en la costa keniana entre Mombasa y el enclave turístico de Diani Beach. Las cabañas en las que yo estaba no eran menos turísticas, pero sí aisladas de las comodidades de la civilización. Ni siquiera el agua potable se consigue fácil. Por eso cada mañana los vendedores del pueblo más cercano se acercan para ofrecer a los visitantes de Sand Island todo lo que necesiten.

Al día siguiente salí de mi cabaña y fui directo hacia los vendedores. Pensé en comprar un pescado que todavía estaba coleteando, mariscos y más fruta. Cuando me regresaba a la cabaña, alguien me llamó. Era Abdul. No lo había visto entre los vendedores pero él sí a mí y me alcanzó. “¿Qué pasó? ¿quieres tu llavero?”, dijo. La verdad es que no había pensado en él ni en el llavero. A Abdul yo lo había tomado como un vendedor más y yo le había hecho una promesa más. En las playas de México uno se entrena a hablar con promesas con toda persona que pasa a ofrecer algo. “Uy, ¿sabes qué Abdul? Creo que no quiero un llavero, simplemente no lo necesito, pero muchas gracias. Espero que tengas buen día”, le dije.

Actué, como yo digo ahora, muy alemán. Fui directo y seco. Bueno, tardé un día en decirle lo que pensaba, pero las dos veces que me dirigí a él fueron así, directo y seco. Después me sentí muy mal. Creo que estos vendedores kenianos buscan el contacto humano. El hecho de regatear, de decir que no, de mostrarte más productos, de decir que quizás, de sonreír… Y yo no lo hice.

Pensé que estoy de vacaciones. Que yo me había merecido unas vacaciones. Que había trabajado y necesitaba un tiempo para descansar y poder regresar con más energía para poder producir más. Pero ¿es que acaso estos pescadores que viven con menos de 3 dólares al día (1,200 al año es el PIB per cápita en promedio) conocían los conceptos en los que yo pensaba?, ¿vacaciones?, ¿descansar?, ¿energía para producción?, ¿merecer? Vaya, ¿cómo un pescador que tiene una familia de cinco personas que le piden qué comer cada día puede pensar en otra que cosa que no sea levantarse a las 5 de la mañana y ver si por suerte ahora sí pescó un pez de 1000 gramos que podrá vender en unos 5 dólares?

¿Cómo podrá saber uno de estos vendedores que en comparación con los alemanes, el país donde yo vivo, yo soy pobre?

Sí, claro, todos ellos dirán “ese blanco de mierda (aunque soy moreno, en Kenia yo era visto como un blanco más, alguien que no pertenecía) se pudo montar en un avión y pagarse una cabañita a las orillas de la playa pero no quiere gastar 4 dólares en un llaverito de madera”. Y sí, es cierto, tomé avión pero tomé el más barato, escogí las cabañas más baratas y nunca me las di de turista rico. Lo único que quería era conocer otra cultura, otra gente y al mismo tiempo descansar.

Pero “conocer” es otro concepto que se ha inventado en “blancolandia” y del que no se tiene conciencia en los países en desarrollo. ¿A quién le sirve conocer cuando lo que necesita es pescar, comer o ingeniárselas para ganar algo llegando hasta el punto de robar?

Voy caminando de regreso a mi cabaña. Había salido a comprar agua a la tiendita. Pero esta vez me cansé del agua y decidí invertir mi dinero en una cerveza. El calor era insoportable y sólo pensaba en regresar a mi cabaña y beberme esta condenada botella helada que cargaba en mi mano. Una persona se cruza en mi camino. Era Abdul. Este hombre de unos 25 años, delgado pero no desnutrido y con una sonrisa de marfil me detiene y me vuelve a saludar. Balbuceó unas cosas cuando le salió la pregunta que tenía atorada: “¿cómo ves?, ¿no se te antoja algo? Ándale. Mira, ya me estoy yendo. Llevo cinco días viniendo aquí a la playa y no he vendido nada. Tengo una familia y no les he llevado nada”. Me quedé pensando. El sol calentaba más y yo trataba de ocultar la cerveza con mi nalga. En vano, claro. Fueron microsegundos en los que yo me decía, ‘no, no tienes que comprar nada por lástima’, ‘si le compras a él le tienes que comprar a todos’, ‘si compras por lástima sólo fomentarás que mañana vuelva a salir a mendigar sin hacer un esfuerzo por ganarse su dinero’. Entonces se lo solté: “no. No Abdul, ya te había dicho que no necesitaba el llavero, pero ¿por qué no te dedicas a la pesca? Mira que todos los turistas lo primero que compran es pescado porque necesitan comer”. Y entonces dijo: “pero no, yo no nací para pescar, nunca he sido pescador y ya no es hora”. Me enseñó unos pescados en una bolsa y me dijo que los acababa de comprar y después sacó un folleto de guías y me dijo “¿y no se te antoja hacer un safari, son 75 dólares por persona?”. “Ay Abdul, me vas a terminar vendiendo a tu abuela”.

