Fuegos de California: Los Invisibles de Siempre

Posted on 5 noviembre, 2007. Filed under: Eileen Truax -Los Ángeles | Etiquetas: , |

Por Eileen Truax / Los Ángeles

Las imágenes dieron la vuelta al mundo: en los lujosos suburbios residenciales de Malibu y San Diego, las casas, las iglesias, los negocios, quedaban reducidos a cenizas. Aquellos que siempre lo habían tenido todo, hoy veían sus posesiones desvanecerse bajo el calor de las llamas.

Durante más de una semana el fuego se ensañó con el sur de California en una de las temporadas de incendios más destructivas que se recuerden, producto de los largos meses de sequía y de la fuerza de los Vientos de Santa Ana. Como nunca antes, se registraron desalojos masivos en las áreas aledañas a los 23 incendios; la cantidad de desplazados fue cercana a un millón.

Con el recuerdo del huracán Katrina en Nueva Orleans aún fresco, decenas de miles de personas tuvieron optaron por buscar refugio en el Estadio Qualcomm de San Diego, en donde agencias del gobierno estadounidense proporcionaron la ayuda básica, alimentos, medicinas y cobijas, a quienes tuvieron que abandonar su casa.

Sin embargo lo que se vio es sólo la mitad de la realidad. Allá abajo, ocultos en las cañadas que bordean las zonas residenciales del norte del condado de San Diego, viven miles de inmigrantes indocumentados que trabajan precisamente en la construcción de esas casas y haciendo reparaciones para quienes viven ahí. Son los jornaleros que cada día a las cinco o seis de la mañana se paran en una esquina a esperar a que pasen por ellos para llevarlos al “jale”.

Contratistas de desarrollos inmobiliarios, o quienes simplemente necesitan un trabajador para el jardín, se llevan consigo esta mano de obra barata conformada por migrantes mexicanos en su mayoría, aunque no faltan los guatemaltecos, los salvadoreños, los hondureños. Por salarios de ocho, de diez dólares la hora, el trato es conveniente para ambas partes: el contratista paga la tercera parte de lo que le cobraría un trabajador certificado; el jornalero gana en un día de trabajo lo que ganaría en una o dos semanas en su país de origen.

Una vez que termina el trato, que puede ser de un día, de una semana, en ocasiones de un mes, cada quien vuelve a lo suyo: el empleador, al lujoso suburbio; el jornalero, a su casa en las cañadas.

La zona norte de San Diego es una de las áreas residenciales más caras. Para que estos jornaleros puedan vivir ahí tienen que reunirse seis u ocho, y rentar apartamentos de dos habitaciones por tarifas entre los 1,400 y 1,800 dólares mensuales. Los que pagan más alcanzan a dormir en una habitación; los que no, duermen en la sala.

Pero hay otros a los que no les alcanza ni para eso. Muchos por ser recién llegados, otros simplemente porque no consiguen “jale” diario, optan por vivir en la cañada.

Bordeando una carretera, en un punto determinado se puede encontrar una entrada oculta entre la maleza. Por ahí se introducen cada tarde después de trabajar; bajan por el declive escarpado, tocan el fondo de la cañada, vuelven a subir sobre el terreno agreste cubierto de matorrales secos desde hace meses. Veinte minutos más tarde se llega al área donde tienen sus viviendas.

Hace menos de un mes estuve en una de estas zonas, platicando con un hombre llamado Jacinto. Originario de México, de 34 años de edad, Jacinto vivía ahí con dos de sus compañeros en una de estas “casitas” hechas con palos y con trozos de hule que hacen las veces de paredes y de techo, sobre el cual ponen montones de ramas de árbol para camuflar la vivienda. Adentro se distribuían, los tres, en dos colchones que acomodaron sobre tablas. Afuera, entre los árboles, improvisaban tendederos donde ponían a secar la ropa después de lavarla en un pocito de agua no muy limpia. Un tubo de pasta dental, un peine, y unas tijeras eran la evidencia de que ese era el sitio para el aseo personal. “Pero en cualquier ratito salimos de aquí y nos vamos a rentar un cuartito”, me dijo esperanzado Jacinto.

