Escuchar a los que No Escuchan

Posted on 7 mayo, 2009. Filed under: Walter Duer -Buenos Aires |

Por Walter Duer / Buenos Aires, Argentina

Suena el timbre para salir al recreo. Para quien no tiene idea de dónde se encuentra, la situación puede resultar sorprendente. Aún cuando la maestra está fuera de la clase (probablemente en el baño), ninguno de los chicos hace ademán de moverse de su asiento, de salir volando hacia el patio y olvidar por escasos cinco minutos el aula. Es que estamos en una escuela para sordos de la Argentina. Y sí, a los chicos sordos se les avisa que pueden descansar mediante una señal sonora.

El hecho no es anecdótico ni aislado. La cultura la propone la mayoría, y la mayoría tiene capacidad auditiva. Por eso, la sociedad tiende a “oyentizar” a los sordomudos. Así como desde el siglo XV los colonizadores llegaban a América para pisotear la cultura existente e imponer una nueva, los oyentes tenemos una tendencia marcada a intentar que los sordos se comporten como nosotros. Que manejen nuestro lenguaje, que tengan nuestras necesidades, que hayan pasado nuestro mismo proceso de aprendizaje.

Pero eso es imposible. Son sordos. Se criaron y se desenvolvieron en un ambiente que los excluyó. No por mala voluntad ni por falta de ganas. Sino, simplemente, porque se comunican de manera diferente que la mayoría, esa que escribe la historia y dicta las reglas. Silvana Veinberg notó esto, tal vez por primera vez, cuando intentó darle clases a su primo, incapaz de percibir los sonidos. “No lo descarto, pero tampoco puedo confirmarlo”, señala.

Hoy, Silvana es un referente en el mundo de la capacitación para sordos, con un abordaje opuesto al tradicional: considera a los sordos como una comunidad lingüística minoritaria, cuya primera lengua es la de señas y la segunda el español oral y escrito. Este modelo integral trabaja en investigación académica y programas de prevención y comunicación, articulando mecanismos para incidir en decisiones políticas, sociales, de salud y educación.

Veinberg estudió Licenciatura en Fonoaudiología porque era una mezcla entre medicina y pedagogía, dos de los campos de su interés. “Me formé en lo contrario de lo que hago ahora: fonoaudiología. Es un campo para rehabilitar a los que salieron de la norma (lesión cerebral, escuchan mal, pronuncian mal) para llevarlos a la ‘normalidad’”, explica.

El primer contacto

Fue mientras buscaba tema para la monografía final de la licenciatura en Fonoaudiología, cuando el decano de su facultad le sugirió abordar el tema de la sordera. “Me enfrenté ante una situación totalmente nueva: nunca en toda la carrera me habían hablado de sordos, excepto cuando me habían dicho cómo rehabilitarlos”, recuerda Veinberg.

Para esa misma fecha estaba preparando un viaje a Estados Unidos (“era un acuerdo con mi marido de entonces: él soportaba mi carrera en Buenos Aires y yo después soportaba su doctorado en Norteamérica”, apunta). Cuando llegó allá, comenzó a devorar toda la bibliografía que existía sobre la temática y hasta hace un master en lingüística del lenguaje de señas americano. “Con toda esa información puedo redondear mi tesis: los conflictos psicoemocionales de los sordos provienen de sus problemas de comunicación”.

Cinco años después, ya de regreso en su país, se puso a trabajar en el CONICET para investigar sobre la lingüística del lenguaje de señas argentino. “Me interesó la educación de sordos, por lo que empecé un proyecto de aplicación lingüística en educación, todo siempre desde un punto de vista científico”, explica. Al poco tiempo, arrancó un curso para formar maestros sordos para sordos en la UBA. “Terminó en catástrofe, porque la persona con la que lo hice se llevó la plata y nos estafó”, rememora Veinberg. A pesar del desenlace negativo, había quedado plantada una semilla: “desde ahí, siempre trabajé en campo en proyectos para sordos: cursos para maestros, conseguir subsidios para proyectos especiales…”.

En el año 2002 decidió darle vuelo a sus proyectos y montó una organización, hoy llamada Canales, de la que empezó a participar un grupo de gente, sordos y no sordos, con un objetivo clave: pensar en un mundo desde los sordos. “Habitualmente se escuchan frase como ‘es mejor para los sordos que se integren’ –asevera Veinberg-. Pero el sordo no es un receptor pasivo, por lo que además hay que preguntarles si realmente quieren integrarse, qué es lo que de verdad necesitan, qué es lo mejor para ellos”.