Yo me hospedé en proyectos comunitarios, traté de comprar las cosas que necesitaba con gente local y estaba de verdad conociendo el lugar, siguiendo más un proyecto sociológico y cultural que turístico (vaya, de ese turismo de masas absurdo que pasa por un lugar haciendo fotos sin ver nada). Siento que cumplí con mi cuota pero al ver a personas como Abdul me dieron ganas de regalarle hasta mis pantalones.

¿Qué se hace en estos casos? ¿Qué hay de cierto en esta teoría del vulgo que dice que no hay que dar nada a la gente que pide para no acostumbrarla a pedir? ¿Cómo se reconoce que la persona de verdad no está echando un cuento y sí necesita un empujoncito? 

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Si alguien te da la respuesta correcta a estas preguntas, págale un viaje a Kenia.

El viajero se encuentra con frecuencia en situaciones así. Hace mil ahorros, consigue los precios más baratos, se angustia porque aún así no le alcanza el presupuesto y se va a quedar atorado en medio de la selva… y la gente que vive ahí, en la selva, que no conoce nada más que las tres aldeas de alrededor, lógicamente dice: si este tipo vino desde no sé qué lugares inimaginablemente lejanos es que no le hace falta trabajar, y tiene tiempo, y no tiene dos abuelas y ocho hijos muriéndose de hambre, y sus vestimentas no están todas desgarradas, y se queda a dormir en esas chozas de súper lujo porque no se les mete el agua y tienen luz eléctrica, y además come en el comedor de doña Gumara todos los días donde yo no podría pagar una comida jamás, ¿por qué él se permite todos esos lujos y no me puede comprar mi llaverito si es tan barato?

A veces creo que cuando una de estas personas te ofrece un safari de 75 dólares, se sorprende enormemente si alguien acepta. ¡75 dólares! Es el salario de tres meses para muchos de ellos. Y si él hiciera ese safari por su cuenta, le saldría en cinco dólares. Y además, ¿para qué hacer un safari por placer? Uno viaja porque necesita traerle comida a sus niños. El mundo está muy, muy, pero muy loco si este turista está dispuesto a pagar 75 dólares por un safari que no necesita hacer. ¿Y qué hace aquí, a fin de cuentas? Por eso, que no se haga el que no tiene dinero y que me compre mi llavero.

Acá en “blancolandia” también tenemos lo nuestro, ¿no?

Hace unos años yo vendía joyería de plata porque mi horario en la universidad me impedía conseguir un empleo fijo. Me iba los fines de semana a Taxco, entraba a los talleres, compraba de mayoreo para que me saliera más barato, pero de la mejor calidad posible para que la gente me volviera a comprar; llegaba al DF, limpiaba la plata, le ponía precios y la metía en una maletita que iba cargando por toda la ciudad, visitando empresas en donde alguien me “recomendaba” con el director, el gerente, el dueño, el asistente ejecutivo. Cualquiera de ellos, desde sus enormes sillones y escritorios y ventanales que daban a Paseo de la Reforma, veía mi maletita con piezas bellísimas diseñadas por los artesanos guerrerenses y reconocía lo hermoso de la mercancía, pero la pregunta era: ¿y yo para qué lo quiero? Tratando de ocultar mi cara de “por favor” les recordaba que ahí venía el día de la amistad, el de las madres, el aniversario de bodas, el cumpleaños de la esposa, de la suegra, de las hijas, de la secretaria, y por supuesto, la bendita Navidad. Yo no podía entender que un tipo que ganaba 80 mil pesos al mes no pudiera comprarle un juego de collar y pulsera a la esposa por míseros 300 pesos.

Supongo que todos en nuestro microcosmos tenemos un poco de Abdul.

Y es que si… cuando uno ve a un turista lo primero que se imagina es que como tiene mucho dinero, anda rodando por el mundo nomas buscando en que gastárselo.

A principios del mes hice un mini-viaje a Monterrey, y en cuanto me subía a un taxi y el chófer me detectaba el acento chilangoloso (de la obrera), empezaban las recomendaciones. Que.. “orale que el ‘rey del cabrito'”, “que la cola de caballo”, “que lo llevo al paseo de sta lucia”, “que dígame a que horas, y yo regreso por usted”, “que le presento a una muchacha que esta bien acá ‘con madre’ y que no se preocupe es de confianza”. Hasta que plano les soltaba el “no pues, traigo bien poquita lana” ya como que medio se calmaban.

Yo creo que todos le hacemos la lucha “como Dios nos da a entender” no creo que sea güevon Abdul, simplemente como el dice, “no nació para pescador”, lo que si es que quizá le falta aprender algunos buenos trucos -vas Chila- para llegar a ser buen vendedor.

Buen blog compas


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