Ahí, hasta esa cañada, el fuego llegó también; los matorrales secos y fuertes vientos fueron el mejor de los combustibles. Sin embargo no fueron ellos, ni Jacinto, ni sus compañeros, quienes recibieron la ayuda del gobierno. No fueron ellos, quienes hoy no tienen dónde vivir, quienes perdieron lo poco que tenían, los que recibieron alimento, agua o una cobija por parte del gobierno americano. Ninguno de ellos recibió las instrucciones sobre cómo evacuar o dónde alojarse; el gobierno no pensó en ellos, y la poca información a su alcance se encontraba en inglés, aun cuando una tercera parte de la población de San Diego habla español.

De acuerdo con las normas de FEMA, la Oficina Federal de Emergencias de Estados Unidos, cualquier víctima en una emergencia federal es elegible para recibir ayuda sin importar su estado migratorio. Sin embargo la experiencia demuestra que no es así. Tan pronto iniciaron las tareas de desalojo, se volvió evidente que la ayuda no llegaba a los indocumentado debido a que algunas organizaciones encargadas de la distribución solicitaban al beneficiario una identificación con motivos de control. El indocumentado no tiene ninguna.

Por todo el condado se multiplicaron los reportes de familias que no buscaron comida o refugio por miedo a ser deportados. En una muestra de deliberado descuido o de apabullante falta de sensibilidad por parte del gobierno federal, se solicitó a agentes de la Patrulla Fronteriza que colaboraran en las tareas de ayuda a los refugiados en el estadio Qualcomm. Los agentes llegaron portando sus tradicionales uniformes verdes, que los caracterizan como “la migra”. Los indocumentados se negaron a alojarse ahí. Y para los que lo hicieron el primer día, hubo una lección: seis migrantes fueron detenidos y deportados al ser acusados por un anglosajón de estar robando víveres para sus familias. El hecho llevó a que cientos de albergados abandonaran el lugar, por miedo a las redadas.

A través de organizaciones de voluntarios que trabajan en las cañadas supe que Jacinto y sus compañeros están bien; sólo que ahora no tienen dónde vivir y durante el tiempo que duró la emergencia no tuvieron empleo. No tienen ahorros, no tienen nada. Sólo esperan que pronto inicie la reconstrucción; que aquellos cuyas casas estaban aseguradas, vuelvan a requerir de sus servicios, de la mano de obra barata, del trabajo de los que conforman el otro San Diego.

Al igual que con Katrina en Nueva Orleans, los incendios en el sur de California vuelven a traer a la mesa un añejo debate: los hombres que construyen las lujosas viviendas en los barrios residenciales, las mujeres que las limpian, aquellos que cultivan el alimento que llega a esas mesas, quienes han puesto en marcha la maquinaria económica en este país, siempre están ahí sin estar. Y en el momento de una emergencia, vuelven a ser los invisibles de siempre.

La vida en la cañada de San Diego (Foto: Eileen Truax)

Se estima que más de 3,000 indocumentados viven en la cañada. (Foto: Eileen Truax)

Jacinto (Foto: Eileen Truax)

Jornaleros en una esquina de la ciudad de Vista, en espera del “jale” (trabajo. (Foto: Eileen Truax)

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Al final, sean incendios, tsunamis o huracanes los que están peor siempre son los mismos. Más en lugares en los que la exclusión social es el pan de cada día. Hace un año fue noticia en Barcelona que un inmigrante indocumentado había salvado a una niña en un incendio. Esa fue la noticia, así estaba enfocada. La verdad fue patético. Al hombre se lo llevaron a los platós de tele y siempre era con esa sorna de “los buenos inmigrantes también existen” o “la salvó aunque fuera inmigrante”.