¿Quién es el que no escucha?

Según datos de la propia Veinberg, el 95 por ciento de los sordos es hijo de oyentes. Solo el 5 por ciento comparte el lenguaje y la mirada de la vida con sus padres. “Su experiencia, entonces, es que todas las noches está sentado en una mesa sin entender lo que pasa: no sabe por qué lo visten, por qué lo retan, por qué lo tocan, por qué charlan los demás, por qué se ríen. Esta experiencia construye una manera diferente de mirar el mundo, de entenderlo, de participar”, apunta la experta.

La creadora de Canales también cuenta que “a veces, los padres se toman la ‘molestia’ de explicar cada cosa que sucede, pero esta forma de comunicación es muy limitada”. Veinberg se apresura a que este problema no tiene que ver con falta de dedicación de los padres o de la familia. Para graficarlo, da un ejemplo. “Si toda la noche hablan de la abuela, de los achaques, de que finalmente dejó su trabajo, de la comida que prepara, de los aromas que hay en su casa, a la hora de explicarle al sordo de qué se estaba hablando se le dirá ‘de la abuela’. Se simplifica”.

En líneas generales, los médicos dan sobre esto una mirada clínica, de rehabilitación. Y esa misma mirada es la que se vuelca luego a padres, docentes, política. “Queremos trabajar con la comunidad médica para cambiar esta mirada: nuestro enfoque es desde los derechos del otro, de reconocimiento, de valoración por lo que es y no por lo que no es”, explica Veinberg, quien agrega que “la lengua de señas es la natural para ellos y su reivindicación más fuerte… ellos realmente están imposibilitados de otra lengua”.

El camino, no obstante, no es sencillo. La propia Silvina asegura que “nuestra propuesta es difícil de comprar: la gente quiere audífonos y que el sordo hable”. Desde la perspectiva de la especialista, eso es lo “bueno” para la sociedad: que se integren. “Nosotros, en cambio, marcamos los caminos para el sordo. Ser sordo y vivir como tal es su derecho, no transformarlo en algo que no puede ser o que no va a ser nunca”.

Ponerle oídos al mundo

Según los datos que provee la creadora de Canales, la tendencia internacional marca una clara migración desde la “educación oralista”, es decir, aquella que pone su foco en lograr que los sordos hablen y en estimular la audición, hacia una “educación bilingüe”, que enfatiza en el lenguaje de señas como el principal y en el español (o el idioma materno en cada país) como segunda lengua.

La experta también tiene algunas palabras en contra de los implantes cocleares, que son pequeños electrodos que se colocan en la zona del oído. “La rehabilitación tarda muchos años y en el medio se pierde tanto el proceso de aprendizaje del lenguaje de señas como el de lenguaje tradicional”, afirma, para agregar además que “viola los derechos de los sordos, porque la mayoría de las veces no funciona y así se genera la segunda frustración, en particular para el entorno: aún con el implante no se convirtió en oyente”.

Las políticas oficiales del país también resultan decepcionantes para Silvana, que no tiene empacho en declarar que “estamos muy atrasados en la Argentina en esta materia”. Luego da más detalles: “si bien hay toda una movida oficial para incluir y respetar los derechos de los discapacitados, cometen un error al poner a los sordos en una misma bolsa, por ejemplo, con los ciegos”. Al respecto, cuenta una anécdota: “Un día inauguran un semáforo para ciegos en Buenos Aires. Me llaman a la Confederación de Sordos. Les aviso que no somos ciegos, sino sordos. ‘Bueno, pero es importante que ustedes se involucren’, me dice el interlocutor. Ya en el evento, uno de los responsables me cuenta que ese semáforo es también para sordos, ‘porque vibra’. Tuve que explicarle que la vibración era innecesaria… ¡porque el sordo ve el semáforo!”.

Para cerrar, Veinberg destaca que la seña en el lenguaje de sordos para la palabra “integrar” es un movimiento de las dos manos hacia el centro y un entrelazamiento de los dedos. “En la realidad, hasta ahora, una mano fue hacia la otra –concluye-. Nosotros estamos trabajando para que las dos se muevan al mismo tiempo”.

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Una respuesta to “Escuchar a los que No Escuchan”

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Es terrible ver hasta que punto somos insensibles y desconocemos los temas porque no nos ha tocado vivirlo. Gracias por este articulo que me ayuda a tener otra visión.


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