Lamentablemente asi es, en este pais los trabajadores que hacen posible la buena vida de un sector privilegiado de la sociedad sigue siendo invisible y lo que es peor repudiado.
Es una verguenza que las autoridades se hayan aprovechado de la situacion para deportar a algunos de los inmigrantes que cometieron el “error” de aceptar la ayuda.
Gracias por hacer publica la historia de Jacinto, que en este caso representa a tantos y tantos hombres y mujeres que para nosotros no son invisibles.

Es triste que existan estas historias, pero desgraciadamente son una constante en la historia del ser humano. El fenómeno de inmigración es lo que conocemos como “El nuevo sistema esclavista” o “La esclavitud del siglo XXI”.
Es una pena, pero es una situación de doble discriminación, me explico; la gente que emigra de sus países a Europa o EEUU es debido a que es discriminada económica y socialmente en sus países de origen, y que con sus envíos de dinero mantiene en gran parte la economía de las sociedades que previamente los discriminaron e indirectamente los expulsaron de sus lugares de origen. Pero en los países destinos viven una suerte de igual discriminación, que tanto conocemos, y que mantiene los altos niveles de vida de las sociedades receptoras de emigrantes, tal como lo explica Catalina.
La situación es un juego perverso, ya que a los países receptores les conviene mantener el status de exclusión en la que viven los emigrantes, ya que al no darles derechos legales, pueden ser explotados, manteniendo bajos costos laborales, y altos rendimientos a los empleadores explotadores. De la misma suerte para los países emisores o exportadores, ya que reciben dinero (el mejor indicador del fracaso económico de una sociedad) de remesas sin generar costos laborales, y son una válvula de escape social, o sea, las remesas de los emigrantes financian la paz social de éste tipo de países.
En conclusión, mantienen a las sociedades que los discriminaron (en México es el 2do ingreso en divisas, y en muchos países el principal), y abaratan las economías de las sociedades receptoras que los discriminan igualmente. Un juego perverso de esclavismo moderno.
Buen articulo, saludos a todos!

Evidencias físicas de una desvergüenza ambivalente, ellos porque los tienen allá en calidad de esclavos modernos y los de aquí porque no saben darles oportunidad de un trabajo digno.

Esto evidencia la descomposición del sistema gabacho, que entre tanta abundancia no sabe qué hacer…son recelosos de quienes van a trabajar, con su discurso de legalidad, cuando en realidad el peligro proviene de su propia sociedad, de sus familias, sus escuelas, por su infinita soberbia y estupidez humana…

Hace unos días CNN presentó un programa especial, se llamaba “Los sin papales”, y hablaba de los migrantes en España…Y yo pensé: para que se van tan lejos, si los sin papeles que tienen ahi están peor… que ciegos y que cínismo…

Ahora bien, no hay que perder de vista que la primera responsabilidad y obligación la tiene México y sus gobernantes, son ellos quienes han arrojado a estos mexicanos que, como acertadamente dijo Shango, ayudan a que no se desate una crisis social. Son ellos y sólo gracias a ellos que las pequeñas comunidades rurales del país, dependientes del campo, salen del atraso y la pobreza extrema.

Yo siempre he creído que quienes se van del país son la mejor parte de los mexicanos: hombres y mujeres trabajadores, con planes, responsables, con unas inmensas ganas de salir adelante, que no se vencen, ni con la amenaza de perder la vida, que se for5man metas y las cumplen. Que gran país haríamos con ellos aquí, claro, siempre y cuando se les respondiera económicamente.

El ejemplo de tus migrantes escondidos en la montaña es un perfecto ejemplo ellos, de la valía que tienen estos, precisamente como eso: trabajadores

En fin, muy buen post …espero más reflexiones tuyas…

Felicitaciones, a ti y a Témoris por tenerte entre sus colaboradoras…


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